Mala Conducta
Amber Punto De Vista
—Dos batidos y dos hamburguesas con papas fritas —grito a la cocina, anotando el pedido y tomando el dinero, colocándolo en la caja registradora y entregando el cambio.
—Tomen asiento y estaremos con ustedes enseguida —les digo a los dos jóvenes enamorados, asienten y toman el número para colocarlo en la mesa y se sientan, acurrucándose juntos.
Sonrío, esta noche en el restaurante donde trabajo está relativamente tranquila y suspiro, sabiendo que tengo un montón de tareas esperándome cuando termine. Para ser un jueves por la noche, también está bastante vacío, para disgusto de mi jefe. A Leo le encanta cuando estamos ocupados, porque estar ocupados significa ganar dinero. Empiezo a limpiar algunas mesas para mantenerme ocupada, ajustando mi vestido incómodamente de vez en cuando. Dios, odio este uniforme. El vestido es demasiado corto para mi gusto, una combinación rosa y blanca con un delantal, el dobladillo llega justo por encima de la rodilla y debemos usarlo con medias blancas hasta la rodilla y zapatos Mary Jane. Un sencillo distintivo en mi hombro derecho, justo encima de mi pecho, dice 'Amber', y mi cabello rojo brillante está recogido en una coleta lisa. 'Diner de Leo' está escrito en letra cursiva en mi otro hombro. El vestido tiene unos pequeños botones blancos en la parte delantera, a mitad de camino, y a veces se ve mi sostén. Me hace sentir incómoda, pero necesito el dinero, así que me quedo con el trabajo. Además, Leo es un cambiaformas, casi todos en el pueblo lo son, y es un jefe bastante decente. No es uno de esos jefes que están pendientes de cada pequeño movimiento, de hecho, es bastante relajado, por eso todos sus empleados lo adoran.
La campana sobre la puerta vuelve a sonar y fuerzo una sonrisa en mi rostro mientras me acerco nuevamente a la caja registradora.
—Bienvenidos al Diner de Leo —saludo al grupo incómoda.
Se puede decir con solo mirarlos que este grupo significa problemas. Son cuatro hombres, todos vestidos con chaquetas de cuero para motociclistas y tatuajes en los brazos. Todos llevan pañuelos en la cabeza. Tienen alrededor de veintitantos años y me sonríen de manera sucia. Trato de no estremecerme.
—Vaya, qué hermosa eres —comenta el que está al fondo. Tiene el pelo n***o engominado, ojos verdes y una cicatriz en el costado de la boca. Me sonríe como si debiera estar agradecida por el cumplido. No lo estoy.
— ¿Puedo tomar su pedido? —les pregunto en su lugar. El hombre frunce el ceño.
—Cuatro hamburguesas con papas fritas y cuatro coca colas —dice el que está al frente y tomo su dinero, dándoles el cambio y dirigiéndolos hacia una mesa.
Con suerte, solo están de paso. No son cambiaformas, incluso sin ser un lobo puedo darme cuenta al instante. Solo son humanos molestos y corrientes. Suspiro. Leo parece ligeramente preocupado en la parte trasera y me da una mirada, recordándome que sea educada cuando preferiría ser cualquier cosa menos eso. Hay algo siniestro en ese hombre en particular. Instantáneamente me cae mal, pero tengo que ser profesional. Empiezo a buscar sus bebidas y las llevo en una bandeja, colocándolas en silencio frente a los hombres. Me doy cuenta con desagrado de que el que tiene el pelo n***o fija su mirada en mi escote.
—Muchas gracias, cariño—dice con ironía. Se señala a sí mismo—. Me llamo Damo y ellos son Tiger, Jake y Josh —dice, señalándolos.
—Un gusto conocerlos —digo entre dientes—. ¿Puedo ofrecerles algo más mientras esperan?
— ¿Qué tal un beso en los labios? —dice con sorna.
—Lo siento, pero eso no está en el menú —respondo con sarcasmo, alejándome mientras él me mira con odio y sus amigos se ríen de él. Parece que a Damo no le gusta que le digan no. Qué lástima, pienso sarcásticamente, porque esa será la única palabra que escuchará de mí.
Sigo limpiando mesas mientras cocinan la comida. Como está tan tranquilo, estoy haciendo varios trabajos a la vez. No me importa, es mejor mantenerse ocupada que encontrarse sin nada que hacer. También significa que Leo no tiene que contratar a tantos empleados, ahorrándose algo de dinero en el proceso. Además, limpiar las mesas no es precisamente una ciencia espacial. La campana de la cocina suena y me apresuro, tomo la bandeja y la llevo hacia los motociclistas, cuyos ojos están mirando la comida como si fuera Navidad, excepto por los ojos de Damo, que parecen estar fijos en mí mientras me acerco. Dios, es tan obvio. ¿Cree que por ser un motociclista me intimidará o impresionará? Está muy equivocado.
—Caballeros, sus hamburguesas y papas fritas —digo alegremente, colocando las papas fritas y las hamburguesas frente a cada uno de ellos—. Disfruten, y si necesitan algo más, no duden en ah —digo irritada. Mientras me inclinaba para colocar las papas fritas y la hamburguesa de Damo frente a él, su mano comenzó a acercarse a mi trasero y lo aparté furiosamente. Él gime y se agarra la mano.
—La próxima vez que me toques —le digo en voz alta y concisa—, te romperé la mano, ¿me entendiste?
Me mira con furia.
—Joder, eres una perra frígida, ¿no? —dice molesto— Solo me estaba divirtiendo.
—Bueno, no me divierte. No lo vuelvas a hacer —le aconsejo. Me alejo, con las manos apretadas en puños, respirando agitada.
No lo golpees, Leo necesita que te mantengas tranquila, me recuerdo a mí misma. Pero dios, es difícil. Especialmente porque parece no impresionarle que lo haya reprendido, se ríe con sus amigos y sigue mirándome continuamente. Hago todo lo posible por ignorarlo, limpiando y ordenando, tomando órdenes de comida y usando la caja registradora. Mis pies están doloridos, todo mi cuerpo está agotado y no puedo esperar a que llegue la hora de cerrar. Leo se va a su oficina a hacer papeleo para no tener que quedarse después del cierre. Es bueno en eso, asegurándose de que se nos pague puntualmente cada semana. Hace la vida mucho más fácil para su personal. No es de extrañar que todos le sean leales.
— ¡Hey preciosa! —escucho detrás de mí, demasiado cerca para mi comodidad, su aliento en mi oído.
Me doy vuelta rápidamente y me encuentro cara a cara con nada menos que el maldito Damo. ¿Acaso no capta indirectas? ¿Qué les pasa a los hombres pensando que son el regalo de Dios a las mujeres? Solo quiero borrar la sonrisa de su cara tan engreída. En cambio, fuerzo una sonrisa falsa.
—Lo siento—miento—. ¿Había algo que necesitabas? —Miro con intención a su mesa, pero todos sus amigos nos están mirando con interés, sonriendo como si estuvieran presenciando algo divertido.
—Sí —dice él, ya no sonriendo, su voz ronca y áspera— Tú, muñeca. Puede que pensaras que era gracioso rechazarme antes, pero no me divertí.
Levanto una ceja.
—Supéralo —le digo bruscamente, sin ser amable ni hospitalaria. Al diablo con esto. Yo tengo mis límites y este tipo los ha sobrepasado—. No me interesa.
Él agarra mi brazo, apretándolo con fuerza.
—Suéltame —le digo de manera tranquila—, ahora.
— ¿Y qué? —Se burla él—, ¿me arañarás hasta matarme? —Ríe y mira de vuelta a sus amigos, quienes se ríen silenciosamente.
Bien entonces. Que no diga que no lo advertí, pienso para mí misma. Sin previo aviso, agarro su brazo y, aprovechando mi fuerza, lo tiro hacia atrás, dislocándole el hombro. Con mi otra mano le doy un puñetazo en el abdomen, mientras mi rodilla se dirige directamente a sus partes bajas. El aúlla cuando lo agarro del cuello y le estrello la cabeza contra la barra con fuerza, rompiéndole la nariz.
— ¡Cabrona!—, grita él.
El restaurante entero queda en silencio, unos pocos clientes que tenemos nos miran atentamente. Leo sale de la oficina, luciendo confundido, antes de que sus ojos se abran de par en par ante la escena delante de él, algo a lo que está un poco acostumbrado, si tengo que ser honesta. Pero él nunca me ha despedido hasta ahora, no por defenderme a mí misma, de lo contrario, habría perdido este trabajo hace mucho tiempo.
Esquivo el agarre de Damo cuando este coge un cuchillo, aparentemente de la nada, blandiéndolo con su único brazo bueno, tambaleándose, sin duda debido al dolor entre sus piernas. Le doy una patada y envío el cuchillo volando. Leo coge una servilleta y lo recoge, mientras que los amigos de Damo observan en shock, sin duda sorprendidos de ver que su amigo está siendo golpeado hasta sacarle la mierda. Permanecen sentados mientras Leo los evalúa. Echan un vistazo a su enorme cuerpo musculoso, después de todo, él es un cambiaformas, y deciden quedarse donde están. Decisión sabia. El cocinero empieza a marcar el 911 con manos temblorosas.
—Te juro que te cortaré, zorra —sisea Damo, mientras la sangre le gotea desde la nariz y cae en su boca abierta—. Nadie se burla de mí.
Se lanza hacia adelante. Le doy una patada, golpeándolo directamente en la rótula y haciéndolo caer de rodillas.
— ¡Ay! —grita él. No he terminado. Estoy completamente enfadada ahora. ¿Era mucho pedir tener un tiempo agradable y relajante en el trabajo sin que me acosaran y me trataran como propiedad de algún hombre? ¿Poder completar un turno sin esta mierda ocurriendo? Por el amor de Dios.
Me coloco detrás de él y le agarro del pelo, obligándolo a arrodillarse. Le doy una patada y lo empujo hacia adelante. Uno de los clientes me abre la puerta y le pateo el trasero para sacarlo del restaurante, justo cuando el sheriff y los deputados llegan en sus patrullas. Él cae en la tierra y jura vehementemente. Un deputado se apresura a ponerle esposas. El deputado entra en el restaurante y me ve.
—Amber, sabía que tenías que ser tú —dice, dándome un pequeño asentimiento.
—Nadie más sería lo suficientemente tonto como para enfrentarse a un motociclista por sí mismo.
Lo miro fijamente. No es la primera vez que le enseño una lección a algún hombre, pero vamos, ¿estúpida? Fue valiente, maldita sea. No iba a dejar que Damo se aprovechara de mí y me acosara sexualmente. Ningún otro hombre, de hecho.
Leo se acerca tranquilamente y le entrega el cuchillo.
—Estaba tratando de apuñalarla con esto —le dice al sheriff, quien suspira y le da el cuchillo a un deputado—. Esos son sus compañeros —agrega, señalando a los motociclistas que todavía están sentados allí en silencio, casi en estado de shock.
El sheriff los mira de reojo. Están tratando de darles la espalda para que no puedan ver sus caras, pero no importa, el rostro del sheriff se ilumina de todos modos.
—Estoy seguro de haber visto a estos chicos en carteles de buscados —dice con tono burlón—, esposadlos, chicos.
Los deputados esposan a los motociclistas de aspecto hosco y los arrastran hasta sus patrullas. Leo me da una palmada en el hombro.
—Lo hiciste bien —susurra—, excelentes habilidades de pelea.
Le guiño un ojo, hinchándome de orgullo.
El sheriff termina de dar instrucciones a sus hombres y se vuelve hacia mí, una expresión seria en su rostro.
—Ya sabes cómo va esto —dice con tono seco—, necesitaré una declaración tuya y de todas estas encantadoras personas aquí —agrega, elevando la voz. Los clientes lucen abatidos ahora—. Antes de poder regresar a la comisaría.
Miro por la ventana. Han metido a Damo en un coche cerca, su rostro está pegado al vidrio y está gritando toda clase de obscenidades hacia mí. Le hago un gesto con el dedo medio mientras el sheriff habla con Leo, quien lo escucha atentamente y asiente. Damo grita aún más fuerte. Le sonrío ampliamente, disfrutando del espectáculo. Se ve mucho mejor en un coche de la policía o de un deputado. Parece que le sienta mejor.
—Te traeré una taza de café y un poco de tarta, Sheriff —dice Leo cálidamente, terminando la conversación, los ojos del sheriff se iluminan con la oferta—. Parece que estarás aquí un tiempo y como es nuestra culpa—agrega.
Frunzo el ceño a Leo. Él simplemente me sonríe. El sheriff toma asiento en una cabina y me hace un gesto para que me acerque.
—Ya eres bastante profesional en esto —suspira—, así que empecemos desde el principio y —levanta la voz y fulmina a los clientes—, nadie se mueva. Tendrán la oportunidad de irse después de que tenga su declaración como testigo. Ahora, Amber —dice amablemente—, desde el principio, por favor.