- ¿Entonces? ¿Vamos a desayunar así de callados? -preguntó mirándome. No le dediqué ni una mirada, solo asentí con la cabeza. - Quería preguntarte algo. -agregó. -Guárdatelo, no quiero saber que quieres preguntar. -dije. Río cínicamente. - ¿Por qué tan a la defensiva? -Porque tú eres un maldito fastidioso. -Lastima. -dijo echándose para atrás sobre el respaldo de la silla. - Vas a soportarme toda tu vida. -Aun no entiendo. Está bien que me compres en una subasta y todo eso, que me tengas en tu casa y me fastidies todo el día, pero... ¿Por qué me tengo que casar contigo? -Porque a mí se me da la gana. - me dijo. Ahora si lo observé. - ¿Y si a mí no se me da la gana? -arqueé una ceja. Sonrió. - No me hace ningún tipo de gracia, es más, cuando estemos en el altar y pregunten si acepto

