—¿Carne roja o blanca?
Mercy mordió la punta de su dedo pulgar, dudosa de cuál elegir. Nos encontrábamos en la hamburguesería después de clases y realmente, lo agradezco. Las horas de clases se hicieron eternas, sin mencionar que el maestro de química nos envió a hacer un ensayo de quince páginas sobre las células eucariotas a modo de castigo por haber reprobado el examen. Según él, era una oportunidad para subir nuestro promedio y conservar las buenas calificaciones por si en algún momento queríamos ingresar a la universidad.
Me encogí de hombros —No lo sé, M. Yo pediré carne blanca.
—Entonces, yo pediré la roja. —informó y dio un paso para avanzar en la silla— ¿Por qué no vas a buscar una mesa para nosotras? De preferencia, cerca de mesa de billar.
—Vale.
—¡Espera! —me detuvo cuando estaba a punto de caminar— ¿Licuado o soda?
—Soda.
—Genial —golpeó mi trasero con su palma y rió—. Vete ya.
Rodé los ojos y me abrí paso entre las personas, empujando de vez en cuando sus cuerpos con ayuda de mis brazos. La música estaba excesivamente alta, pero el sonido de las bolas de billar chocar entre sí no era aplacado. Di una vuelta sobre mis pies, sin detenerme, buscando una mesa cerca de la ventana que estuviera cerca de la mesa de billar también, como lo había pedido Mercy.
Cuando la encontré, prácticamente corrí hasta ella y me senté con brusquedad, mis piernas desnudas raspándose levemente con las orillas de la silla. Me sujeté el cabello con una liga y miré a mí alrededor, buscando rostros conocidos de los que después nos podríamos burlar con Mercy. Comencé a golpear mis dedos contra la mesa, intentando seguir el ritmo de una vieja canción ochentera.
Miré a los chicos que jugaban al billar y escondí una sonrisa detrás de mi mano cuando uno de ellos reclamaba y pasaba unos cuantos dólares por haber perdido. Él dejó el taco sobre la mesa y le enseñó el dedo medio a alguien que no alcancé a divisar. El grupo de chicos se disolvió un poco y a mi vista quedó el mismo chico de ojos verdes con el que choqué esta mañana en la cafetería. Él hablaba animadamente junto a unos chicos con las mismas pintas suyas mientras le frotaba un poco de tiza a la flecha del taco.
—Ay, Dios mío...
Nuevamente, Mercy apareció de la nada y dejó nuestros pedidos de forma distraída sobre la mesa. Su mirada no se despegaba de la mesa de billar.
—¿Es real lo que estoy viendo ahora mismo? —me preguntó. Ella arrastró la silla y acomodó la mesa de tal manera que ambas quedamos frente a los chicos— Creo que me he vuelto a enamorar.
Apreté los labios —No sé a ti, pero a mí no me gusta que los chicos me vean devorándome una hamburguesa, Mercy.
—Sht, no molestes —siseó—. Estoy admirando la belleza humana.
Rodé los ojos y como si el chico sintiera la mirada de Mercy, giró la cabeza y la miró. Le dedicó una sonrisa de lado y mi amiga soltó un suspiro, como si lo amara de toda la vida.
—No seas tan obvia, por favor. —rogué, desenvolviendo mi hamburguesa. Abrí mi lata de refresco e inserté el popote para beber un poco.
—No seas tan aguafiestas, por favor.
Tomé mi hamburguesa con las manos y cuando estaba a punto de llevármela a la boca y darle un mordisco, a la mesa de billar se acercó el chico más guapo que pude haber conocido hasta ahora. Completamente vestido de n***o, él llevaba la mitad de la cabeza rapada y una infinidad de tatuajes en su brazo derecho. Sus labios resaltaban y la curvatura de su mandíbula se ocultaba bajo una tenue capa de barba. Chocó los puños con el rizado de ojos verdes y al tomar el taco que su compañero le tendía, pude percatarme que tres de sus cinco dedos eran adornados por gruesos anillos.
—Sexy, ¿verdad?
Miré a Mercy y sentí mi rostro arder. Ella soltó una sonora carcajada que logró atraer la atención de aquellos chicos. Bajé la mirada de inmediato y pretendí estar bebiendo de mi soda.
—¿Por qué no vamos y nos presentamos? —recomendó mi amiga y yo la detuve justo cuando estaba colocándose de pie— ¿Qué pasa?
—Por Dios, ¿cómo vas a ir hasta allí?
Ella me miró como si yo fuera estúpida —Uh, ¿caminando?
—No seas tonta, M —reclamé—. Me refiero a, ¿para qué vas a ir?
—Para conocerlos y saber el nombre del hermoso rizado.
Ella se soltó de mi agarre y se alejó antes de que pudiera volver a detenerla. Sentí vergüenza por su atrevimiento y me dediqué a mirar por la ventana y a lanzar rápidas miradas en dirección a la mesa de billar. Me atoré con mi propia saliva cuando vi que el chico de los tatuajes no despegaba su mirada de mí. Su mirada resplandecía a la distancia y la melodía de un metal pesado era opacada por los latidos desenfrenados de mi corazón.
Mercy hablaba animadamente con el rizado quien, de vez en cuando, rozaba su mano por el brazo de mi amiga. Al ver que ella no se alejaba, le rozó "accidentalmente" el trasero con la palma de la mano. Mercy rió encantada por obtener toda la atención del chico.
Obligué a mis sentidos relajarse y me concentré en comerme la hamburguesa. Balanceé mi pierna de adelante hacia atrás, tarareando la melodía de una canción de Bastelli. Cuando terminé de comer mi hamburguesa, me bebí el resto de refresco y me coloqué de pie, dispuesta a marcharme de allí. ¿Qué más podría hacer? Mercy estaba riendo a carcajadas mientras que el chico de rulos le hablaba al oído y sus demás amigos se dedicaban a jugar un partido de billar. Miré con lástima la hamburguesa intacta de Mercy y corrí la silla hacia adelante, colgando mi mochila en uno de mis hombros.
—¡Hey, Holly! —el grito de Mercy resonó en todo el local— ¿Dónde vas?
Me acerqué un poco, sólo para no tener que gritarle.
—Me voy a casa. Yo tengo que... ayudar a Jack con unos deberes. —mentí, entre balbuceos.
Ella asintió. "Te llamo" moduló, alzando su mano en un típico gesto de llamada. Le regalé una pequeña sonrisa y antes de irme, le lancé una mirada al moreno, encontrándome con sus ojos fijos en mí.
*
—¡Holly! —gritó Elyssa, desde algún lugar del pasillo— ¡Mercy está al teléfono!
—¡Gracias!
Me coloqué de pie y tomé el teléfono inalámbrico que estaba sobre mi mesita de noche. Después de volver a casa, vi un rato televisión con Jackson y ahora estaba haciendo los deberes. O intentando hacerlos porque no entendía nada de matemática.
Subí una pierna a la cama y me senté, apoyando mi espalda en las almohadas.
—Hola.
—Su nombre es Zach —fue la forma de saludar de Marcy— y estudia en la universidad junto a Harry.
Fruncí el ceño, aunque ella no pudiera verme.
—¿De quién estás hablando?
—¡De los chicos del billar! —me recordó en un chillido— ¿Recuerdas al hermoso rizado de ojos verdes? —tarareé en respuesta, mirando mi pie derecho— Su nombre es Harry. Y su amigo, el moreno tatuado, se llama Zach.
—Oh, así que estás hablando de ellos —intenté que mi tono de voz sonara desinteresado. En mi mente se recreó el hermoso rostro de aquél chico—. ¿Y qué hay con eso?
Escuché su soplido a través del auricular.
—Ellos harán una fiesta en el Condado de Dunn este fin de semana —informó, con voz soñadora—, y Harry nos invitó. A las dos.
—Pero... el Condado de Dunn queda a cuarenta minutos en coche.
—¿Y eso qué? Podemos ir en mi coche.
—Papá no dejará que vaya.
—O sea, que tienes ganas de ir, ¿no?
Aunque no lograra verla, sabía que estaba sonriendo. Apreté los ojos con fuerza y suspiré.
—Yo nunca he dicho eso.
—Pero lo pensaste. —me molestó.
—¿Hay algo de malo en eso?
—¡Por supuesto que no! —exclamó— Por favor, Holly, tenemos que ir a esa fiesta. Harry realmente me atrae, por favor.
—Pero...
—No te preocupes por tu papá —me interrumpió—. Podemos decirle que te quedarás en mi casa y a mi mamá le diremos que me quedaré en la tuya. ¿Por favor?
Sujeté el teléfono con mi otra mano y cerré los ojos, imaginándome el rostro de aquél chico. ¿Era guapo? Por supuesto que lo era. ¿Quería volver a verlo? Diablos, sí. ¿Estaba dispuesta a mentirle a papá sólo para ir a una fiesta y verlo? Bueno, eso depende.
—¿Entonces...? —canturreó Mercy.
—Está bien. —contesté, sintiendo mis labios estirarse por culpa de una sonrisa.
—¡Genial! —exclamó con alegría— Llamaré a Harry para confirmarle que iremos. Nos vemos mañana en la escuela, Holly.
—Buenas noches, M.