Sofía Cuando llegué a Nueva York, sabía que mi vida cambiaría y la verdad, estaba feliz. Extrañaba a mi familia y amigos, pero tampoco iba a mentir: me recibieron con los brazos abiertos, y vaya recibimiento. Salgo de la ducha con solo una toalla enredada en mi cuerpo, voy caminando tratando de acomodarla, pues mierda, no se anuda. Por fin logro anudar la, levanto mi rostro y ahí, recargado en la puerta, está el hombre más sexy, guapo, tierno y hermoso, con una sonrisa preciosa mirándome de pies a cabeza. Veo cómo sus ojos se oscurecen y yo empiezo a negar y a retroceder. —No, Gaby, acabo de bañarme. Él empieza a caminar hacia mí, me mira como el más delicioso bocado. —Pero amor, has estado tan poco tiempo, tengo que recuperar el tiempo perdido. Él cada vez está más cerca, yo cruzo m

