Capítulo 36: Lo que viene detrás
El rugido no era el de un infectado común.
Era más profundo, casi metálico, como si viniera de algo que respiraba con dificultad… pero con un pulmón gigante.
Mason levantó la cabeza, el rostro pálido.
—Eso no es bueno.
—¿Qué es? —Ariadna preguntó, todavía intentando estabilizar su respiración.
Él negó con la cabeza.
—No quiero averiguarlo aquí. Muévanse.
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El pasillo era un laberinto de puertas cerradas y paredes descascaradas. El suelo crujía bajo las botas, y a cada paso, el rugido parecía acercarse… *no*, multiplicarse.
Ariadna notaba que Cloe apretaba su mano con fuerza, como si al soltarla fueran a separarse para siempre.
Giraron en una intersección y vieron el final del pasillo… una puerta de metal, con el logo de una escalera pintado a medio borrar.
—¡Salida de emergencia! —dijo Mason, acelerando.
Pero antes de llegar, un estruendo sacudió el piso. El techo del pasillo cedió unos metros detrás de ellos, y de entre el polvo y los escombros emergió una criatura imposible: un infectado de más de dos metros, la piel cubierta de placas óseas y venas negras palpitantes. Sus brazos eran tan largos que tocaban el suelo al caminar.
—¡CORRAN! —gritó Ariadna.
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El monstruo se lanzó tras ellos, su cuerpo golpeando las paredes con cada zancada. El pasillo se volvió un túnel de eco y rugidos.
Ariadna sentía el aire caliente de la criatura detrás de ella. Mason disparó sin detenerse, pero las balas parecían apenas ralentizarlo.
Llegaron a la puerta… cerrada con cadena y candado.
—¡Mierda! —Mason buscó algo para romperlo, pero el monstruo ya estaba a unos metros.
Ariadna no pensó. Sacó el machete y comenzó a golpear el candado. El metal crujía pero no cedía.
La criatura rugió tan fuerte que el aire vibró. Ariadna sintió cómo Cloe gritaba detrás de ella.
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Entonces, Mason arrojó la mochila al suelo, sacó una granada de mano y tiró del seguro.
—¡Cuando esto caiga, corran!
—¡No! —Ariadna quiso detenerlo, pero él ya estaba empujando la granada contra la boca abierta del monstruo.
El estallido sacudió todo el pasillo. Fragmentos de hueso y sangre negra llovieron sobre ellos. Ariadna logró romper el candado y abrir la puerta justo cuando el humo los alcanzaba.
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Bajaron por las escaleras a toda velocidad, pero el alivio duró segundos. Desde abajo, se escuchaban pasos arrastrados… muchos.
Infectados empezaron a subir, bloqueando el camino.
—¡Arriba! —Ariadna gritó, dándose vuelta para correr hacia el último piso.
Ahora estaban atrapados entre la horda de abajo y el monstruo que, increíblemente, aún se movía tras la explosión, arrastrando medio cuerpo pero sin detenerse.
Cloe jadeaba, llorando.
—Ari… no quiero morir…
Ariadna la abrazó rápido, aunque la adrenalina no le daba tiempo para palabras.
—No vas a morir. Te lo prometo.
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Mason vio una puerta de mantenimiento a su derecha. La derribó de una patada y encontraron un estrecho pasadizo con escaleras de servicio.
—¡Por aquí!
El lugar olía a óxido y moho, pero era su única opción.
Subieron mientras detrás de ellos, el sonido de garras y dientes chocando contra el metal se hacía cada vez más fuerte. La criatura, o lo que quedaba de ella, estaba forzando la entrada.
Al llegar a la azotea, el viento frío les golpeó el rostro. Tenían una vista completa de la ciudad devastada… y de cientos de infectados moviéndose como un enjambre hacia el edificio.
Mason tragó saliva.
—Estamos en lo alto de una trampa.
Ariadna, sin soltar a Cloe, miró el horizonte y supo que lo que venía… sería peor que todo lo que habían enfrentado hasta ahora.
El viento en la azotea era helado y cortante, pero lo que de verdad erizaba la piel no era el clima… sino el rugido que retumbaba desde abajo, acompañado del golpeteo metálico de garras forzando las puertas.
Ariadna abrazó a Cloe con un brazo y aferró el machete con el otro. Mason ya estaba revisando los bordes de la azotea en busca de una salida.
—No hay forma de bajar sin rompernos el cuello… —dijo, con un tono que intentaba ser racional pero no ocultaba el miedo.
—Tiene que haber algo —respondió Ariadna, recorriendo con la mirada las azoteas cercanas. A unos diez metros, un edificio más bajo parecía una opción… si lograban saltar.
El rugido volvió, más cercano, más grave. Mason se asomó al hueco de la escalera.
—Está subiendo… y rápido.
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La puerta de acceso a la azotea empezó a temblar. Golpes sordos, luego más fuertes.
Ariadna retrocedió instintivamente, empujando a Cloe detrás de un viejo tanque de agua oxidado.
Mason encontró una barra metálica y la usó para forzar un viejo cable tendido entre ambas azoteas.
—No es seguro, pero es lo único que tenemos —dijo, con el sudor bajándole por la frente a pesar del frío.
La puerta cedió de golpe.
Primero entraron tres infectados comunes, la piel colgando en jirones y los ojos inyectados de sangre.
Detrás de ellos… la criatura mutada.
Ahora se sostenía sobre un solo brazo, pero su cuerpo parecía regenerarse a la vista: placas óseas nuevas brotaban de su espalda, como si la explosión solo hubiera acelerado su deformidad.
—¡Ari, ahora! —gritó Mason.
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Ella cargó a Cloe a la espalda y se aferró al cable improvisado.
No había tiempo para pensarlo. Corrió y se lanzó al vacío.
El cable vibró con un chirrido metálico, deslizándola hacia el otro edificio. El aire frío le cortó la cara y por un momento sintió que se le escapaba el aliento. Cloe gritaba detrás de ella.
Cayeron pesadamente sobre la azotea baja, rodando sobre el cemento.
Ariadna apenas tuvo tiempo de girarse para ver a Mason correr tras ellas… justo cuando la criatura lo alcanzaba, clavando sus garras en su chaqueta.
—¡Mason! —gritó Ariadna, intentando levantarse.
Con una fuerza desesperada, él se zafó, pero no sin recibir un zarpazo que abrió tres líneas sangrientas en su costado. Corrió y saltó, apenas alcanzando el borde. Ariadna lo agarró del brazo y tiró con toda la fuerza que le quedaba.
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Detrás de ellos, la criatura se impulsó hacia el cable.
El metal chirrió otra vez, pero no aguantó su peso: se partió a la mitad, y el monstruo cayó varios pisos, golpeando contra un andamio. El impacto fue tan brutal que incluso los infectados de abajo se dispersaron momentáneamente.
Mason se levantó con dificultad, apretándose el costado.
—Esto… no va a parar.
—Lo sé —respondió Ariadna, sintiendo un peso en el estómago.
Miraron el horizonte: la horda ya estaba reorganizándose, como si el rugido del monstruo los guiara incluso desde abajo.
No había descanso.
No habría pausa.
Y aunque habían escapado… la sensación de que algo más los acechaba no los abandonó.