El coche avanzaba por las calles desiertas de la ciudad, un trayecto que se sentía como una huida hacia un mundo paralelo. El silencio dentro del habitáculo no era pesado, sino denso, cargado de la electricidad que había quedado suspendida tras nuestra conversación bajo la lluvia. James conducía con una sola mano, mientras la otra descansaba sobre mi muslo, un peso constante que me recordaba que, por fin, había dejado de estar sola en esta lucha. Al llegar a su apartamento, un espacio que apenas conocía pero que se sentía extrañamente más hogar que cualquier mansión que hubiera habitado, el aire cambió. Era un lugar sin pretensiones, lleno de libros apilados, guitarras y el aroma a café y vida real. James cerró la puerta tras nosotros y, sin encender más luz que la de la calle que se filt

