—Puedes besar a la novia —dijo el oficiante. Parker se inclinó. Su beso fue preciso, breve y técnico. Nada de pasión, nada de entrega; solo un sello legal en nuestro nuevo contrato de vida. Los aplausos estallaron, un sonido estruendoso que me hizo sentir aún más aislada. Me giré hacia la multitud y sonreí. Era una sonrisa perfecta, la misma que había practicado desde niña. Nadie notaba la grieta, nadie veía que el cristal de la jaula se había vuelto opaco. La recepción fue un despliegue de excesos que me provocaba un vacío existencial creciente. En la mesa de honor, rodeada de flores importadas y cubiertos de plata, me sentí como una pieza de museo. Parker hablaba con otros inversores, gesticulando sobre activos y proyecciones, mientras yo observaba las burbujas de champán en mi copa. M

