Capítulo 7: Camino al Último Refugio

671 Palabras
Capítulo 7: Camino al Último Refugio La lluvia caía como un lamento constante sobre el asfalto roto de lo que alguna vez fue la autopista que conectaba la ciudad con las afueras del estado. El cielo, encapotado y gris, parecía pesar sobre los hombros de Ariadna mientras empujaba con fuerza la bicicleta oxidada que había logrado encontrar entre los restos de una gasolinera abandonada. Cloe iba sentada en el asiento trasero, envuelta en una manta desgastada, mirando todo con sus grandes ojos atentos pero silenciosos. —¿Falta mucho? —preguntó la niña, con voz baja. Ariadna no respondió de inmediato. Sabía que mentir sería fácil, pero inútil. —No tanto, mi amor —respondió al fin—. Ya casi estamos. No tenían idea de cuántos kilómetros exactos las separaban del búnker de Cold Spring, solo que debían seguir la antigua carretera hasta cruzar el río y adentrarse en la zona boscosa del norte. Era una ruta peligrosa, pero según el mapa en el pendrive, también era la más rápida… y la más probable de evitar grandes focos de infectados. Los primeros días fueron una mezcla de tensión y agotamiento. Dormían en estaciones de servicio abandonadas, en el interior de coches volcados, o entre las ruinas de pequeñas casas rurales. El silencio era espeso, cargado de presencias invisibles. A veces escuchaban gemidos a lo lejos, otras veces veían figuras tambaleantes entre los árboles. En la noche del tercer día, encontraron un viejo puente ferroviario que parecía más estable que el colapsado puente vehicular. Ariadna inspeccionó la estructura con cuidado, mientras Cloe observaba desde atrás. —¿Estará seguro? —preguntó ella. —No lo sé —dijo Ariadna sinceramente—. Pero debemos cruzar. Pasaron al otro lado con el corazón en la garganta. El crujido del metal oxidado bajo sus pies hacía eco en el silencio nocturno. Al llegar al extremo contrario, una figura los esperaba. Era un hombre joven, de rostro sucio, barba rala y un fusil colgado al hombro. No dijo nada. Solo los miró, con los ojos cargados de cansancio. —¿Van al norte? —preguntó con voz rasposa. Ariadna asintió, sujetando a Cloe con firmeza. —No soy una amenaza —agregó él—. Pero si siguen por el bosque, tengan cuidado. Algo se mueve ahí… no son como los demás. —¿Qué cosas? El hombre dudó. —No son completamente zombis. Son más rápidos… más conscientes. Como si recordaran. Sin más, se alejó, desapareciendo entre los árboles. Ariadna sintió un escalofrío. Esa noche no durmieron. Siguieron caminando hasta el amanecer, guiadas por el mapa impreso y una linterna moribunda. El bosque era espeso, húmedo, y cada crujido las hacía detenerse. Cloe no decía nada, pero su manita no soltaba la de su hermana en ningún momento. Al amanecer del quinto día, lo vieron: una colina coronada por una estructura de concreto apenas visible entre la maleza. El acceso estaba cubierto por una verja caída y restos de vehículos militares destruidos. El aire olía a metal y humedad. —Es aquí —dijo Ariadna, casi en un susurro. Cruzaron con cuidado. El búnker estaba medio enterrado en tierra, su entrada parcialmente sellada con escombros. Tuvieron que trepar por un costado, hasta hallar una escotilla oxidada. Ariadna tiró con fuerza hasta que cedió. —Vamos, Cloe. Dentro. Encendieron una linterna y descendieron por una vieja escalera metálica. El interior olía a encierro, a abandono, pero no a muerte. Había silencio. Demasiado. A medida que avanzaban por los pasillos oscuros, notaron restos de vida: latas vacías, un cuaderno con anotaciones médicas, juguetes rotos. Al fondo, una puerta con un símbolo pintado en rojo: Ω. La Sección Omega. Ariadna tragó saliva. —Papá… ¿estás aquí? La linterna titiló. Una voz robótica sonó desde un altavoz: "Autenticación requerida. Introducir código de acceso." Ariadna sacó el pendrive y lo conectó a un viejo terminal. La pantalla parpadeó. Tras unos segundos, la puerta comenzó a abrirse lentamente. La verdad estaba a punto de salir a la luz.
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