Cassian Miro la pantalla de mi teléfono. La línea roja en la gráfica es un caos absoluto: 135 pulsaciones. Mi propia respiración se acelera por pura simpatía biológica, o quizás por la rabia que me quema la garganta. Estamos en el asiento trasero del Bentley, regresando de la gala, y el silencio de Evangeline es un insulto a mi inteligencia. —Mañana a primera hora iremos a la clínica —le digo, sin apartar la vista de los picos erráticos de su corazón en la pantalla—. Tus niveles esta noche fueron alarmantes. —Fueron las personas, Cassian. No iré a ninguna clínica. Guardo el teléfono con un movimiento brusco. La miro y me enfurece: está pálida, con la mirada perdida en las luces de la ciudad, pero mantiene la barbilla en alto. Con ese orgullo que no la deja aceptar que le intereso. —

