La cena con los inversores se había prolongado más allá de lo necesario, convirtiéndose en una de esas noches donde el alcohol de alta gama solo servía para lubricar conversaciones vacías y acuerdos financieros cargados de prepotencia. Parker estaba en su elemento, dominando la mesa con esa precisión quirúrgica que me revolvía las entrañas, mientras yo me limitaba a cumplir mi papel: la esposa perfecta, callada y elegante, que sonríe cuando es debido. James estaba allí, sentado frente a mí, y a pesar de la distancia, sentía su mirada como una quemadura invisible. Cada vez que alzaba la copa, cada vez que él intervenía con su voz profunda, mi control flaqueaba. Al terminar, la lluvia de la ciudad —diferente a la de Barcelona, más ácida y menos romántica— nos recibió en la acera. Mientras P

