Capítulo 4: Resistiéndose al deseo

3182 Palabras
Remi Hoy salí con Camile a bailar un rato. La rubia de ojos color cielo logró convencer a Eric para que le permitiera acompañarme al club. Bajo gruñidos posesivos, pero terminó aceptando. Ella siempre logra salirse con la suya. Necesitaba una noche de baile y bebida para liberar el estrés que me provoca la situación que estoy viviendo con Aldo. No soporto que aún esté en esa casa y en compañía de esa mujer. Pero en fin, dicen por ahí que quien espera lo mucho espera lo poco. Aunque no sé cuánto tiempo más seré capaz de soportar. Tampoco es que tenga demasiada paciencia. Aunque por amor cualquiera hace sacrificios. Mi amiga y yo acabamos de llegar al reservado, después de bailar en la pista hasta más no poder. Dejo de pensar para no amargar mi noche y veo a Camile sacar el móvil de uno de los bolsillos del Jean. Al parecer la están llamando. No tengo que ser adivino para saber de quién se trata. Ya llevamos un buen tiempo aquí y debe estar desesperado. —Es mi hombre —habla revisando algo en la pantalla. —A ese tendrás que darle algún antídoto contra el delirio de persecución. Algún batido, qué sé yo —hablo queriendo estar en la misma situación. Desearía tener a Aldo todo el tiempo pendiente de mí. —Remi, ¿y eso por qué? —¿Cómo que por qué, mujer? —alza una ceja y yo sigo actuando—. No haces más que sacar un pie del Penthouse y ya está procurándote. —No es cierto —pone los ojos en blanco—. Como siempre, estás exagerando —mira el reloj de su muñeca—. Ya pasaron tres horas. Hace tres horas que estamos aquí. —¿Y? —Tiempo suficiente como para querer saber de tu amor. —Ay, Camile, lo tienes en casa todos los días —tiene suerte mi amiga. —¿Y? —ahora es ella quien cuestiona—. Adoro que me llame. Eso demuestra que le importo. Además, no te hagas. Hubieras querido estar así con Aldo. No hablo, estoy hipnotizado. —Remi, estoy hablando contigo. ¿Se puede saber que tanto miras? —Una creación divina. ¿Ves aquella aparición de allá? —Busca con la mirada, pero con lo concurrido del lugar no ve a qué me refiero—. El moreno que está en la barra, Camile. —Sí, ya vi —hace una mueca—. Pero no olvides que no estás solo. Te toca respetar al hombre con el que estás. —¿En qué parte está escrito? —No tiene que estar escrito en ninguna parte. Pero sí, forma parte de los votos cuando te casas. —No estoy casado, Camile. No aplica para mí. —Pues, entonces... —piensa por un momento—. En la biblia está. —No soy cristia... —la miro por un momento y tiene el ceño fruncido. —Bueno, sí, creo en Dios. Pero... —¿Te atreverías a ponerle los cuernos a Aldo? —cuestiona con cara de pocos amigos. —Debe lucir hermoso con un par de ellos en la frente —hablo recordando que todavía duerme al lado de la que supuestamente es su mujer. Todos disfrutando de su amor a tiempo completo y yo teniendo que aceptar migajas. Lo que dije hace un momento, creo que no podrá ser. Me está abandonando la paciencia. —Respeta a tu pareja, Remi. Vasta ya de pensar con el p**o. ¿Con el p**o? ¿Y quién dijo que pienso con el p**o? En todo caso sería con el cu... Quiero hacerle el chiste. Muero por soltar la carcajada, pero su forma de mirarme me lo impide. Así que lo mejor será no hacerlo. —¿Y quién dijo que no la respeto? —cuestiono, desviando la mirada hasta donde está el hombre que sigue observándome de forma seductora. —¿Pues no lo parece? —Lo hago, cariño. Claro que sí. Pero ya que mencionaste la biblia. En ella, Dios nos alienta a amarnos los unos a los otros. Y yo tengo demasiado amor para dar —la miro poner los ojos en blanco—. Amar al prójimo no le hace mal a nadie, todo lo contrario. ¡Según Dios, claro! Y obviamente no soy nadie para poner en tela de juicio lo que indicó el de arriba. ¡Líbreme Dios! Eso ni pensarlo. Remi es un simple mortal. —Al que le encanta hacerse el payaso —añade, y la expresión de su rostro me invita a querer reír. —Oye, más respeto —simulo que su comentario me afecta cuando realmente lo que hace es divertirme. Sé que parecer payaso forma parte de mi yo interior. Aunque es solo cuando quiero y para mi conveniencia. —Si quieres respeto, lo primero que harás es respetarte y hacer lo mismo con tu hombre. Mientras estés en mi compañía no voy a permitirte desatinos. No de ese tipo. —¿Desear a ese moreno forma parte del desatino que no permitirás? —¡Remi Moreau! Que me haya llamado de esa forma solo significa una cosa... está cabreada. —¡Tonta! ¿No ves que es broma? Creo que lo es. Aunque realmente no estoy muy convencido. —No lo creo. A mí no me engañas, pero ya sabes que en mi compañía no. Así que mejor te comportas. No es posible que mi amiga me conozca mejor que yo. Mientras tengo dudas, ella es capaz de afirmar cuáles son mis verdaderas intenciones. Jajajaja... ¡que horror! —Bueno, entonces recuérdame cómo se llama la santa de la cordura. —¿De la cordura? —pregunta extrañada. —Sí. —No existe. —La santa madre de las embobadas por un hombre, existe. Al menos para ti —suelta la carcajada. Al fin logré que dejara la expresión de bruja que tenía en el rostro. —¿Hoy estás fingiendo de tonto, verdad? Sabes perfectamente que es fruto de mi imaginación. Ni siquiera sé de dónde la saqué. —Pues la santa madre de la cordura también existe. Así que más le vale darme un poco, porque la tentación de brincarle encima a ese bombón está siendo más fuerte que yo —no es cierto. Está actuando el payaso de mi yo interior. Me apetece provocarla—. La carne es débil y creo que la mía tiene algo así como... una triple debilidad. —¿Triple debilidad? —alza una ceja y ambos terminamos riendo a carcajadas. No me importa el moreno buenorro. Es cierto que tengo poco control, pero creo que puedo lidiar con esto. —Hola —una voz aguda me hace mirar hacia la derecha y me encuentro con un par de ojos claros. Es el moreno buenorro. De cerca se ve mejor. Luce hermoso y mucho más imponente. Todo un macho alfa o al menos eso espero. Sería el colmo de los colmos que sea una mariposa como yo—. Puedo invitarte a un trago —lanza su pregunta y no sé qué decir. Camile me está mirando nuevamente con cara de bruja. —Este... —la mirada fulminante de mi amiga me deja sin voz—. Yo... —Ya nos íbamos —se adelanta—. ¿No es así, Remi? Será para la próxima, señor... —Alejandro, señorita. Alejandro es mi nombre. —Bien, señor Alejandro. Mi amigo y yo ya nos estábamos yendo —mira el reloj de su muñeca—. Ya es tarde y mañana tenemos que levantarnos temprano. Mañana es domingo. No tenemos trabajo, pero, aun así, lanza su excusa. —Perdón, señorita, pero... ¿su amigo no puede expresarse por él? No creo que sea mudo. Lo escuché hablar —mi amiga alza una ceja y el moreno gira el rostro hacia mí—. ¿No es así? Demasiada presión para mí. Ahora mismo me debato entre lo correcto y lo incorrecto. Pero lo mejor será que escoja lo primero. ¡Está bueno ya, Remi! —Es lo que dice mi amiga —afirmo, sabiendo lo que me conviene. No quiero que me suicide al llegar al apartamento—. Ya es tarde y en breve tenemos cosas que hacer. Será en otro momento. —Bien, pero por lo menos dime con quién tengo el gusto de hablar —su voz grave me fascina. Curiosamente, es un tanto parecida a la de Aldo. —Me llamo Remi. —Vengo aquí siempre, Remi. Estoy seguro de que nos volveremos a encontrar. No hablo. Solo muestro una media sonrisa y al momento mi amiga y yo salimos de allí. Ya estamos a punto de abordar el coche cuando alguien habla a nuestras espaldas: —Así que eres tú —no es una pregunta. El hombre que también tiene aspecto de mariposa, igual que yo, me interpela y ni siquiera sé a qué demonios se refiere. Camile y yo nos damos vuelta hasta quedar de frente a él. —¿Te conozco? —hago la pregunta y sonríe. —¿Desde cuándo estás con Alejandro? ¿Cuánto tiempo llevan juntos? Mi boca quedó abierta desde que escuché la primera pregunta. ¡No es posible! ¿Se estará refiriendo al Alejandro que estoy pensando? ¿Al mismo que acabo de conocer? —No sé a qué te refieres. No conozco a ningún Alejandro —me hago el tonto. —Por supuesto que lo conoces. No lo niegues. Acabo de verlos juntos. —Será mejor que nos calmemos —interviene mi amiga—. Si se está refiriendo al hombre que dejamos dentro, se equivoca. Es la primera vez que lo vemos. —Eso no es cierto —contradice y su estúpida actitud amenaza con agotarme la paciencia. Está ardida, ridícula y además tóxica. Es de las que no saben cuándo poner un stop a la relación. Obviamente, el tal Alejandro lo desechó y este se quedó a la sombra observando su proceder. Pero eso no es lo peor. Lo más desagradable y denigrante es que me aborde para intentar obtener las explicaciones que no se atrevió a exigirle a él. ¿Por qué a mí? ¿Qué diablos tengo yo que ver con él? —Puedes creerlo o no. No es nuestro problema. Pero mi amiga te está diciendo la verdad. No lo conocíamos hasta hoy. —Alejandro jamás se acerca a un desconocido. Que afirmación tan estúpida. —Y si jamás se acerca a un desconocido, ¿cómo se supone que se acercó la primera vez a mí? Sí, porque según tú estamos juntos. Las personas comienzan una relación de amistad o de lo que sea, conociéndose por primera vez. Debe haber una interacción. Un acercamiento. Un desconocido lo es hasta que lo vemos por primera vez. ¿Cómo Alejandro y tú se conocieron? —Eso ahora no importa. Aquí el tema es que... —¡Que no te conozco! —Me exalto—. No sé quién demonios eres y me importa una mierda quién seas. Así que no te debo explicaciones. —Amigo, por favor... —Es cierto, Camile. No voy a soportar que un aparecido venga a pedirme las explicaciones que debió pedirle a alguien más, solo porque no tuvo las pelotas suficientes para hacerlo. ¿Quién demonios eres? ¿Eres la zorra del tal Alejandro? —Pero, ¿qué cojones...? —¡Basta ya! —exclama mi amiga—. Si seguimos así, esto terminará por convertirse en un escándalo. No es ni el momento ni el lugar. —¿Ah no? ¿Y cuál es, según tú? —El que escojas tú para hablar con tu hombre. Ese será el momento perfecto. Sí, porque está claro que tú y ese hombre tienen o tuvieron una relación. Estás actuando como actúa una mujer celosa. El hombre guarda silencio unos instantes y luego extiende el dedo índice en mi dirección. —Aléjate de él —demanda—. Nuestra relación tiene ya varios años y no serás tú quien venga a romperla. —No es por mí por quien duerme fuera de casa, cariño, no por ahora —Camile me fulmina con la mirada—. Estás buscando en el lugar equivocado. Suerte con tu búsqueda —le hago un guiño y sin darle la espalda abro la puerta del auto—. Camile, por favor, ya vámonos. No me apetece seguir perdiendo mi preciado tiempo. Me meto al auto. Mi amiga lo rodea y hace lo mismo. Escucho vagamente a la mariposa seguir con sus amenazas. Pero no pierdo mi tiempo escuchando cosas que nada tienen que ver conmigo. Así que pongo en marcha el auto y nos perdemos en la inmensa carretera. Ya lejos, Camile irrumpe el silencio: —Ese hombre te amenazó, Remi. No alcancé a escuchar bien, pero siguió afirmando que tienes algo con ese tipo y dijo que no se quedaría así. —No tengo nada con ese hombre. Lo viste bien. Es la primera vez que lo veo. De haberlo visto antes lo hubiera recordado y no se me hubiera escapado. —Estoy hablando en serio, hombre. —Y yo también —ladeo el rostro en su dirección para verla—. No le temo a sus amenazas, Camile. No puede llegar así como así y amenazarme. Si cada vez que alguien te lanza una amenaza te cagas de miedo, ¿cómo sería tu vida? Ya bastante tuve con lo que me tocó vivir. El recuerdo del ogro de mi padrastro me llega de golpe. —Lo sé, amigo, pero puede ser peligroso. Podría hacerte cualquier cosa. Eres una figura pública y puede intentar dañar tu reputación. —Que lo intente no quiere decir que lo consiga. No me preocupa, a menos que tenga fotos o videos míos con ese tal Alejandro, besándonos o follando. No las tiene. Jamás he intimado con él aunque lo hubiera deseado. Tampoco tengo la culpa de que su mariposa sea tóxica, así que mejor estoy tranquilo. No me voy a armar una película. Y menos donde sea yo la víctima. Si la tengo que imaginar es mejor que sea yo el victimario. —No es una broma, Remi. Una mujer herida suele hacer cosas que ni siquiera eres capaz de imaginar. Y digo mujer porque ese es su papel. —Por supuesto que las imagino, querida. ¿O ya olvidaste que soy una hembra en el cuerpo de un hombre? —No quiero que alguien te haga daño. —Nadie lo hará —la miro nuevamente y sonrío—. Cuando hable con el tal Alejandro le aclarará que no soy quien le quita el sueño, ¿sí? Y ahora entra al edificio que ya hace varios minutos que estamos aquí. En cualquier momento recibes otra llamada de tu tóxico. Aparqué el coche y por estar conversando sigue dentro. Creo que no se había dado cuenta de que estamos frente al edificio de Eric. Por lo que me dijo, hoy pasará la noche aquí. Todavía viven en apartamentos distintos hasta después de la boda. Ya tienen fecha fijada y el padre de Camile estuvo de acuerdo, pero exigió que solo después del casamiento vivieran juntos. Como si su hija aún fuera virgen y no hubiera disfrutado por enésima vez de la anaconda de Eric. ¿Quién entiende al señor William? Ni siquiera su hija lo hace. —No es toxicidad, es amor. Algo muy distinto a lo que presenciamos hoy, Remi. —Amiga, olvida eso, por favor, ¿sí? —Hago cara de gatito—. Le estás dando demasiada importancia a algo que no la tiene. Y ya sube, que lo único que me falta es que tu amor piense que estamos aquí en otra cosa y salga a armarnos un show. El segundo de la noche. Se ríe a carcajadas. Yo la miro con una mueca en el rostro. —Prométeme que vas a cuidarte y que irás directo para el apartamento. Nada de ir nuevamente para ese club —enarca una ceja. —No prometo nada, pero trataré de cumplir —bromeo. —¡Remi! —Ahora soy yo quien ríe a carcajadas. —Voy para el apartamento, tonta. Ya es tarde. ¿A dónde se supone que iré a esta hora? —Al club. Te conozco bien. —¿A sí? Pues parece que no me conocieras. Si fuera al club te lo diría. Sabes que no te oculto nada. Para ti y para Adrianne soy como un maldito libro abierto. —Como debe ser, porque nosotras también lo somos contigo. Vete directo al apartamento y cuando llegues me llamas. Quiero verte en la pantalla. —¿Ahora también eso, Camile? ¿Acaso no te hartas de verme? Además, no quiero ver cómo te follan. Prefiero hacer que ver. —Si estoy follando no respondo. Pero te tomarás una foto con la hora y ya la veré después. De lo contrario, estaré preocupada lo que resta de la noche. —Lo que resta de la noche estarás clavada, no preocupada. Y termina de bajar que si te dejo amanecemos aquí. Sale del auto, aún hablando: —Estaré esperando, Remi. Como no lo hagas te preparas mañana —me amenaza—. Será todo un domingo de tortura para ti. Río a carcajadas y me pongo en marcha. Mientras me alejo voy pensando en lo sucedido. Voy pendiente a la carretera, pero absorto en mis pensamientos, hasta que veo como un auto que pasa por mi lado y, más adelante, se atraviesa en la carretera. «¿Qué mierda es esto?». Pienso, cuando no me queda otro remedio que detenerme. Veo dos tipos salir del auto. De inmediato pienso en la tóxica, loca, del club, pero no reconozco a ninguno de los tipos. Llegan hasta la ventanilla del auto y uno da varios toques en el cristal. No salgo, solo lo bajo un poco. Lo necesario para escuchar lo que tienen que decir. —Tú eres Remi Moreau, ¿verdad? «¿Quiénes son y por qué saben mi nombre?». Me pregunto, pero luego recuerdo que soy una figura pública. Cualquiera tiene acceso a esa información. —Ese soy yo —respondo, y no niego que siento temor, pero me obligo a ser fuerte—. ¿Quién pregunta? —Sal del auto —exige, haciendo caso omiso a mi interrogante—. Vinimos a entregarte un regalito —trago grueso. Ya estoy entendiendo por dónde viene la cosa. Miro al frente. Busco una vía de escape, pero la senda contraria está a tope, y lo único que voy a provocar es un accidente que puede resultar peor a lo que me harán, si es que corro con la suerte de que me dejen con vida. No tengo dudas. No tengo enemigos. Solo pudo ser una persona. La mariposa tóxica mandó a darme una paliza o lo que es peor: me mandó a matar. (Para seguir leyendo mis novelas búscame en mi págîna de Fącebøok "Novelas de Yaria Love").
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR