Capítulo 4.

1830 Palabras
—¿Estás segura de que ellos no se van a molestar porque voy yo? Mercy me envió una mirada molesta hacia el lado y resopló, murmurando entre dientes que ninguno de ellos se molestaría porque habían sido ellos quienes me invitaron. Estábamos en su coche, viajando hasta el Condado de Dunn para unirnos a una fiesta de chicos que ni siquiera conocíamos bien. Para poder salir, tuve que decirle a Elyssa que iría a casa de Mercy a terminar un trabajo que no habíamos empezado. Ella no estuvo muy de acuerdo al dejarme salir porque no le gustaba hacerlo cuando papá no estaba en casa, pero me dijo que si yo respetaba el toque de queda y estaba en casa a la medianoche, Paul no tendría por qué enterarse. Escondí en mi mochila un cambio de ropa y Mercy me prestó un par de sus tacones. —¿Estás nerviosa? —me preguntó mi amiga, doblando en el lugar indicado para ingresar al Condado de Dunn. —Sí. —le dije y suspiré. Yo no sabía si estaba nerviosa por ver otra vez a Zach o porque había salido de casa a base de mentiras. —Yo también —me lanzó una sonrisa y se detuvo en el último semáforo en rojo que nos separaba de nuestro destino—. Harry realmente me encanta y... —Por favor, no vayas a dejarme sola. —le pedí, interrumpiéndola— No conozco a nadie allá y será muy vergonzoso. Ella le dio a mi rodilla descubierta un suave apretón —No te preocupes, entrarás en ambiente muy rápido. No quise preguntarle a qué se refería con eso. Me revolví en el asiento, nerviosa. Mi corazón comenzó a latir muy rápido cuando vi una hoguera que llegaba casi a la copa de los árboles. La música sobrepasaba los cristales del coche y a través de los árboles podía ver a un montón de skinhead haciendo una especie de baile agresivo alrededor de la gran fogata, empujándose unos contra otros. Si antes estaba nerviosa, ahora le podía agregar un poco de susto. Mercy detuvo su coche en un aparcamiento improvisado y ambas salimos de la seguridad del auto. El olor a m*******a y alcohol chocó contra mi rostro como una ráfaga de viento. Enredé mi brazo con el suyo y suspiré, preparándome para lo que se me acercaba. Yo era una chica bastante sociable, el problema es que todo este montón de chicos me intimidaba y aquello no me dejaría actuar con normalidad. No a menos que comenzara a entrar un poco en ambiente. A medida que nos acercábamos a la hoguera, los chicos nos miraban, preguntándose posiblemente qué hacíamos allí y quién nos había invitado. Por supuesto que se notaba desde lejos que no éramos de los mismos estilos. Miré a mí alrededor, buscando entre los rostros desconocidos a un chico de cabeza rapada y tatuajes, pero no lograba verlo por ninguna parte. —Allí está Harry. —me dijo Mercy contra el oído— ¿Vamos a saludarlo? Miré en aquella dirección y sentí un vacío en el estómago. No quería acercarme a él, no por ahora. —Voy en un momento. —le dije y ella me miró, dudosa— De verdad. —Está bien. Te estaré esperando. Asentí y la vi alejarse entre las personas. Cuando Harry la vio, sonrió extensamente y la atrapó en el momento justo que Mercy saltaba sobre él, rodeándole la cintura con las piernas. Aparté la mirada cuando comenzaron a besarse. Lancé una última mirada a mis lados y me acerqué a un árbol, cerca de la hoguera. El calor del fuego calentaba mis piernas desnudas, pero mis manos estaban frías. Me entretuve los próximos minutos mirando a unas chicas con un extraño corte de cabello mientras bailaban y se besaban con sus respectivos novios, supongo. Los hombres vestían de manera extraña. Algunos iban con pantalones estilo militar, botas de cuero hasta media canilla y una chaqueta de cuero. Uno de los lienzo de sus suspensores colgaba a un lado de su muslo. En cambio, las mujeres iban con pequeñas faldas negras, pantis oscuras y botas. La camisa que llevaban puesta estaba completamente abotonada. —¿No bailas? Mi cuerpo se tensó. Miré hacia el lado, encontrándome al chico moreno de los tatuajes afirmado al lado contrario del árbol. Gracias al fuego de la hoguera, sus ojos lucían amarillos y sus pestañas acariciaban levemente sus pómulos al pestañear. Él era mucho más guapo de cerca. —No. —bajé la mirada un momento y sonreí— Tú tampoco. —¿Yo qué? —sonrió, dando un par de pasos para quedar más cerca de mi cuerpo. —Tú tampoco bailas. Él arrugó la nariz —Eso es porque nadie me ha invitado aún. —Oh... —susurré y aparté la mirada cuando sus ojos comenzaron a quemarme. Su mirada era mucho más intensa ahora que estaba cerca de mí. Su voz era ronca, pero baja y suave, casi como una caricia. Su anatomía imponía respeto y me intimidaba ligeramente. Cuando acarició su mentón pude darme cuenta de una gran serpiente en el dorso de su mano izquierda. —Me gustan tus tatuajes. —le dije. —Gracias —sonrió—. A mí me gustan tus ojos. Su comentario calentó mi rostro, más sin embargo lo atribuí al calor sofocante que desprendía de la hoguera. —¿Cómo te llamas? —me preguntó luego de unos segundos en los cuales sólo se dedicó a mirarme. —Holly. —Encantado, Holly. —estiró su mano y yo la estreché. Su palma era áspera y sus dedos largos y cálidos— Mi nombre es Zach. Le regalé una pequeña sonrisa. Pensé que soltaría mi mano, pero sus dedos se aferraron alrededor de los míos. No aparté mi mano, sin embargo. —¿Has venido con tu amiga? —Sí. —tragué saliva— Ella está con tu amigo ahora. Sus cejas se alzaron —¿En serio? —Sí. Ella estaba muy ansiosa por venir. —¿Y tú? —me preguntó de repente— ¿Estabas ansiosa por venir? Me quedé en silencio porque me avergonzaba decirle que sí, que estaba muy ansiosa por venir también para lograr verlo. ¿Qué iba a ganar yo con eso? Aparte de que él pensaría de que estaba loca por él, aumentaría su ego. —¿Estudias? —hablé, desesperada por cambiar el rumbo de la conversación. Él asintió sin dejar de mirarme a los ojos— ¿Qué estudias? —Ciencias Afines —respondió en voz baja—. Me especializo en Antropología. —Genial. —le dije, dejando mi mirada vagar por su rostro. Seguramente, él debería ser dos o tres años mayor que yo. —¿Qué hay de ti? —me preguntó con la voz convertida en un susurro ronco, pero suave— ¿También vas a la universidad? Carcajeé —Ojalá. Estudio en la escuela Lincoln. —¿En serio? —simuló asombro y yo asentí con una sonrisa en los labios— Eso es genial. La calidez de su mano recorrió todo mi cuerpo. Su dedo pulgar dejaba suaves caricias en la palma de mi mano. De pronto, deshice nuestro encuentro de miradas para observar cerca de la hoguera y me horroricé. Dos skinhead habían comenzado a pelear y me estremecí cuando uno de ellos estrelló una botella de cerveza en la cabeza del otro. La música se detuvo de inmediato y fue reemplazada por muchos gritos. Todo se había salido de control. Intenté soltar la mano de Zach para ir a buscar a Mercy, pero sus dedos se apretaron alrededor de los míos y me hizo caminar en dirección contraria. —Vamos por aquí. —ordenó. Su brazo envolvió mis hombros y su mano libre se dedicó a empujar a las personas que se cruzaban en nuestro camino. En un momento, miré hacia atrás y el terror corrió por cada parte de mi anatomía al ver a uno de los chicos ardiendo en llamas, siendo devorado por el fuego. Cuando la multitud de personas se disolvió, Zach tomó mi mano otra vez y caminó raudamente hasta un coche n***o que estaba cerca de nosotros. Hice el intento de soltarme y miré hacia todos lados mientras era arrastrada. Necesitaba encontrar a Mercy. —No te preocupes por tu amiga. —recomendó, adivinando mis pensamientos— Harry no dejará que nada malo le pase. A lo lejos, pude ver la melena rojiza de Mercy siendo azotada por el viento. La llamé por su nombre de pila en un fuerte grito y ella me gritó de regreso que nos veríamos mañana, antes de perderse entre los coches junto a Harry. —Vamos, sube. —Zach me dio un suave empujón en la espalda. Le hice caso y me estremecí por el ruido que provocó la puerta al cerrarse. El moreno se deslizó dentro del coche e hizo rugir el motor de inmediato, los neumáticos hicieron un ruido estruendoso contra la tierra antes de salir disparado en dirección a la carretera. Todo los que nos rodeaba ahora, era oscuridad. El silencio era roto únicamente por mi respiración irregular y mis labios se partieron al dejar ir un suspiro ahogado, aterrada por lo que pasó esta noche. ¿Qué diablos sucedía con esa clase de chicos? Ellos se comportaban como unas completas bestias y cuando comenzaban a pelear lo hacían bajo la regla del más fuerte donde, por supuesto, uno tenía que morir. —Tranquila... estás bien ahora. —me recordó Zach, dando un suave apretón en mi rodilla desnuda. Mordí mi labio y lo miré —¿Podrías llevarme a casa? —Claro. Dame tu dirección. Le dije exactamente dónde vivía y el resto del viaje se basó en un silencio un tanto incómodo. Recargué mi cabeza en la ventana y el vidrio se empañaba levemente por mi respiración. Al cabo de un rato, le di las últimas indicaciones a Zach y él se detuvo fuera de mi casa. —¿Aquí vives? —me preguntó, apagando el motor. Asentí en respuesta y él miró por la ventana— Es muy grande. —Sí. Papá la diseñó hace un par de años. Gracias por traerme a casa, Zach. Él me miró y esbozó una pequeña sonrisa —No hay de qué. Lamento lo que ha pasado hoy. Se suponía que eso no debería haber sucedido. —No te preocupes. No fue tu culpa. Nos quedamos en silencio por unos segundos. Él se relamió los labios y comenzó a acercarse lentamente a mí haciendo que mi corazón diera una vuelta olímpica dentro de mi caja torácica. Realmente pensé que me iba a besar, pero sus labios se presionaron en la comisura de mi boca y el olor a su perfume cosquilleó en mi nariz. —Adiós, Holly. Me bajé del coche y antes de cerrar la puerta, lo miré y le dije: —Buenas noches, Zach.
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