La culpa se convirtió en un sollozo ahogado contra la mampara de cristal. Me deslicé hasta el suelo de la ducha, dejando que el agua cayera sobre mi cabeza, mojando mi cabello, borrando el rastro de la noche. Pensé en la niña, abajo, riendo con el hombre que yo debía amar, y luego pensé en James, en el apartamento desordenado, en la música, en la libertad que me ofrecía a cambio de destruir todo lo que había construido. ¿Quién era la verdadera Charlotte? ¿La mujer que ahora se duchaba compulsivamente para parecer la esposa perfecta, o la mujer que, en un callejón mojado, se había sentido, por primera vez, humana? La culpa era un veneno que me paralizaba. Estaba engañando a una niña inocente, estaba traicionando un pacto matrimonial que, aunque sin amor, era el pilar de mi realidad. Pero,

