Capítulo 1: Perra y bien

2587 Palabras
Remi El timbre de mi móvil se escucha. La llamada irrumpe en mis sueños haciéndome despertar y, todavía somnoliento, estiro el brazo hasta el gavetero para ver de quién se trata. La imagen en la pantalla me recuerda que tengo madre, aunque lamentablemente no sea un grato recuerdo. —¿Sí, mamá? —hablo de mala gana. Mis ojos siguen cerrados y el sueño sigue tocando a mi puerta. Hoy desperté temprano para ir a la agencia, pues había una sesión de fotos, y después de llegar al apartamento aproveché para tomar una siesta. Las sesiones como las que tuvimos hoy suelen ser agotadoras. —Hola, corazón, ¿cómo estás? —Cualquiera al escucharla pensaría que se trata de la mejor de las madres, pero que nadie se deje engañar. ¡No es cierto! Hubiera sido mejor no responder. Sé perfectamente lo que sucede cada vez que hablamos. —Estoy bien, mamá. ¿Tú, cómo estás? —pregunto, al no tener opción. Después de todo se trata de la mujer que me parió. —Estoy bien, pero hubiera podido estar mejor si tan solo mi hijo me diera la alegría de ser abuela. Por favor, hijo, recapacita. Ahí está. Siempre con la misma letanía. Sabe perfectamente cuál es mi preferencia s****l y, sin embargo, sigue insistiendo en lo mismo. A todas estas me pregunto para qué quiere ser abuela cuando ni siquiera fue una buena madre. Quizás está buscando redimirse, pero si depende de mí esa opción nunca la tendrá. ¡Que acabe de entenderlo de una maldita vez! —He gastado los mejores años de mi vida repitiéndote lo mismo, madre, pero al parecer no acabas de entender. Siempre llamas planteando la misma petición, cuando sabes que también vas a escuchar la misma respuesta... —Remi... —intenta cortarme, pero mis palabras son más rápidas y afiladas. Aunque esto último lo heredé precisamente de ella y no del padre que jamás conocí. Ya verán por qué. —Soy gay, madre. No tengo que recapacitar en absolutamente nada. Desde que tengo uso de razón me gusta la polla y, mientras más grande y gruesa la tenga el semental, mejor. —¡Eres un desgraciado! —El insulto no se hace esperar. ¿Ya ven a qué me refiero? Sus palabras son lo bastante afiladas. Aunque no tuvieron el mismo filo cuando debió defenderme del desgraciado que tiene como marido, cuando intentó sacarme a golpes el demonio que según él tenía dentro. Y bueno... que aún tengo. Porque mi preferencia s****l, ni muriendo y volviendo a nacer, cambiará. A golpes lo hizo y ella simplemente lo apoyó. Se quedó ahí, viendo cómo golpeaba mi diminuto cuerpo asustado, mientras lloraba de dolor y de rabia. Impotente por no poder defenderme. Porque según ella, él me había criado y era la figura paterna a la cual debía respeto y obediencia. —Debí dejar que Fontaine te sacara al demonio que llevas dentro. ¡No debiste nacer, Remi! ¡No debiste nacer! Escupe las palabras. Retiro el móvil de mi oído, para evitar el chillido que amenaza con reventarme los tímpanos. Mientras lo hago, me pregunto el porqué de mi buena voluntad. ¿Por qué es que siempre tomo el móvil con la esperanza de que otras sean las palabras que salgan de la boca de mi madre? Simplemente, es un anhelo de mi alma que por lo visto jamás tendré. No mientras sea ella mi madre. Y para mi desgracia, eso es algo que jamás podré cambiar. Mi corazón no da para escuchar más. Soy bastante boquiduro como suelen decir a las personas que no se miden al hablar, sin embargo, con ella solo es lo necesario. Así que termino la llamada sin decir nada más. No responderé con veneno a sus insultos y sus malos deseos. Si hubiera hecho caso a sus palabras mi corazón en vez de rojo sería n***o, o en caso peor, ya no estuviera sobre la tierra, no en vida, pero lo estoy. Por suerte mi corazón sigue siendo rojo y late más que nunca. No estoy muerto. Estoy vivo y es por eso que vivo y viviré mi vida a mi manera. ¡Jamás he escondido ni esconderé lo que soy! Es mi naturaleza y así soy feliz. Lo demás no me importa. —¿Quién era, cariño? —En ese momento Aldo entra a la habitación y me saca abruptamente de mis pensamientos—. ¿Estás bien? Camina hasta quedar frente a la cama y se sienta. Sus fuertes y grandes manos acarician mis pies. Me encanta cada vez que lo hace. —Sí, amor. Fue solo un mal momento —su ceño se frunce. —¿No le dirás a papi lo que pasa? Por tu semblante intuyo que ocurre algo. ¿Estoy en lo cierto? —Se trata de mi madre —suspiro de forma audible para intentar sacar el malestar que invadió mi pecho. Por más que lo evito, sus ofensas siempre terminan afectándome. —¿Quieres hablar sobre ello? Ya sabes que estoy aquí para lo que necesites —sus ojos me miran con ternura. Y el solo hecho de saber que me ama, o al menos imaginarlo, le da paz a mi corazón. Él hace que desaparezcan todos mis males. —No es necesario, amor. Estoy bien. No te preocupes. Ya nada de lo que diga me puede afectar. No dejaré que lo haga. —Así se habla. No sabes lo feliz que me hace escuchar eso —sonríe y hago lo mismo—. Pero bien, mejor cambiemos de tema. Hay demasiadas cosas hermosas de las que hablar. Vuelve a sonreír. —¿Seguirás durmiendo o quieres que te prepare algo para comer? Debes estar hambriento —Alza el brazo y mira el reloj de su muñeca. Trago grueso al pensar en el escenario al cual me trasladaron sus palabras. ¡Mente cochina la tuya, Remi!—. Todavía es temprano. Puedes comer algo antes de la cena, si lo deseas. —¿No te molestaría prepararlo? —Claro que no, corazón. Y no te preocupes, pienso dejarte lista la cena. Solo la tendrás que calentar. Quiero consentirte todo lo que pueda antes de irme a casa. Eso no me lo esperaba. —¿Te vas? —Ya imagino la expresión en mi rostro. Creí que hoy también se quedaría. —Sí, cariño. Hoy no puedo quedarme. Ya sabes que... —Sí, Aldo, ya lo sé —lo corto antes de que pueda terminar. No me apetece escuchar lo que venía detrás. No me hace feliz—, no me lo tienes que recordar. —Corazón... —Tranquilo, no pasa nada. Te quedaste ayer y aún estás aquí. No puedo pedir más. —Quisiera poder quedarme por lo menos un día más, pero se supone que la reunión de trabajo era solo por un día. Hoy debería estar entrando en la ciudad. Por cómo me mira sé que mi rostro habla por sí solo. —Serán solo unos meses, mi amor. Si queremos que todo salga bien debemos tener paciencia. Isabela por nada del mundo puede saber de esto. Si me prueba una traición, hará todo por dejarme sin nada, y no lo puedo permitir. No puedo permitir que se quede con mi patrimonio. No con más del que le pertenece —habla con soberbia—. Tenme un poco de paciencia. —Ya te dije que no debes preocuparte, Aldo. Entiendo perfectamente de que va. Ahora cambiemos de tema, por favor. No quiero amargar mi día. Necesito paz, pensar en cosas buenas. Y esa situación lo único que provoca es que me estrese. No más, por favor. —Cálmate, cariño. —Estoy calmado... Hago una mueca. —¿Estás seguro? —pregunta frunciendo el ceño y al mismo tiempo dibujando una sonrisa malvada en el rostro. Una sonrisa que conozco a la perfección—. No me parece que lo estés, pero sé cómo hacer que te relajes. Aquí tengo justo lo que necesitas, mi mariposa —una de sus manos deja mis pies y aprieta el bulto que se marca debajo de su pelvis. La boca se me hace agua. Nada me es más agradable a la vista que ese aspecto varonil que destila. Lo que permanece en el agarre de su mano es mi más grande debilidad, sin embargo, después de haber tenido esta conversación, no me apetece. Aunque, ¿a quién quiero engañar? Si no lo quisiera no estaría sintiendo lo que ahora mismo siento, pero me debo controlar. Mi flojera debe tener un límite y cada cosa tiene su momento. —¿Puedes creer que no? —Una de sus cejas se alza y acto seguido su ceño se frunce. Yo intento mostrarme apacible y relajado, aunque no lo esté. El tema de su situación familiar suele sacarme canas verdes, pero nadie pone a prueba mi estabilidad mental. Y aunque esté afectado, jamás lo muestro—. Ahora no me apetece follar —declaro. —¿Estás seguro? —Ladea el rostro, adoptando esa pose que me gusta tanto. Al hacerlo achica los ojos y, su aspecto varonil, casi me hace cometer la indiscreción de relamerme los labios. Acción que me dejaría al descubierto. Aunque él sabe perfectamente por qué lo hace. Le encanta jugar con las sensaciones que suele despertar en mí. —Puedo hacerte el amor, ahora, bien despacito, como te gusta que te lo haga cuando tenemos reconciliación. Casi sonrío al recordar una de las tantas escenas que nos colocan en la situación que acaba de mencionar. Muchas de las parejas, después de una reconciliación, buscan saciar las ganas teniendo sexo duro. Supongo que es la manera más común de liberar toda esa pasión que suele intensificarse, al percatarnos de que pudimos haber perdido a la persona amada. Sin embargo, yo celebro el momento haciendo exactamente lo contrario. Tengo sexo, y sexo del bueno, pero lento. Prefiero disfrutar de la suavidad que me permita gozar de las caricias, y las palabras hermosas que esa persona pueda susurrarme al oído. Disfrutar de la mirada intensa que suele calar el alma, aunque en ese momento solo sea a través del espejo. Nada de eso suele tenerse en cuenta cuando el sexo es diferente. Es por eso que lo prefiero lento en ese momento, porque en ese instante es donde se necesita de las cosas que suelen llenar el alma. —Nada de eso. Esto que está aquí... —señalo ese huequito ya no tan diminuto como antes—, hoy no será tuyo. Así que no te esfuerces en llegar porque estoy blindado y hecho a prueba de sinvergüenzas como tú. Mi manera de hablar y la expresión en mi rostro lo hacen sonreír. Pero no me hace mucho caso. Ya está acostumbrado a mis reacciones, así que solo me hace un guiño y vuelve curvar sus labios en otra sonrisa. Estoy por pensar que lo hace a apropósito. Sabe que esos hoyuelos que se le forman en las mejillas me vuelven merengue en puerta de colegio. Lo sabe y por eso intenta aprovecharse. Pero después de ver que no le funciona, porque es exactamente indiferencia lo que le muestro, sale de la habitación. «¡Rayos!». Exclamo en mi mente cuando me doy cuenta de que en mi interior estoy babeando. Ya me veo como un hermoso y tierno cachorrito, jadeando, con todas las babas por fuera, y postrado a sus pies. ¡Cálmate, Remi! Me aconsejo a mí mismo. Aunque no niego que mucho me ha costado hacerlo, y salgo de la cama. Ya tuve descanso suficiente y cuando muera será permanente, así que manos a la obra. Vamos a darle movimiento a este cuerpecito delicioso y apetitoso, baby. ¡Ayyyyyyy! ¡Qué linda es la vida, Remi! Me doy aliento a mí mismo, como siempre, y esta vez no salgo de la cama, sino que salgo de la habitación y me voy directo a la sala. Antes pasé por el baño y me eché un poco de agua en el rostro para espabilar. Enciendo la tele y, lo que veo en pantalla, hace que llegue a mi mente una de mis mejores amigas, Adrianne. Están haciendo alusión a su agencia, y al magnífico trabajo que llevan a cabo con los nuevos talentos que pronto estarán desfilando en las pasarelas más importantes del mundo, luciendo las prendas de las mejores marcas. —Eso es, ¡divinaaa! —chillo emocionado, mientras sonrío, nombrando a mi Adrianne como siempre hago. Siempre supe que su legado no quedaría en esas pasarelas sobre la cuales brilló y deslumbró a todos. Ella estaba destinada a lograr cosas mayores. Ahora hace lo mismo que Adelaide en su momento hizo con ella. —Estoy tan orgulloso de ti, mi niña. Concluyo chillando, pero esta vez bajo lágrimas de alegría. Estaba tan concentrado en la pantalla que ni siquiera había visto a Aldo entrar. —La quieres mucho, ¿verdad? —Y me quedo corto. Ella y Camile son los dos grandes amores heteros de mi vida. Los únicos que tendré. —¿Y yo? —Alza una ceja—. ¿Seré el único homo que tendrás? —No me parece —hago una mueca de esas que denotan indiferencia. —¿Y eso qué significa? —Su ceño se frunce y trato de no sonreír. Su rostro ahora mismo es algo gracioso. —Significa que será hasta que sea y estarás hasta que debas estar. —Remi... —Ya sabes lo que tienes que hacer para mantenerte, Aldo —señalo mi entrepierna con ambas manos—. Este no es hostal para canallas. Así que en cuanto comiences a serlo solo quedará decirte good bye. Dios dijo que amar al prójimo no es pecado y yo estoy lleno de amor en mi corazón. —Estoy por creer que sí, que aquí hay un canalla, pero no creo que sea yo. —Realista, mi amor. Así me llaman. Tú solo compórtate y me tendrás para toda la vida. —Después de escucharte es difícil creer que sea así. No olvides que voy a sacrificar mi matrimonio por ti, Remi. —¿Sacrificar? —Ahora soy yo quien enarca una ceja—. Aldo, no me hagas reír. El sacrificio lo estás haciendo al estar en una relación en la que no eres feliz. ¡Eres gay, corazón! Cada día de tu vida en el que te fuiste a la cama con ella fue el peor de los sacrificios para ti. Y ni siquiera eres bisexual, cariño. No es un coño lo que llama tu atención. —Soy bisexual, Remi. El coño también llama mi atención —eso ya lo sabía. Estaba bromeando. —Pero no el de tu supuesta mujer. Con ella es como si fueras gay. —Eres bien perra cuando quieres serlo —afirma y sonríe al saberse sin argumentos. —Si decirle las verdades a quien necesita escucharla, me marcará como tal, sí, amor. Lo soy —lo acompaño en su sonrisa—. ¿Dónde está esa merienda deliciosa que mi hombre me preparó? Cambio de tema. —No la mereces. —Tú a veces no mereces muchas cosas y, sin embargo, te las doy —le hago un guiño. —No hagas eso —gruñe. —¿O qué? —Lo reto. —O voy a terminar dándote leche por merienda. Antes de que me vaya, terminarás harto de leche y tendón —vuelve a gruñir. Esto se pondrá interesante.
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