Cassian
No creo en coincidencias, no existen. Los patrones, sí. Lo malo, Evangeline Hartwell no era un patrón que pudiera clasificar. El médico volvió a la mañana siguiente con resultados preliminares. Sangre. Presión. Ritmo cardíaco. Nada alarmante, según él. Nada que justificara el colapso más allá de un cuadro compatible con estrés agudo y fatiga acumulada.
—Su cuerpo reaccionó a un estímulo intenso —explicó mientras guardaba los informes en una carpeta demasiado delgada para mi gusto—. Descenso brusco de presión, hiperventilación. No es extraño en contextos de exposición pública.
Miré el papel. Odiaba los diagnósticos que sonaban a explicación cómoda.
—¿Está completamente seguro? ¿No puede ser otra cosa?
Me sostuvo la mirada, parecía molesto con mi pregunta, pero tenía mis dudas sobre sus estudios. Y me importaba una mierda lo que él pensara.
—No hay indicadores orgánicos alarmantes en lo inmediato. Recomiendo descanso, hidratación, reducción de estrés y seguimiento clínico.
Reducción de estrés.
Miré hacia la ventana del estudio. La ciudad hablaba de nosotros. Portales, columnas sociales, especulación financiera. Nuestro compromiso se había convertido en el tema del día.
El estrés no era algo que fuera a desaparecer.
—Quiero estudios más profundos —dije.
—Podemos programarlos. Pero no veo urgencia clínica.
No veía urgencia. Yo sí veía algo. No sabía qué, pero lo veía. Mi olfato nunca fallaba y ahora me preguntaba si era la primera vez que no veía riesgos.
—Los quiero ya.
—Entiendo eso señor, pero quién decide si se lo hace es la señorita, no usted.
Podía drogarla y llevarla a la fuerza, lo haría de ser necesario, pero estaba seguro de que Evangeline se negaría.
El médico se fue veinte minutos después. Yo no volví al dormitorio de inmediato. Me quedé en el estudio revisando el informe otra vez, lo leí al menos cinco veces buscando algún error, pero no había nada. Todo normal, demasiado normal.
—No me creo esta mierda.
Cuando finalmente entré al dormitorio, ella estaba sentada en la cama, vestida con una de mis camisas. Le quedaba grande. El blanco contrastaba con su piel pálida, aunque ya había recuperado algo de color.
No parecía enferma, solo furiosa.
—¿Terminó la autopsia? —consultó sin mirarme.
Cerré la puerta detrás de mí.
—El médico dice que fue estrés.
Ella soltó una risa baja. No era alivio. Era casi irónica.
—¿Ve? Nada malo. Su problema es ser dramático.
Me acerqué despacio.
—Se desmayó frente a seis cámaras.
—¿Es mi culpa? Esa gente solo ponía su micrófono en mi boca, soltaba preguntas venenosas y me apretaba. Colapse.
—Eso no explica la pérdida de conciencia.
Me miró por primera vez. Sus ojos estaban claros, mantenían una firmeza, demasiado consciente para alguien que había estado inconsciente horas antes.
—Claro que lo explica. No estoy acostumbrada a que me griten si estoy embarazada.
Apreté los labios. Sí, ella no estaba acostumbrada, pero era una posibilidad de que esto terminase así. Sobre todo si mi abuela estaba en el medio.
Apreté la mandíbula.
—Eso no volverá a ocurrir.
—¿Qué cosa? ¿Las preguntas o el desmayo?
No respondí de inmediato. Me estaba probando. Lo hacía constantemente. Empujaba límites invisibles para ver hasta dónde llegaba mi control.
—Las preguntas —dije al final—. Y todo ese caos mediático.
Se levantó de la cama, se movía despacio, pero no parecía débil.
—El caos viene con usted, señor Ashford.
—Ahora con nosotros. Es mi prometida.
Se detuvo. Sus ojos me analizaron un momento, fríos, firmes, llenos de algo que ahora me resultaba complicado descifrar.
—No confunda contrato con alianza —respondió.
Se dirigió hacia la puerta del vestidor como si nada hubiera pasado nada de ayer a hoy, simplemente ignoraba mi presencia. Eso era lo que no encajaba. La mayoría de las personas, después de un episodio así, buscan explicación, contención, incluso seguridad. Ella distancia.
—Tiene que hacer reposo.
—Lo haré en mi casa, es estrés, no el fin del mundo.
—No creo…
—No pregunte, señor.
Apreté los labios, tomó su ropa limpia y me observó para luego señalar la puerta.
—Será mejor que bajé a desayunar —me acerqué a ella—, porque no se irá y eso, es una promesa.
No esperé que respondiera solo salí y baje. Evangeline llegó cinco minutos después. El desayuno fue silencioso e igual de solitario.
No me miraba.
No hablaba.
Evangeline parecía encajar y desencajar en las mismas proporciones. Este lugar era frío e impersonal, estéticamente impecable, pero nada de aquí me representaba. Ella tenía exceso de humanidad.
—Va a quedarse aquí unos días —dije mientras revisaba mi agenda.
—No.
—No es una invitación.
—No es mi casa.
Levanté la vista lentamente.
—Ahora lo es.
Sus dedos se tensaron alrededor de la taza.
—Firmé un contrato. No renuncié a mi espacio.
Respiré hondo.
—El contrato hablaba de convivencia.
—En dos semanas. No han pasado dos semanas.
Tenía un argumento para todo y yo pocas ganas de pelear.
—Hay prensa en la puerta de su edificio.
—Aprenderé a convivir con eso.
—No mientras se desmaya en público.
Ahí estuvo otra vez. Ese microsegundo en el que algo cruzó su mirada.
—No volverá a pasar —dijo firme.
Demasiado firme, pero poco segura.
—¿Cómo puede estar tan segura?
—Uno reconoce cuando está por desmayarse, no hay que tener super poder para eso.
Mentía y parecía estar acostumbrada a ello y eso me irritó más.
—De igual forma, no sé si recuerda, pero tenemos un evento esta noche, vendrán a que elija su ropa y arreglarse.
Moví la mano y sonreí de lado, siempre ganaba. No importaba si ella creía que llevaba el poder sobre esto. Sin embargo, no estaba seguro de que cuan bueno sería eso.
Los estilistas llegaron a las cuatro.
Dos mujeres, un hombre, tres percheros, cajas de terciopelo y una energía invasiva que no combinaba con el silencio estructurado de mi casa.
Evangeline no protestó. Eso me inquietó más que cualquier discusión. Se dejó peinar, maquillar y medir para el vestido.
Demasiado dócil.
Yo observaba desde el estudio con la puerta entreabierta. No intervenía, pero no me perdía ni un solo detalle de lo que pasaba un poco más allá.
—El color marfil ilumina su piel —dijo una de las estilistas.
Evangeline sonrió apenas y entró a cambiarse. Dejé las cosas en la madera y mantuve la mirada fija en la puerta. Cuando finalmente salió del vestidor, el silencio fue inevitable.
El vestido era sobrio. Corte limpio. Espalda descubierta. Elegancia sin exageración. No parecía una oportunista. Era una mujer que desprendía elegancia y seguridad.
—¿Aprobado? —preguntó sin buscar elogio.
La miré de arriba abajo, evaluando como si fuera una adquisición estratégica.
—Cumple el objetivo.
Junto sus manos mientras fabricaban la sonrisa más falsa que había visto en mi vida.
—Encantador.
No le gustaba mi frialdad. Lo notaba en la forma en que elevaba apenas el mentón cuando respondía.
La gala no era solo un evento, era una exhibición de poder antes de que fuese el evento benéfico. Estábamos todos, porque demostrábamos por qué éramos los mejores en esto.
El salón principal del ala antigua estaba iluminado con lámparas de cristal heredadas de generaciones anteriores. Los Ashford no improvisamos, conservamos.
Cuando entramos, las conversaciones bajaron apenas. No fue silencio, pero sus ojos estaban en mi acompañante. Mi falsa prometida.
Evangeline apretó mi brazo una fracción de segundo, tomó aire y me siguió ignorando a todos.
Mi tío fue el primero en acercarse.
—Así que tú eres la elegida.
No dijo bienvenida, ni siquiera hola.
—¿Te pago?
Su preguntá salió con odio. Ella sostuvo su mirada.
—¿Por qué me pagaría? —dijo al fin Evangeline.
Mi tío sonrió con esa mezcla de superioridad y desconfianza que siempre exhibe cuando alguien no pertenece al círculo.
—Nunca tuvo novia y ahora aparece con una desconocida que no pertenece a ninguna familia importante.
—Podría decir lo mismo —respondió y la miré—. No tengo idea de quién es.
Apreté los labios conteniendo mi sonrisa.
—Soy su tío.
—Yo la prometida —estiró la mano—. Un gusto.
No le dijo su nombre, así como él no dijo el suyo, era como una guerra interna que habían planteado apenas se cruzaron.
—Dime, niña ¿A qué te dedicas exactamente?
—Restauro arte.
Se quedaron todos callados, a tal punto que lo único que se escucho fue a mi prima murmuró algo que sonó a “conveniente”.
Evangeline no perdió compostura.
—¿Eso es un trabajo?
—Las piezas antiguas requieren paciencia —añadió con calma—. Y delicadeza. Privilegios que no todos tienen.
Mi madre observaba desde el fondo. No intervenía. Nunca lo hace hasta que decide hacerlo, y apareció, mi abuela.
Eleanor Ashford no camina. Avanza con tal precisión que el salón se abrió para darle espacio.
Sus ojos se posaron primero en mí con una evaluación rápida, después en Evangeline. Lenta, como quién corrobora la calidad de un producto sin pestañear.
Evangeline no bajó la mirada, un error o valentía. Aún no decidía cuál.
—Así que tú eres la mujer que convenció a mi nieto de casarse —dijo mi abuela con voz tranquila.
—No fue necesario convencerlo.
Incorrecto, mi abuela no preguntaba por logística. Preguntaba por poder.
—Interesante. Cassian no actúa por impulso —juntó sus manos.
—No parece un hombre impulsivo.
Respondió de nuevo y todos la miraron.
—No lo es.
La tensión era palpable, ambas parecían emanar poder y quería pedirle a Evangeline que parará, pero no había forma de hacerlo.
Mi abuela dio un paso más cerca.
—¿Está segura de que entiende en qué familia se está integrando?
Evangeline tardó apenas un segundo en responder.
—Estoy segura de que entiendo.
Mi abuela sonrió, pero no había falsedad, solo reconocimiento.
—Me agrada la claridad.
Después la tomó del brazo.
—Ven conmigo, tenemos que hablar un momento.
No fue una invitación, tampoco le pregunto. Miré a Evangeline, esperaba resistencia, pero no la hubo. Solo la siguió.
Las observé desde lejos. Mi abuela hablaba, Evangeline escuchaba, no gesticulaba, ni siquiera se movía. Las veces que abría la boca era mínimo.
En un momento, mi abuela se inclinó un poco más cerca de su rostro. Demasiado cerca, Evangeline no retrocedió, pero algo cambió, muy leve, dio una respiración más profunda. Sus dedos se cerraron sobre el pequeño bolso que llevaba.
Luego regresaron.
—Tu prometida tiene carácter —dijo mi abuela al pasar junto a mí.
—Lo sé.
—Eso puede salvarte o destruirte.
—No dramatices.
Me sostuvo la mirada.
—Yo no dramatizo. Observó y esa chica, es un peligro.
Se inclinó apenas hacia mí.
—Ella ya tomó una decisión antes de entrar aquí.
El comentario me tensó.
—¿Qué decisión?
—Cassian, siempre actúas como si pudieras con todo, pero no ves lo obvio. Se casan en una semana.
Se alejó.
Maldita sea.
La cena continuó con normalidad. Inversiones. Política. Fundaciones. Números. Evangeline respondió cuando debía, sonrió y guardó silencio como una experta.
Pero cada tanto, llevaba los dedos al espacio en su muñeca, presionaba apenas, soltaba y respiraba. Luego sacudía la cabeza y volvía a la conversación.
Nadie más lo notó, yo sí.
Mi madre finalmente se acercó.
—Eres distinta a lo que esperaba.
Evangeline inclinó la cabeza.
—¿Eso es bueno?
—Depende.
Mi madre la evaluó con frialdad.
—Mi hijo no tolera la fragilidad.
Yo intervine.
—Madre.
Pero Evangeline habló antes.
—Entonces no debería preocuparse.
—¿Segura? —Retruco.
Evangeline sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.
—Completamente.
Mintió. Lo supe porque en ese mismo instante llevó otra vez los dedos a su muñeca.
Contó. Uno, dos, tres.
Su respiración se volvió apenas más profunda y sonrió.
Como si estuviera ensayando cuánto tiempo más podía sostenerse en pie.