ROBERTO Cuando la veo, mi corazón se detiene. Melia está en el suelo, encogida sobre sí misma, con los ojos cerrados y el rostro pálido como la luna. Su respiración es irregular, como si luchara por mantenerse a flote en un océano invisible. El tiempo se congela. —¡Melia! —grito, pero no hay respuesta. Me arrodillo a su lado, las manos me tiemblan, no sé qué hacer. Por un momento, el miedo me paraliza. Su cuerpo tiembla levemente, como si estuviera atrapada en una pesadilla de la que no puede despertar. ‘¿Qué le está pasando?’ Un recuero nítido aparece en mi mente: Seik me dijo que su hermana no estaba bien desde que su madre se murio y aparecio en el bosque sola sin saber cómo había llegado allí. Un torrente de pensamientos me invade. ¿Está sufriendo? ¿Está muriendo? El miedo me go

