La noche por fin cayó, y con ella, mi estómago decidió convertirse en un zoológico. Había mariposas, sí, pero también un chihuahua ladrándole a un pensamiento tonto que se me cruzó y Scrat golpeando mi diafragma porque juraba que ahí estaba su nuez. No sabía si quería salir corriendo o esconderme en el bote de basura más cercano. Estaba tan nerviosa que hasta el aire me sabía raro, como a chicle viejo con perfume barato. Las luces de la ciudad parpadeaban como si me guiñaran el ojo. “Ahí vas, Dalia”, parecían decirme. “Otra vez soñando con tu chico Wilson.” Y sí, tenían razón. Ellas ya sabían mi secreto. Me habían visto suspirar en silencio, perderme en pensamientos que no podía contarle a nadie. Pensamientos que a veces daban vergüenza de tan cursis, de tan imposibles. Pero eran mío
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