CAPÍTULO II-4

2002 Palabras

Sin embargo, es un buen hombre, su propia mujer lo decía. Pero ¡tan loco! En vez de llevar todos los días gente a cenar a su casa, ahora invitaba a sus conocidos al restaurante. Compraba cosas completamente inútiles, tales como cadenas de oro, relojes de chimenea, artículos, cosas para la casa. Mme. Arnoux enseñó incluso a Frédéric, en el pasillo, un enorme surtido de cacerolas, cazos, estufillas y samovares. Por fin, un día ella le confesó sus preocupaciones: Arnoux le había hecho firmar un pagaré, suscrito a la orden del señor Ambreuse. Entretanto, Frédéric no abandonaba sus proyectos literarios, por una especie de pundonor consigo mismo. Quería escribir una historia de la estética, fruto de sus conversaciones con Pellerin, después escenificar diferentes épocas de la Revolución francesa

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