—Es preciosa —dijo él, su voz extrañamente carente de emoción—. Tiene unos ojos increíbles. Pero no se parece en nada a ti, Charlotte. Y definitivamente, no se parece a Parker. El nombre de la pequeña, al salir de sus labios, me produjo un escalofrío. Emma. —¿Quién es ella? —preguntó James, girándose hacia mí. Su rostro no mostraba sospecha, pero su postura, tensa y erguida, indicaba que estaba conectando puntos que yo esperaba que nunca viera. —Es mi hija, James —dije, sintiendo que cada palabra era una piedra que me aplastaba—. Se llama Emma. James se quedó en silencio, mirando la foto, luego mirándome a mí, y finalmente, volvió a clavar la vista en la pequeña figura de la niña. La oficina se sintió, de repente, mucho más pequeña, un escenario donde las verdades empezaban a cobrar fo

