CAPÍTULO V Al día siguiente, antes de mediodía, se había comprado una caja de colores, pinceles, un caballete. Pellerin se prestó a darle lecciones y Frédéric le llevó a su piso para que viese si no faltaba nada entre sus útiles de pintura. Deslauriers había regresado. Un joven ocupaba la segunda butaca. El pasante dijo señalándole: —¡Es él! ¡Aquí está! ¡Sénécal! Este chico no le gustó a Frédéric. Su frente estaba más despejada por el corte de pelo al cepillo. Algo duro y frío se traslucía en sus ojos grises; y su larga levita negra, toda su indumentaria olía a pedagogo y a eclesiástico. Primeramente hablaron de los acontecimientos del día, entre otros del Stabat de Rossini [1] ; Sénécal, preguntado al respecto, declaró que no iba nunca al teatro. Pellerin abrió la caja de colores. —

