Todo lo que le siguió fue una espiral de sensaciones. No había tiempo, no había pasado, no había Parker, no había Sinclair. Solo había el roce de su piel contra la mía, el calor de su cuerpo sobre el mío, el ritmo acelerado de nuestros corazones latiendo al unísono. La forma en que sus manos me sostenían, la manera en que sus ojos nunca se separaban de los míos, como si quisiera grabar cada una de mis reacciones en su memoria, me hacía sentir, por primera vez, que era visible. Mis jadeos llenaban el cuarto, perdiéndose en la música de fondo que apenas escuchaba. Me sentía desbordada, como si mi cuerpo fuera un recipiente demasiado pequeño para la intensidad de lo que estábamos viviendo. Él era el ancla y la tormenta al mismo tiempo. Sus caricias eran una mezcla de adoración y una urgencia

