Erick hacía de todo para que me contentara. La muerte de Cris, o, mejor dicho, su crimen me tenía de picada. A penas y probaba alimento. En casa, mi hermana me repudiaba y decía que solo buscaba llamar la atención, que solo hacía innecesariamente preocupar a mi mamá. Pero, como dicen por ahí, las desgracias no vienen solas, un lunes cualquiera, la vi entrar. Era una gringa que parecía perdida. Marita fue a atenderla. Y la trajo conmigo. —¿Dónde está Erick? —me dijo con su acento inglés. —¿Me dices tu nombre para informarle? —¿Está arriba? —preguntó sin responderme. Asumió que sí, y subió al primer piso sin dar más explicaciones. Marita iba detrás de ella diciéndole que no podía hacer eso, entre tanto llamé a los guardias para que la detuvieran. Cuando llegué al piso de arriba, los gu

