Ya la tenía, lo vi en sus ojos cuando me enderecé, cuando me senté sobre ella sin poner mi peso sobre sus piernas, cuando tomé su carita con mis manos grandes y la hice alzar la cabeza para que me viera a los ojos. ―Tu pequeño te necesita, mami ―musité y me acerqué a sus labios, sus labios sensuales que no probé antes. Sus ojos me buscaron con ansiedad. La miré por un instante en el que todo lo demás dejó de existir. ―¿Quieres ayudar a tu pequeño a que siga siendo fuerte, grande y saludable, mami? ―inquirí con urgencia, con la voz grave. Jadeó. Mi mano bajó desde su barbilla, acaricié su cuello terso y me deslicé hasta llegar a su pecho que pesé y amasé con cuidado. ―Dime, mami, ¿quieres que tu bebé crezca más grande y se nutra con tu cuerpo, o prefieres que otra fulana me enseñe a t

