Fue demasiado. Cada una de sus palabras se quedó guardada en mi memoria, desde su latente entusiasmo, hasta la manera en la que pareció responsabilizarme una vez más por lo que sucedió hace más de diez años atrás. No dormí bien, quise salir y tomar una copa del vino del que solo ella bebió, con la esperanza de que eso me relajara, sin embargo, escuché su voz, la manera en la que dejó impresa en mi cerebro la idea de que debía de cuidarme para el próximo embarazo, para el bebé que crecería en mis entrañas, un bebé que tendría mi sangre, que gestaría con algo más que solo mi cuerpo, para luego entregárselo a mi hermana. Me repetí que las cosas malas estaban en mi cabeza, que su amabilidad inusitada era real, que sus comentarios pasivoagresivos solo fueron el reflejo de cómo hablaba, pese

