CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

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CAPÍTULO TREINTA Y OCHO El Rey McCloud salió de su castillo cuando el segundo sol se estaba poniendo en el cielo y atravesó corriendo la plaza de su corte real, lleno de rabia. Subió de un salto sobre su caballo, seguido por docenas de sus hombres leales, y lo pateó, saliendo al galope a través de su pequeña ciudad, a través de una de las puertas arqueadas y hacia la polvorienta carretera que conducía a la montaña. Pateó la bestia más y más, con la indignación quemando sus venas. Acababa de recibir la noticia de que su hijo había escapado, su esposa con él, había liberado sus manos, antes de que él hubiera tenido la oportunidad de torturarla y matarlos a los dos y hacer una exhibición pública de ellos. McCloud ardía de humillación. No podía creer que la brujita le había burlado. Había es

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