Aria En cuanto entro en el comedor de la manada, Melia corre hacia mí con una expresión ansiosa. Apenas llega a mi lado, suelta con entusiasmo: —¡La cachorra por fin se despertó! No perdemos tiempo. Caminamos rápido hacia la clínica y, al entrar, la vemos acostada en la camilla, con el cansancio pintado en el rostro. Cuando nuestras miradas se cruzan, su expresión pasa del desconcierto a un leve rubor. Enseguida noto cómo sus ojos bajan hacia mis manos. Al ver los aperitivos que llevo, esboza una sonrisa tímida. Melia y yo nos miramos y, casi al mismo tiempo, dejamos escapar un suspiro aliviado. La reconozco en ese instante. Es la misma cachorra que se acercó a mí un día en el bosque, cuando fui a llevarle la merienda a Marcus a la zona de entrenamiento. Había investigado y descubrí q

