Te lo dije

1724 Palabras
Estaba sentada en el comedor de mi casa con los perritos comiendo detrás de mí. Santiago se sentó a mi lado, me tomó de la mano y besó los nudillos de mis dedos. Le miro de reojo y me da un beso en los labios, justo antes de que le mire de vuelta. Le doy un beso y me pongo en pie. —¿Cómo está tu agenda hoy? —pregunta y le sonrío. —Ocupada, mi amor, estoy iniciando un nuevo trabajo. —¿Cada cuánto te haces las uñas? —le miro incrédula porque creo que sé a dónde nos lleva esa pregunta. Y si es a la que se pone de rodillas, tiene la cara súper dura de preguntarme si estoy en condiciones de ser pedida en matrimonio. Villano. —Ya... Recuerdas que teníamos una conversación pendiente. —¿Cuál exactamente? —le pregunto y se ríe. —Estábamos hablando de un bebé... —Santiago... Tú eres un hablador, gracias a Dios follas bien —respondo, y me pone en pie. —Tengo que ir a trabajar, espero que tengas un feliz día. —¿Estás enojada conmigo? —No —respondo tranquila y sonrío antes de tomar mi bolsa, la computadora, el celular y mirarle. Me voy de la casa, y Santiago no tarda cinco minutos en llegar al trabajo después de mí. Tomo asiento en mi oficina y me río. Acaricio la placa con mi nombre donde dice que soy su jefa y le recuerdo con palabras que no puede irrumpir cuando le da la gana. —Tengo una reunión, querido. —¿Mi amor, estamos peleando por algo en específico? —No. —Fue la chica del café ayer, te vi molesta. No es mi culpa que alguien quiera levantarme. Quiero reírme de él, pero me mantengo firme. —No fue esa chica, ni siquiera me di cuenta. La mujer fue cero sutil, le faltó palparle las bolas... Pero esa es una pelea con las mujeres atrevidas de mi género. —Regina, entonces sí fue algo. —No, es solo que quieres forzarme a estar bien cuando te desentendiste de nuestra relación casi un mes. Ahora, tengo tiempo y derecho de estar enojada y de fastidiar, mi amor, soy una mujer, está en mi ADN. —Regina, es una estupidez pelear por el pasado. —Mmmju... —respondo y él me mira frustrado—. Tú y yo teníamos un acuerdo, luego teníamos una relación y te fuiste emocionalmente con tu ex. —Deja a mi ex donde está, ¡muerta! Déjala ahí. Estoy justo aquí contigo, intentando darle valor a lo nuestro. Mi teléfono suena, y mi secretario anuncia que en unos minutos inicia la reunión con Hank, George Senior y Santiago. Le doy las gracias, finalizo la llamada y me pongo en pie antes de advertirle: —No me gusta que me prometan nada, me gusta que me cumplan. Si tú no estás listo para estar conmigo, para quedarte, entonces deberíamos terminar —respondo y camino hacia la puerta. —No puedes fingir que estás bien, que me entiendes, darme espacio y luego finalizar la discusión con terminar. Tuve una mala racha, yo quiero seguir con mi vida, quiero seguir contigo en ella, felices, seguros, en paz. —Vale, si vas a tener huevos de pedirme un bebé, ponme un anillo en el dedo y asegúrate por tu bien de que mis uñas vayan bien pintadas y no sospeche. Me encantaría salir sorprendida en las fotos —respondo y salgo de la oficina antes de que me retenga. Santiago se ríe. Le veo desde la ventana y me organizo para mi reunión. Me organizo para triunfar, aunque eso no sea lo que George Sr. esté feliz de escuchar. El hombre se niega a todo lo que digo, y yo, la verdad, pongo cara de aburrida. —Tus técnicas nos han mantenido a flote por años, pero es momento de cambiar si queremos crecer. —Estoy de acuerdo contigo, Regina, por favor, inicia tan pronto como sea posible. —Mi amor, el banco es tuyo —responde Santiago y tuerzo los ojos. Su abuelo sonríe y su papá le pregunta: —¿Entendiste algo? —Sí, mi mamá estudió economía mientras me criaba y yo iba a sus clases —responde—. Y como no tengo un título, elegí a la persona mejor calificada para llevar el negocio que heredé. —Deberías casarte con ella. —Ahh... Escuchaste, cero presión —le guiño un ojo y me pongo en pie—. Caballeros, fue un placer, tengo otras cosas que atender. Sí, tengo un montón de trabajo, pero algo que he aprendido con los años es a no martirizarme y dejar lo que sea que estoy haciendo en la oficina, porque el trabajo es como un pantano con arena movediza: si te mueves mucho, te consume; si te mueves poco, te cansas y te caes, por lo que acaba consumiéndote. A las 6:00 p. m. salgo del lugar y me voy a ver con mis chicas. Mi sobrino está impresionantemente grande dentro de su mamá, y cuando la veo no puedo resistir querer comerme a Linnie a besos y acariciarle la pancita. —No lo alborotes —se queja. —Franco, estate quietecito, por favor, mi amor —le ruega. —Se ha descubierto no solo los pies, sino las manos y la cabeza. O sea, este cabrón mínimo futbolista. Sé que todas las mujeres dicen eso, pero no cabe, no cabe. Y le pregunté a mi ginecóloga qué tan pronto se le puede sacar, pero me explicó algo de la flora bacteriana de la v****a y la inmunidad, y ahora quiero un parto natural, tranquilito. —Suena bien... —respondo—. ¿Quién es tu ginecóloga? —Es muy buena y es especialista en fertilidad. Ella y su esposo son top en toda la fabricación y tenencia de humanos que se sientan en vejigas ajenas. —Voy a contarte algo así como personal... —mi hermana asiente—. Quiero un bebé desde que perdí el otro, y siento como que es malo porque estoy haciéndolo por razones incorrectas. —Me pasa todo el tiempo. Pienso que, inconscientemente, creí que iba a amarrarme a Rod con este bebé, y ahora está en camino. —¿Como si no lo planeaste? —Terminamos, hice un descanso de las pastillas, me fui a un congreso. Rod llegó al congreso y lo hicimos todo el fin de semana... En fin, esta no es la vida que querría para un hijo, que vaya y venga y todo el drama de papás separados. Pero adoro al bebé y espero que eventualmente pueda soportar a su padre. —Santiago será un buen papá... Eso me gusta de él. Dominic, su hermanito, lo hace como quiere, es súper unido con Tom, su hermano, y es súper dulce con su hermana. —Santiago te hace muy feliz, eso me encanta de él —responde mi hermana y asiento. Las dos miramos al mesero, quien viene por tercera vez, y ordenamos unas bebidas sin dejar de preguntarnos dónde puede estar metida la señora que organizó esta comida de chicas. Llamo a Claudia un par de veces al teléfono. Linnie le escribe un par de mensajes comentándole que está a punto de robarse la comida de la gente de la mesa de al lado. Yo, para prevenir, pido unas entraditas y vuelvo a llamar a mi amiga. —¿Le habrá pasado algo? Siempre es muy puntual. —Llamemos a su apartamento —sugiere Linnie. No contesta. De verdad nos parece raro, así que comemos por el bien de mi sobrino el tiburón y en nombre de la glicemia de su madre... Ajá, y pedimos algo para llevarle a Claudia. En su edificio, el portero parece no saber mentir del todo bien, por lo que Thomas, su esposo, acaba respondiendo el teléfono. —Chicas, Claudia está indispuesta. —Estamos aquí. —Sí, pero no puede atenderlas. —Me oriné, Thomas. Estoy embarazada y no controlo esfínteres. Regina no va a llevarme en su auto. Yo le guiño un ojo y ella sonríe forzadamente. Nick se disculpa y nos dice que de verdad no pueden atendernos. Como soy una neurótica, pienso que algo va demasiado mal, que le ha pegado o va a esconder su cadáver, pero Claudia se pone al teléfono después de que me monte un berrinche. —De verdad no puedo atenderlas. Sé que las invité a salir, pero no puedo... Hoy no puedo —responde con la voz quebrada. Se le siente descorazonada y eso no me tranquiliza, pero la he escuchado. Mi hermana me lleva a casa. Le doy unos calzones y unos pantalones. Santiago entra un poco después y me da un beso en la frente. Luego, decide conversar con el bebé. —Vale, que sí, nos vamos de parranda, tronco. Te gustará jugar al avión y a la bola. Será una cosa tremenda. A mí de verdad me encanta tirarme en el césped y rodar como loco... Cosas de chicos. Que no me escuche tu mamá, mejor hablamos en privado más adelante. Mi hermana se ríe y se despide de nosotros. Santiago insiste en llevarla y ella insiste en que es una mujer independiente y libre. Abrazo a mi Linnie y después voy a ducharme. Santiago lleva a la habitación una sorpresa: es una pulsera de diamantes con la "S" de Santiago. Me lo explica, me río y él se acerca y me besa. Me besa despacio y trata de quitarme la toalla con la que voy envuelta. —No fue mi intención herirte, Regina. Solo no estaba pensando en nada. No pensé en mí y, por ende, no pensé en ti —comenta y me besa en el cuello—. De ahora en adelante, solo voy a pensar en lo que es bueno para ti. Me pone la pulsera y me ruega que vea la inscripción. La leo: Regina de Santiago Bradford.—Te amo y voy adejar de prometerte cosas y cumplirte todo lo demás. ¿Te parece? —¿No hay unos diamantes para esto?—pregunto y él se ríe, me besa y le beso de vuelta porque prefiero creer a no tenerle, sin importar la de berrinches que me tenga que lanzar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR