Inoportuno

1961 Palabras
Santiago y yo habíamos dejado de lado nuestra conversación pendiente, que si le amo o no le amo, era algo que no estaba lista ni siquiera para conversar conmigo misma, pero sí, estoy lista para estar en una relación, con alguien, con él si fuese necesario, para comprometerme un poco a ser más parte de la relación tal vez. —¿Qué te pasa? —pregunta Santiago mientras termina de acomodarse las faldas. —Estoy pensando. —¿Sí? —pregunta. —Nada, voy a preparar lo de la fiesta de mi hermana. ¿Crees que tu mamá quiera venir o ayudar? —Le encantan esas cosas, no sé por qué no es ama de casa en lugar... —Todas pasamos por momentos de masculinización. Le escribo a mi suegra, quien definitivamente adora la idea de darle una bienvenida a mi sobrino. Entre ella, Claudia y yo conseguimos comida, lugar, música, animador… Es que, ¿por qué no tirar la casa por la ventana en nombre del primer nieto de mi familia? Mi papá suena emocionadísimo y yo me río con todas sus preguntas, excepto la última, porque tiene razón: la ahora exsuegra de Linnie es una mujer que ha amado y cuidado a mi hermana como a una de sus hijas, siempre se ha puesto de su lado. Es la misma mujer que le enseñó a planificar, que le enseñó a ponerle límites al loco abusivo de su hijo, y podría sentarle un poco mal ser excluida cuando le llenó tanto de amor. Gretta y Claudia sienten lo mismo. Independientemente de la finalización de la relación entre ellos, la hermana de Rod es muy amiga de Linnie, y la mamá de Rod es una mamá para Linnie, así que acabo invitándolas. Santiago me llama y me pregunta si puedo ir con él al cumpleaños de su abuelo. —El hombre me odia. —Sí, pero se tienen que llevar bien. —Santiago... podrías ir solo. —Ya dije que íbamos, le mandé un regalo con el nombre de los dos. —Santiago... —me quejo, y su madre se ríe. Finalizo la llamada. —No le caes mal, le preocupa Santiago, nos preocupa a todos. Su madre me invita a un café y me cuenta un poco sobre Santiago y Xiomara: cómo se conocieron en el colegio, fueron juntos a la academia militar y ella nunca regresó, y su hijo parecía no poder recuperarse. —No me meto en la vida de Santiago, él es un hombre y toma las decisiones en base a sus necesidades... pero... no sé si él resista algo así de nuevo. —¿Qué le pasó a Xiomara? —Nunca me lo ha contado y dejé de preguntar. —Lo siento. —Yo también... —A mi no-suegro le encanta el flan casero, hecho con todo el amor del mundo, a mano y con ingredientes frescos. Asiento y voy directo al supermercado de alimentos orgánicos y frescos. Preparo el postre con todo el mimo posible, tres para ser exacta, y Santiago manosea todo lo que es posible. —¿Tú hiciste todo? —Sí. —Dios mío, qué delicia, esto debe estar riquísimo... —Sí, este es de vainilla, este es de coco con caramelo y este otro es con pastel. No los toques, Santiago —le amenazo y él se ríe. Me da un beso y me pregunta cuánto creo que tardo en alistarme. Me voy a tomar una ducha rápida, me ato el pelo, busco unos aretes y me pongo algo semiformal, con unas sandalias altas. Bajo con mi cartera de maquillaje y le aseguro a Santiago que puedo maquillarme en el camino. Él se ríe, me da un beso en el cuello y sé que es más para olfatearme. Le recuerdo que llegaremos tarde, y me da un beso corto sobre los labios. Estamos en la casa de su abuelo media hora más tarde. El hombre nos recibe en el portal y Santiago me aclara una cosa: —Esta gente cree que soy el safis de mi tío, es probable que él esté aquí entonces... solo... por si acaso. —¿Está toda tu familia? —Creo. —Santiago, me lo pudiste haber dicho. —Buenas noches, ¿vinieron a celebrarme o a pasar un momento agradable en el coche? Los dos bajamos y le entrego los postres a Hanks. Él sonríe y me cuenta que su madre se hacía un dinerito extra con el flan y, además, es su postre favorito, así que él salía ganando siempre porque comía y su mamá quedaba contenta con las ganancias. —A ver, probemos. —Papá, la cena estará en unos minutos —le advierte su hijo menor. —Santiago —le saluda Edward, su tío, y su mujer, Verónica, viene a saludarnos. Santiago me presenta con ellos y la mujer, de una vez, toma un cubierto para probar los postres de su suegro. —O sea, el de coco, una maravilla. Como tropical, rico, exótico... El clásico tiene este toque de vidrio rico crujiente, pero esto es sexy, atrevido. —¿Estás hablando del postre todavía, papá? —le pregunta su hijo. —Sí, el quequito, delicioso, de condensada y el flan, rico de vainilla, espectacular, mágico —replica. —El queque es el favorito de Santiago y el flan, su favorito, es como una mezcla. —Es espectacular. ¿Puedes hacer más en casa? —No, mi amor, la vez pasada mi queque de banano, que no te gustó, desapareció. —Hay empleados. —Santiago, ya reconoce que fuiste tú y no me dejaste. —Se me fue la mano. —Va, por eso no hago ya suficientes. Santiago se ríe y me llena de besos. —¿Cómo se conocieron? —pregunta Verónica. —Su papá estaba harto de los hombres inútiles que elegía y me invitó a presentarnos. —Wow... ganándote al suegro primero —le felicita Edward. —¿Cómo te conociste con mi papá? —le pregunto. —Una sociedad de hombres. Él ocupaba un hijo y yo un papá, y nos caímos bien. —Honestamente, su relación me molesta —comento, y todos ríen. —¿Eras la favorita o…? —No, tengo dos hermanas con quién competir y el hijo con el que mi papá ha soñado toda la vida. Hasta mi cuñado se siente triste. —Bueno, hoy has ganado puntos, Regina —me asegura el abuelo—. Está espectacular y es un postre muy acertado. George, su esposa, su hijo y su nuera se disculpan por llegar tarde. Todos nos giramos a verlos y Santiago me acomoda hacia su costado. Le tomo de la mano y él me mira. —¿Qué hacen estos aquí? —pregunta Ana, y su suegro se ríe. —Son mis invitados, por supuesto. El ambiente cambia un poco, hay cierta tensión, pero Hank pregunta por la cena y después nos obliga a todos a elegir una bebida e ir a una terraza a beber un poco. Le pregunta a su nieto cómo van los negocios y Santiago asiente relajado. —¿Qué estás haciendo ahora, Regina…? —Estoy administrando y fortaleciendo económicamente negocios. Activo un plan, los reorganizo financiera y funcionalmente y los pongo a trabajar. —¿Y el capital? —Estoy probando no gastar recursos —respondo, y Hanks eleva una ceja—. Ya sabes, cuando algo está borderline entre quebrar o resurgir, la gente saca un préstamo y entonces queda con esa deuda y sin negocios. Estoy inyectándoles capital de sus ahorros y, en uno de los casos, puse... mi dinero como un préstamo pequeño. —Eres el banco. —Sí, con bajo rango de impuestos. Soy como un push. —¿Qué estás ganando, Regina? —Un 25% de la empresa y derechos sobre los productos, además de la capacidad de internacionalizarlo. Santiago me mira. —¿Eso has estado haciendo? —Sí. —Wow... —Gracias. —¿Y cómo logras que de verdad crezcan? —pregunta George padre. —Les inyecto capital, pero no solo a la producción. Me voy por la publicidad, el branding, el marketing. Los introduzco en su mercado. Su sueño se vuelve mi negocio. —Siempre eres apasionada con los negocios. —Me gusta ganar. —Jumm, Regina, hasta que de verdad tocas mi corazón —dice Hank—. Explícame, ¿qué hacían tus papás de nuevo? —Mi papá es empresario de materiales y transportes, mi mamá era cardióloga pediátrica. —¿Y tus hermanas? —Mi hermana mayor es escritora, actriz y comediante… y mi hermana pequeña es médico. —¿En qué se especializó? —Es dermatóloga, alergóloga e inmunóloga en piel. —¿Linnie? —Linnie… solo… es fresa. ¿Qué se le puede hacer? Pero es brillante. —Tú eres brillante. —Sí, pero ya lo sabías. Santiago se ríe. —¿Te ha funcionado con alguna empresa? —Sí, sí, ya tengo una dando resultados, y la verdad estoy algo emocionada. —¿Puedo ver los resultados? —pregunta Hank, y yo asiento. Le enseño en mi celular lo que tengo de dicha compañía y él me pide una pantalla más grande. Santiago se ofrece a colocarlo en el computador de su oficina. Edward y los dos George nos siguen y les explico encantada los números hasta que Ana interrumpe anunciando que la cena está servida. —Es que no parece un cumpleaños, sino una cena de negocios. —Me encantan los negocios. Es mi cumpleaños, se hace lo que digo y punto, Ana —se queja su suegro. Hanks vio a su nieta, la hija de Edward y Verónica, y les dio las gracias por la cena que había preparado. Su nieta estaba en la escuela culinaria y, además de ser la única niña y adoración de su abuelo, siempre era considerada con todos. Se sentó al lado de Santiago y comenzamos a cenar. Emilia se puso en pie y dejó claro que no quería compartir mesa conmigo. —Emilia, tú eres m*****o de esta familia —la defendió su suegra—. Toma asiento, por favor. —No, Ana, me queda claro que la novia de la familia va a seguir viniendo de un lado a otro. —Emilia, siéntate y no montes un espectáculo —le pide George. —No tengo por qué hacerme de la vista gorda. —Santiago… yo prefiero irme —le digo en tono bajito. —Regina y yo nos vamos —anuncia Santiago—. Que quede claro, Emilia, pídele a tu marido que no esté llenando la agenda de Regina con citas falsas, porque, a diferencia de ti, a mí no me gustan las faltas de respeto ni amenazas. Yo sí voy a hacer lo que sea que ella esté pensando. La mesa se llena de palabras groseras: que por qué el bastardo está invitado, quién putas soy yo, qué estamos haciendo ahí… Yo solo quiero irme, pero Santiago está enojadísimo. La verdad, creo que nunca ha estado tan furioso a mi lado y trato de tranquilizarlo. Su abuelo da un par de golpes en la mesa y anuncia: —¿Quieres saber quién es Santiago? Santiago no es problema de Edward. Santiago es hijo de tu esposo, el picha floja, mentiroso de mierda. Una vergüenza para la humanidad, eso eres, George. Quien, al igual que tu hijo, se andaba en la misma trama: “Ahorita la dejo”, “No, todavía no, que tenemos un hijo”, las mismas excusas, como si tuvieran un manual. Santiago es mi heredero absoluto, eso es, y Regina es la nueva directora general de mis bancos, si es lo que quiere. Y tú te puedes ir para la mierda. ¡Salud!
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR