—¡Oh Dios mío! —Gimió la mujer— ¡Lo siento! Me quedé anonadada, parte de mi cara, mi camisa, mi pantalón, empapados de su vomito tibio, intenté no inhalar el horrible olor. —Perdone, mil perdones —siguió diciendo la mujer, pero yo caminé hasta la puerta dentro de la habitación donde vi una tina amplia, me desvestí intentando cerrar los ojos y comprimir mi boca. Esto era lo más asqueroso que me había pasado en mi vida. —Déjeme ayudarla —murmuró la mujer ayudándome a quitarme los zapatos para poder deslizarme el pantalón. Me metí a la bañera con mi sostén y bragas intentando encontrar la perilla de la ducha, pero no la encontraba, entre abrí los ojos, no había ducha, ¿Qué caraj...? Había un balde a un lado y un pequeño envase, lo tomé y comencé a echarme agua, ella intentó ayudarme per

