Andrew Esa noche el Tártaro estaba a tope, y al entrar en la jaula, la multitud sedienta de sangre comenzó a aullar frenética. Todo a nuestro alrededor se reducía a un espectáculo grotesco, los cuerpos se movían como masas pegajosas, delirando de excitación luego de las presentaciones habituales. Moví el cuello de un lado al otro, estirando los músculos tensos como una roca. Calibán, mi contrincante, se irguió amenazante, una vez dentro de la jaula, listo para el combate. Sus músculos poderosos destellaban bajo los tatuajes y en lo único que fui capaz de pensar fue en: “El infierno está vacío, todos los demonios están aquí”. Aquel era mi infierno particular, en donde adía durante cada combate, sin embargo, esa noche, algo se sentía muy diferente y solo me bastó levantar la vista

