Habían pasado unos días desde que el hombre que caminaba furioso golpeando un cubo de basura al pasar, había salido de la cárcel. Desde su liberación, iba cada día a casa de su única hija, la cuál vivía con su abuela, pero, salvo la primera vez, no pudo llamar a la puerta por una segunda ocasión. Cada vez que iba, fuera de día o de noche, un coche patrulla o policías de incógnito vigilaban esa casa, aparcados justo enfrente. Cada vez que el hombre intentaba acercarse le obligaban a irse. No escuchaba sus súplicas para poder ver a su hija, no atendían a sus ruegos ni a su rabia cuando veía que no le dejarían avanzar un paso más. Seguía caminando entre callejones, para no ser visto. Vestía harapos y llevaba días sin asearse, pues dormía entre cartones. Frente a él, como si fuera un mensajer

