«De acuerdo, gracias. Espero tener noticias suyas pronto», dice Marcia mientras cuelga el teléfono de su escritorio.
Las cosas no han ido tan bien como esperaba. A pesar de su meticulosa planificación, los contratiempos se acumulaban.
Los envíos se cancelaban y los clientes «necesitaban tiempo para pensar». Ya era finales de julio y necesitaba tener la tienda abierta en octubre.
Se recuesta en su silla giratoria, se gira para mirar por la ventana y sus pensamientos se nublan por la preocupación. Es la tercera cancelación de pedidos esta semana, todos de clientes importantes.
Kyle entra en su oficina y se sienta frente a su escritorio, con expresión preocupada. «¿Qué pasa, señora? Sé que aún no hemos abierto oficialmente, pero incluso nuestros clientes ocasionales han dejado de venir». Está sentado hacia delante, con las manos apoyadas en las rodillas.
«Incluso el diseñador de etiquetas acaba de cancelar. Algo no va bien, ¿verdad? ¿Señora?», insiste Kyle, con un tono suave pero con un sentido de urgencia.
Marcia tiene la barbilla apoyada en el puño y el codo en el brazo de la silla. Su mirada es distante, con una expresión ausente.
«¿Eh? ¿Qué? Lo siento, Kyle, ¿quién ha hecho qué?», pregunta Marcia, con voz distraída.
Kyle ve cómo ella vuelve a centrar su mirada en él, como si regresara al presente.
Suspira y se recuesta en su silla, con los hombros caídos, y cruza los pies por los tobillos, debajo del asiento, con los pies mirando hacia atrás. Luego se endereza, con los pies aún cruzados.
«He dicho que cada vez hay menos clientes sin cita previa y que el diseñador del logotipo de las barricas de vino y las botelleras del sótano nos acaba de cancelar el encargo».
«Ah, vale», responde Marcia, bajando la mirada hacia su escritorio. ¿Me he equivocado? ¿Es un error este cambio? Reflexiona, con el corazón encogido.
Entonces sus ojos se posan en la pulsera de oro que lleva en la muñeca, la toca ligeramente y una suave sonrisa se dibuja en sus labios. Se lleva los dedos con los que ha tocado la pulsera a los labios y se los acaricia con ternura.
—Eh... ¿Señora? —dice Kyle, con preocupación en su voz.
«¿No habíamos acordado que podías llamarme Marcia cuando estuviéramos solos?», responde ella, con los dedos aún en los labios y la mirada fija en la pulsera. «Bueno, umm, sí, Marcia...», responde Kyle, con la voz apagada al pronunciar su nombre.
Marcia levanta la vista y mira a Kyle a la cara durante unos segundos. «¿Qué? ¿Tengo algo en la cara?», pregunta Kyle nervioso, tocándose la mejilla.
Marcia le sonríe. Supongo que soy un poco mayor que él, pero aun así, él tiene veintidós años. ¿Por qué le resulta tan incómodo decir mi nombre? se pregunta ella.
Kyle, observando a Marcia, reflexiona: «¿Cómo puedo llamarla por su nombre? Es como mucho cinco, quizá seis años mayor que yo, pero sus ojos son tan profundos... tan cansados del mundo, que siempre me parece que estoy hablando con alguien mucho mayor, un alma vieja... ¿así es como lo llaman?
El teléfono de Marcia suena y ella lo mira. Sus ojos se iluminan y se lleva los dedos a los labios, esbozando una sonrisa tan cálida y repentina que Kyle se inclina instintivamente hacia delante para ver quién la llama.
Antes de que pueda hacerlo, Marcia lo descuelga, acepta la llamada y dice alegremente: «¡Mon cher!». Saluda con la mano de forma agradable y desdeñosa a Kyle, quien sonríe, a pesar de sí mismo, y sale de su oficina.
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Media hora más tarde, Marcia camina rápidamente hacia el escritorio de Kyle, en la planta baja.
Apoyando ambas manos en su escritorio e inclinándose hacia delante, le dice: «Sobre el diseñador de etiquetas, tengo un número al que puedes llamar. El señor con el que hables tendrá que venir esta noche, no mañana, para echar un vistazo; asegúrate de llamarle enseguida para no tener que quedarte en la oficina hasta muy tarde».
Le entrega un papel con un nombre y un número de teléfono y le guiña un ojo.
Kyle coge el papelito de Marcia, sorprendido. «¿Dónde...?» empieza a decir, pero antes de que pueda terminar, Marcia se da la vuelta y se dirige hacia la puerta, diciendo por encima del hombro: «Me voy a ver a un nuevo cliente; no volveré hoy, ¡así que nos vemos el lunes!».
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Marcia llega a su destino, después de entregarle la nota a Kyle, y sube los escalones del restaurante, buscando con la mirada un rostro familiar. Llega al balcón que da a la calle y ve a su cita de las 3 de la tarde.
«¡Stephen!», grita Marcia, agitando la mano en alto, al ver a su «cita» de la tarde.
«¡Marcia!», responde el hombre alto y rubio, levantándose de su asiento y saludando con el mismo entusiasmo. Cuando ella se acerca a él, él abre los brazos y se abrazan con cariño.
«¡Vaya! ¡Han pasado siete años, señora expresidenta!», exclama Steve con una amplia sonrisa.
«¡Sí, señor expresidente!», dice Marcia con voz alegre y feliz.
Ambos se ríen mientras se sientan a la mesa, y los años que los separan se desvanecen.
«Bueno... ¿qué estás bebiendo?», le pregunta Marcia a Steve, el expresidente del club de cata de vinos de sus días universitarios.
«Me acabas de llamar Stephen, así que... ¡estoy bebiendo algo que tú no puedes tomar!», bromea Steve, esbozando una sonrisa pícara mientras ambos se ríen de nuevo.
Steve llama al camarero. «Ella tomará lo mismo, por favor», dice, y volviéndose hacia Marcia, continúa: «¿Cómo has estado, Marcia? Ha pasado mucho tiempo, ¿eh?».
«¡Cuánto tiempo!», responde Marcia alegremente, incorporándose en la silla.
«Te ves muy bien, Steve; ¡veo que Nueva York te ha sentado bien!», continúa, con una amplia sonrisa.
«Sí, así es. Llegué a Miami hace unos días para visitar a algunos amigos y disfrutar de unas vacaciones que tenía pendientes. ¡Me emocioné mucho cuando recibí tu llamada esta mañana! Qué casualidad, ¿verdad?», comenta Steve con entusiasmo.
Llega la bebida de Marcia y charlan unos minutos más, poniéndose al día sobre dónde han estado y cómo les ha ido la vida después de la universidad. Al fin y al cabo, Steve se había graduado dos años antes que ella y era la primera vez que se veían desde entonces.
Resultó que Steve había hecho un máster en administración de empresas nada más graduarse y se había incorporado a una empresa de corretaje de bolsa en Nueva York. Había dejado ese trabajo hacía un año para fundar una empresa de capital riesgo con tres de sus antiguos compañeros, uno de los cuales había sido socio de la empresa de corretaje de bolsa.
Tenían muchos contactos en todo el país y muchos amigos adinerados en todo el mundo.
«Verás, Steve, necesito tu ayuda con...», comienza Marcia.
«¡Hecho!», la interrumpe Steven con una sonrisa.
«¿Qué? ¡Aún no he dicho nada!», dice Marcia, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
Steve le sonríe intensamente, inclinándose hacia delante con el brazo apoyado en la mesa. «Lo que necesites, Marcia, aquí me tienes», dice con voz baja y llena de significado.
Marcia se sonroja ligeramente. «Steve, yo...».