CAPÍTULO VEINTISÉIS El corazón de Reece latía acelerado al llegar a la pequeña aldea de Sulpa, al ir a ver a Selese. Él limpió en sus pantalones las palmas de sus manos que sudaban otra vez y se dio cuenta de que no había estado tan nervioso en su vida. Había demorado en verla durante la mayor parte de la mañana, al unirse a sus hermanos para reconstruir las puertas de la ciudad. Como el primer sol ya estaba en lo alto del cielo, había continuado en la línea de la cadena, entregando grandes bloques de piedra, pasándolos por la línea y luego ayudando a sus hermanos a argamasarlos en la pared. Para cuando el segundo sol había despuntado, el muro había crecido casi un metro veinte de altura, gracias al trabajo de todos, y cuando por fin tomaron un descanso, se dio cuenta que había llegado el

