La espinita

1271 Palabras
George se puso en pie y caminó hacia la puerta sin decir nada. El silencio es uno de los castigos más imponentes porque no te da la oportunidad de liberarte, contradecir, explicar o siquiera razonar lo que está en la cabeza del otro. El día de Regina estuvo tan lleno de trabajo que no pudo pararse a pensar en nada que no fuera lo mucho que necesitaba apagar fuegos de un lugar a otro. Ella vio la puerta abrirse y se encontró con George. Traía consigo la cena en una bolsa de papel, colocó una botella de vino sobre la mesa de reuniones y sacó los platos con comida. —No es válido irse sin decir nada, no aquí, no ahora. —Ya... —Me preocupé. Pasé una pésima noche pensando que algo te había pasado, y al final solo recibí un mensaje de texto de trece palabras que no decía del todo qué había sucedido. —Lo siento. —Regina, estoy intentando comunicarme contigo. —Ya sé, pero tienes razón. ¿Qué esperas que te diga? —¿Por qué no llegaste anoche? —Necesitaba estar sola y pensar. —Estás actuando como si algo hubiera pasado entre nosotros. —No, solo ocupaba un momento en mi casa. —No sé por qué tienes una casa extra cuando acabo de comprar una para los dos. —Vale, esa fue una decisión que tomaste unilateralmente. No estoy lista. —¿De qué estás hablando? —Quiero evitar esta pelea, pero la vamos a tener de todas formas —responde y toma asiento frente a su novio. —Creo que todos no pueden estar equivocados, necesitamos separar los negocios de nuestra relación. —¿Y qué estás planteándote? ¿Dejarme en qué sentido? —¿Hacia dónde vamos, George? Llevamos una relación a escondidas desde hace tres años, tienes un hijo que no conozco, tienes toda una familia que cree que soy la zorra que te calienta la cama mientras sube de puesto. Esa es la impresión que me ha dado tu padre, y la verdad, no sé si esta sea la empresa en la que quiero estar. Me ha tomado casi cuatro años subir a un puesto porque soy mujer y porque soy tu novia. No necesito tantas zancadillas en la vida. Todos los años recibo buenas ofertas, y la próxima que venga y esté al nivel de lo que espero, voy a tomarla. —¿Cómo mejoro la oferta? —George, no estás escuchándome. —Sé lo que vales como empleada, y estoy escuchándote como tu pareja. Sé que todo lo que estás diciendo es correcto. Necesitamos hacer cambios, y vamos a hacerlos. Aquí voy a resolver lo del trabajo. ¿Cuánto quieres? ¿Qué quieres? Pide y te lo daré. —Quiero el triple de mi salario actual y autonomía. No quiero estarte consultando ni rogando por nada. Quiero autonomía sobre mis proyectos, empezando en este segundo. —Hecho. —¿Sabes cuánto es el triple de mi salario? —No, la verdad no sé cuánto ganas, y no me importa. —Es el salario mínimo de un gerente —responde Regina—, sin bonos y sin pluses. George la mira extrañado, busca entre los pagos a planilla y suspira molesto. Le pide a Regina su contrato y ella se lo entrega, porque, en realidad, no estaba interesada en firmarlo con esas condiciones. —Esto definitivamente no es lo que ordené que te dieran, y lo voy a resolver. —Perfecto. —George jala su silla. —¿Qué pasa, cielo? —pregunta, y él acaricia su mejilla. Ella lo mira a los ojos y George entiende que lo que sea que la está molestando no es de ahora. —Yo aspiro a ser la esposa de alguien. No me interesa vivir contigo o seguir a escondidas. Aborrezco tener que postularme para algo que deberías plantearte por tu propia cuenta. No me has presentado ni con las palmeras de tu edificio, y eso me hace sentir como si fuera tu amante y no una verdadera pareja. George se queda en silencio y asiente un par de veces antes de confesar: —Mi familia es horrible. Son clasistas, repugnantes, maleducados y horriblemente directos —reconoce—. No estarán felices con nuestra relación. Todos saben de ti, todos saben que estoy enamorado, pero no tengo ganas de que lo arruinen. El amor es ciego, sordo y nunca mudo. Dicen que la verdadera razón por la cual uno no puede escuchar ni ver es porque está ocupado escondiendo sus propias falencias. Por ejemplo, Regina no quería tener que presentarle a su padre a un hombre demasiado mayor que, además, era su jefe. No quería escuchar las burlas de Linnie ni cualquier consejo que su servidora pudiese darle. Así que, al principio de la relación, le parecía muy cómodo quedarse en una especie de c*****o: los dos solos, los dos juntos. Pero ahora que las alarmas empiezan a sonar, ella misma se pregunta cuándo fue la última vez que escuchó algo del divorcio de su expareja. Ni siquiera la prensa lo había vuelto a mencionar. —¿Podemos ir a casa temprano? —pregunta y le toma de la mano—. Te extrañé mucho, no vuelvas a irte, por favor. George es el tipo de hombre que puede envolverte con solo una mirada. A Regina le parecía irresistible y quería creerle de verdad, pero como buena mujer, cuando algo se le mete en la cabeza, no puede evitarlo. Le da un beso en los labios y le ayuda a guardar las cosas en la bolsa antes de irse juntos a casa, sin importar el qué dirán. Esa noche, Regina durmió entre sus brazos, pero la espina que tenía en la cabeza logró metérsele en el pecho. Se sentía terriblemente culpable, avergonzada y triste. A la mañana siguiente, se fue tan temprano al trabajo que George se sorprendió al verla en la oficina. Ella estaba conversando con un grupo de compañeros, dos hombres bastante simpáticos. Regina prestaba toda su atención a lo que decían y se rió. George sintió una pequeña punzada de celos. —¿Entonces vas a venir con nosotros? —No. —Todos dijeron que eras una pesada. —No soy una pesada, solo tengo un compromiso. —Somos gente súper divertida. —Ya, se les nota. Muchas gracias, pero esta vez toca pasar. —Regina, te estaba buscando —comentó George, y los tres lo miraron. Sus compañeros lo saludaron, y ella se acercó a la cocinera para agradecerle por el café. —Muchas gracias por la invitación, la próxima prometo participar —respondió, agitó la mano hacia ellos y caminó al lado de George. Este esperó a que llegaran a la oficina para darle un beso en la mejilla. —¿Cómo amaneciste? —preguntó George. —Bien. Vine temprano porque el fin de semana tengo que hacer algo con Linnie y mi papá. ¿Tú tienes una cena, cierto? —Sí, es una gala benéfica. En Main Village se producen el 50 % de las galas del mundo. Quizás la próxima quieras venir conmigo. —Quizá —respondió ella, y él no dejó pasar la indiferencia. —Que tengas un feliz día, cariño. —¿No tenías algo que decirme? —Sí —respondió George y le dio un corto beso en los labios—. Necesitaba decirte que te amo. Regina se quedó quieta por un momento, como si no estuviera segura de cómo reaccionar. Luego asintió ligeramente, con una pequeña sonrisa. —Gracias por decírmelo —respondió, antes de encaminarse hacia su escritorio.
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