La casa dejo de estar en silencio para volverse un lugar de caos, nos volvimos dos tornados chocando y destruyendo todo a nuestro alrededor.
Ni siquiera me di cuenta en qué momento cruzamos la sala y terminamos en la entrada de la cocina.
Si ella me daba un golpe se lo regresaba con más fuerza, si me mordía la pateaba y así estábamos hasta que los gritos de nuestra madre hicieron temblar la casa.
Nuestra rivalidad fraternal iba más allá de lo toxico y dañino. Estaba intensificada en exceso, ya era una guerra crónica y no tenía ningún remedio.
—¿Puedes decirme que pasa Eris? — Se dirigió a mi hermana quien comenzó a llorar, o bueno, su actuación era muy buena ya que las lágrimas caían como cascadas.
—Ella comenzó. —Esa era su respuesta de siempre.
A veces me preguntaba si era más fácil culpar al otro que aceptar la culpa.
Si es así, podía decirle a mi jefe que aquella manzana en el área de productos para baño era culpa del cliente, que la dejo ahí. Podía culpar también a la encargada de las líneas por no decirles a sus chicas que revisen cada noche.
Claro, él culpo a cada una de nosotras por no estar pendiente de que los clientes no se coman la fruta y la dejen en toda la tienda.
Podría culpar también al niño que me dio un pelotazo y me hizo caer en un charco, cuando era yo la que iba distraída y no vi la pelota por estar perdida en mis pensamientos.
La culpo a ella por odiarme tanto, por insultarme y hacer que todo se me acumulara, culpo a mi madre por no darme el tiempo, el cariño, el amor y sobre todo la culpo por darme la vida.
Puedo culpar a mi padre por irse cuando nací, ya que gracias a él yo soy la culpable de que este hogar parezca más un manicomio o un hospedaje dónde no nos soportamos, pero nos aguantamos solo por lo barato y la comodidad de tener un techo.
No voy a negar que eh culpado a las personas de muchas cosas, pero poco a poco he ido aprendiendo que debo aceptar mi culpa. No ha sido nada fácil pues ningún proceso lo es.
Si, es mucho más fácil culpar a todos.
—Siempre tienes que ser tu. —Grito mi madre en mi dirección.
No estaba de ánimos para escucharla a ella ni a su hartas de estupideces. No sé en qué momento las dos nos pusimos de pie y nos distanciamos, camine en dirección a las gradas donde se encontraba mi madre recordándome quien soy y por qué aun vivo bajo su techo.
Debí aceptar cuando la señora Amparo me ofreció la sala, pero en ese tiempo aun estudiaba y apenas y trabajaba unos días.
No quería ser una carga para ella, si lo era para mi madre pues la razón es muy clara. Su obligación era mantenerme y darme lo básico ya que ella era mi madre aun que me odiara.
Karma.
Así es como suelo llamarme.
Me gustaba pensar que yo era su karma y que podía quedarme para fastidiarla por no darme lo que me correspondía.
Se que con lo que gano podría pagar la renta de un cuarto, pero lo estoy guardando para mis estudios.
—¿Dónde crees que vas?
Pase a un lado ignorando sus gritos y comencé a subir las gradas, ahí donde deje mi bolso me detuve para recogerlo y seguir mi camino.
En verdad que esa desgraciada me dio una paliza, bueno, no puedo decir que ella quedo mejor que yo. Puedo jurar que mi enojo se desvaneció después de la caída.
Me acosté en la cama aun con el cuerpo caliente, tenía arañazos en el brazo y en el cuello. Por suerte mi cara solo sufrió de unas cuantas cachetadas y su buen puño, en cambio ella tendría que usar un excelente maquillaje que ocultara el filo de mis uñas en su nariz y boca.
Una buena manera de sacar el estrés debería de hacerlo más seguido. ¿No lo creen?
Por un momento olvide porque estaba molesta, por porque su insultó me pareció más asqueroso que los anteriores cuando en realidad ni siquiera fue un insultó.
Olvidé que ese día me sentí dueña de aquel hombre, creí tener el derecho de sentir celos, de molestarme porque hablara con otras mujeres cuando sus bellos ojos no miraban los míos.
Se que es una estupidez querer a una persona que ni siquiera sabe que existes, y que estas a dos cuadras de él.
Se qué no es amor, si no una obsesión, una que me está llevando a la locura a perder todo el poco juicio que me quedaba.
No recordaba a ver puesto alarma, claro, porque no era la alarma lo que estaba sonando, si no mi celular que tenía una llamada entrante.
¿pero quién sería a esta hora?
¿Qué me había pasado? Apenas y logre darme la vuelta para tomar mi celular ya que cada centímetro me dolía.
—¿Qué? —Pregunte entre molesta adolorida y medio dormida.
Seguía con mis ojos cerrados, arrugando mi rostro por el dolor que sentía.
—Dalia soy Merci, disculpa que te moleste a esta hora. ¿será que puedes cubrirme? mi hermana está en el aeropuerto se quedará una temporada, es que estoy de camino y no llegare a tiempo.
Hundí mi cara en la almohada, desde que trabaje a tiempo completo jamás me toco cubrir a ninguna compañera ya que en la mañana estudiaba.
—¿Por qué me dices hasta ahora? —Me queje, no porque no quisiera cubrirla.
Bueno la verdad es que no quería, además de tener sueño ya era tarde.
—Lo se lo sé, discúlpame, pero, nadie de las chicas quiso cubrirme y es fin de semana sabes que estará lleno, yo llegare en tu turno.
—Está bien.
Colgué la llamada buscando las ultimas fuerzas que me quedaban para ponerme de pie.
Me vi en el espejo y mi pómulo estaba morado, de suerte no era el ojo. Las uñas de mi hermana tenían algún tipo de ponzoña ya que la parte donde estaban los arañazos estaba demasiado irritada.