No le había dejado ropa grrrr. A duras penas consiguió una bata floreada de playa y unas chanclas. Su odio por ese hombre que la creía de su propiedad iba acrecentándose a cada momento. ¡Qué coraje el de ese italiano que la había secuestrado! ¡Con que osadía se creía que podría ser dueño de su cuerpo o de ella misma! Ni por un maldito segundo, y ni por todo el oro del mundo iba a ser de ese hombre, y al carajo el contrato que hubiera firmado con su hermana, que se hiciera cargo Francesca del lío en el que fue a meterla. Antes de dejar su dormitorio le había dicho otras cosas, — Mi idea inicial era que estuviéramos desnudos — hizo una pausa con una sonrisa asomándose en sus labios frente a la obvia y femenina molestia — quizá cambie de opinión y decida que lo hagamos, lo de andar desn

