Yo, regularmente, con todas mis fuerzas trato de no enojarme con este señor. Primero, porque es mayor que yo. Segundo, porque hubo una época en la que lo consideraba un economista impecable y muy bien preparado. Tercero, porque es el papá de mi pareja, y creo que si los dos se esforzaran, podrían tener una relación bastante decente dado que no comparten físicamente, quiere decir que genéticamente y espiritualmente mis hijos e hijas podrían adquirir sus comportamientos abstractos. Y la verdad, yo paso de tener un mini George en casa, o —ni Dios lo permita— la reencarnación de mi madre por la vida. No, gracias. Por mi propio bien me abstengo. Pero no entiendo cómo tiene los huevos de insultarme enfrente de clientes.
Su padre está por decir algo cuando le pongo una mano en el brazo y respondo mirando a George con una sonrisa:
—Mi novio está saliendo del país en este momento. Santiago, el hijo que no reconociste y del cual te desobligaste. El chef Gabriel, por otro lado, es el esposo de mi amiga de años, amigas para toda la vida y desde la escuela, cuando se nos cayó el mismo diente el mismo día y pensamos que estábamos destinadas a compartir una vida juntas. Imagínate, desde pequeños, unos sabemos que elegir a alguien para toda la vida es una promesa… y tú, que todavía no te ubicas. —Doy un par de golpes en la mesa cuando hace un intento por interrumpirme—. George, no me importa si en el papel esto es de Santiago. Si continúas acosándome, voy a dejar de tener estas conversaciones contigo y voy a arrastrarte a la corte, donde estoy segura de que muchas mujeres querrán ayudarme a contar su propia versión de esta historia.
Tomo mis cosas y les sonrío a los clientes:
—Están en excelentes manos. Hank es uno de los fundadores de este negocio. Estoy segura de que puede hacerles una excelente oferta. Y George es un mal marido, sexista, misógino y probablemente la tenga pequeña. Pero el cerebro le funciona para los negocios, solo para que tengan eso en cuenta. Yo tengo trabajo por terminar en la oficina. Feliz día.
Después de una mañana desagradable, me tomo un café sola, feliz, con un cigarro en mi oficina. Le escribo a Santiago para saber si llegó bien y ni siquiera parece recibir el mensaje, pero yo sí que recibo uno.
George Jr. ingresa a la oficina como un toro, listo para atacar, y yo sigo fumando tranquila como estaba, y tomando café mientras me grita por arruinar lo que le ha tomado meses en conseguir: una empresa renombrada... y no puede evitar disociarme por partes. Da un golpe al escritorio para llamar mi atención y se me escapa una risotada, hasta casi ahogarme con el café.
—Perdón, perdón... —Sigo riéndome—. Perdón —digo mientras me cubro el rostro.
—Regina, no estoy aquí para hacerte reír, vine aquí a reclamarte algo.
—Estoy mamada de que me reclames cosas, me tienes hasta el cuello. Si vuelves a irrumpir en mi oficina y amedrentarme corporalmente con gritos y reclamos, me voy a volver loca.
Su papá se une, y los dos me gritan. Les escucho quince minutos exactos hasta empezar a tirarles cosas: la computadora, el teclado, los lapiceros y la silla.
—No necesito trabajar aquí, así que díganle al jefe que renuncié. No vas a renunciar, tú estás despedido, y tú también. El negocio es de Santiago. Santiago y yo acordamos que la cabeza sería Regina, y si Regina está en una reunión y no puedes respetarla, lo mejor es que te vayas. Y lo que es por ti, George, creo que tus problemas personales con Regina no te permiten trabajar con ella. Al día de hoy tienes un hijo y una esposa en Londres. ¿Qué haces aquí, hijo? Vete… no necesitas quedarte, no estás invitado a quedarte.
—Los dos se atacan contra Hank, y yo tomo mis cosas antes de darle una última calada a mi cigarro y apagar la colilla.
—Tómate la tarde libre —responde mientras me da un fajo de billetes. Le miro divertida y le recuerdo que no soy una stripper. Él se ríe y me da un par de gajos más.
—Necesito que cameles unos clientes por mí esta noche. Iba a ir personalmente, pero la idea es hablar con estos dos: ella es una diseñadora de modas y él hace lo que sea que su mujer le pida. No puedes ir con el pelo en un moño porque no te dio tiempo de secarlo, ni así —dice y me pasa la mano por la cara—. Cómprate un traje nuevo, de marca, y ve espectacular. Piensa que me representas a mí. Les diré que no puedo ir, pero va mi nieta. ¿Sí?
—Eres medio pesado, pero voy a tomarme lo de nieta con cariño.
—¿Ves cómo nos entendemos? —responde y me guiña un ojo—. Ahora, ¿quieres saber la diferencia entre una stripper, una puta y tú? —pregunta mientras sigue oprimiendo el botón del elevador para que se acerque.
—No. —Las puertas se abren y coloca el número del piso por mí.
—Las putas fuman, las strippers no… tú solo piénsatelo. —Le pego con el teléfono y se ríe antes de devolverse corriendo a la oficina.
Mientras me dirijo hacia mi auto, recibo un mensaje de parte de Santiago.
Santiago
Te amo. Estoy trabajando desde que llegué. ¿Cómo va tu día? ¿Ya me extrañas?
Regina
Tu abuela me ha llamado desarreglada.
Santiago
—Está mayor, ya no ve bien. Te veía preciosa en la ducha, en la cama, esta mañana cuando fui a dejarte a la oficina.
Regina
—Te echo de menos.
Santiago
—Te amo, te llamaré más tarde, antes de dormir.
Mientras el chofer me lleva a una de las tiendas de diseñador que sugirió el abuelo de mi novio, leo el dossier con información de la compañía a la que quiere camelarse, y todo suena mucho mejor que la gente de esta mañana. Es una diseñadora espectacular, con un muy buen margen de ganancias y un nombre fuerte. Me queda más claro que tengo que ir preciosa sí o sí: elegante, llamativa… pero no sé si traje o vestido.
Videollamo a mis propias gurús de la moda: mi hermana y mi mejor amiga. Las dos están encantadas de ayudarme. Una se queja de que los dos son excelentes opciones y no sé si me están piropeando o insultando casi al final.
—Es que tiene demasiadas tetas, más las caderas… o sea, qué dicha que haces dieta.
—Sí, qué amable…
—Yo iría con el vestido y el cabello suelto en ondas porque impresionas. Te vas a ver espectacular, como una modelo recién operada.
—Creo que lo mejor son pantalones y saco. No voy a venderme como power woman, sino como empresaria.
—El vestido. Elige el vestido. Es femenino, te vas a ver segura contigo misma y con tu trabajo. Te prometo que eso va a impresionar a cualquier persona.
—Vale, gracias.
Me voy al salón de belleza. Mientras estoy ahí converso un rato con Gretta, quien me cuenta que se ha liberado de la presión y ha elegido comprar desinhibidamente. Me enseña todas las piezas de ropa para mi nuevo sobrino o sobrina. Me río con todos los detalles que ha comprado hasta que escucho a Alba anunciar que su papá está estacionando. Me río justo antes de que mi hermana cuelgue la llamada.
No es por nada, pero me veo espectacular. Me dejo maquillar en el salón, así que voy a mi casa solo para una ducha corta, saludar a los perros y darles de comer un extra con un pollo que tenemos asado. Santiago estaría indignado, pero iban a cenar solos. Yo no entiendo cómo se me cae el tiempo, pero Hank es lo suficientemente sabio como para enviarme un chofer que me presione y hacer que llegue a tiempo.
Hank me llama faltando diez minutos y me pregunta si ya estoy esperando a mi cliente.
—Hay presa.
—¿Presa? ¿Qué es eso?
—Atascón.
—Hola… Regina… tuviste medio día para alistarte y una rabieta. No me hagas quedar mal, que estos dos están deseándolo para exigir tu cabeza. Te quiero, me caes bien, te respeto… pero necesito que te comportes como la empresaria que eres.
Tomo una bocanada de aire. Me siento mareada y avergonzada, pero seguimos topando con semáforos en rojo y atascones de autos.