1. Niñera

2572 Palabras
Kyra El sol se oculta en el horizonte y el viento juega con mi cabello rojizo, como si bailara conmigo al ritmo de mi alma. Algunos mechones se escapan y se pegan a mi rostro, pero no los aparto; los dejo ser parte de esta conexión silenciosa con el mundo. Bajo mis pies descalzos, la tierra del patio parece cobrar vida. El crujir de las hojas secas acompaña mis pasos, mientras el aire fresco de la tarde se entrelaza con el aroma a jazmín que emana de las enredaderas que trepan por las paredes cercanas. Llevo un vestido n***o, suelto, que se agita con cada giro que doy. No hay música, solo el ritmo de mi corazón. Con los ojos cerrados, me dejo llevar por una melodía que solo yo escucho. Me muevo libremente, sin reglas ni técnica perfecta. Este lugar, este instante, es mi santuario. Y el cielo, ya cubierto de estrellas titilantes, es mi único testigo. Una suave sonrisa se dibuja en mi rostro. En esas estrellas… está él. Aquel hombre que durante años me admiró en silencio y me animó a seguir mis sueños. Tal vez no fue el mejor esposo para mi madre, ni el padre perfecto, pero siempre hizo lo mejor que pudo. Siempre creyó en mí. Bailar ha sido, desde siempre, mi refugio. Aquí, sola, girando bajo el cielo nocturno, es donde encuentro mi felicidad más pura. Es el único momento en el que el tiempo se detiene y yo me reconozco en cada movimiento, en cada respiración. Porque el baile no es solo algo que hago: es lo que soy. Últimamente, me he sentido perdida… atrapada entre tantas responsabilidades que olvidé quién era. Y esta noche, por fin, volví a encontrarme. Mi respiración es agitada, el pecho me sube y baja al ritmo de la emoción. Abro los ojos. La noche ha caído. Una lágrima silenciosa recorre mi mejilla. Me siento sobre el pasto húmedo y, con suavidad, me coloco los zapatos. No odio mi vida. Solo creo que a veces es injusta. El baile es lo que más he amado. Lo llevo en la sangre, es parte de mí. Es mi pasión. Algunos lo llaman un sueño tonto. Pero para mí, es todo. Desde niña, mi padre pagó con esfuerzo mi lugar en una academia de baile. A veces no teníamos mucho, pero él siempre me dijo: “Si vas a luchar por algo, que sea por lo que te haga brillar”. Y eso intento… incluso en los días en los que me siento completamente apagada. —¡Kyra! Ven a cenar —me grita mi madre. —Ahorita voy —respondo. Me coloco los zapatos con lentitud, como si al hacerlo tuviera que volver a la realidad que tanto intento evadir. Paso mis manos por el dobladillo del vestido, aliso las arrugas y suspiro. Miro al cielo otra vez. Las estrellas siguen ahí, brillando como si nada doliera. Como si todo en la tierra no estuviera roto. Papá solía decir que las estrellas eran los deseos que no podíamos decir en voz alta. Que cada una guardaba un anhelo. El mío… siempre fue que me viera triunfar. Pero no lo logró. Murió antes de verme en un escenario importante, antes de escuchar a alguien decirme que lo hice bien. Antes de ver mi sonrisa verdadera, esa que solo aparece cuando bailo con el alma. Y aunque intento convencerme de que él lo sabía, de que lo sentía… hay noches como esta en que el vacío es más fuerte que cualquier consuelo. Murió llevándose con él más de lo que debió. Una deuda que aún me ahoga. Una deuda que siento que contrajo por mi culpa. A veces creo que si no hubiese insistido tanto, si no hubiera soñado tan alto, él seguiría aquí. Pero nunca me lo reprochó. Al contrario, siempre decía que valía cada esfuerzo. Que si tenía que apostarlo todo para verme volar, lo haría sin dudarlo. Y lo hizo. Apostó todo por mí. Pero las cuentas lo persiguieron. Y un accidente me lo arrebató, antes de poder agradecerle por todo. Lo perdí. Perdí al único que jamás dudó de mí. Aprendí a bailar en medio de la culpa. A sonreír entre lágrimas. A fingir que estaba bien… mientras por dentro me rompía un poco más. Me pongo de pie. El césped está fresco y huele a noche recién nacida. Paso mis dedos por la cadena que cuelga de mi cuello, la medalla que papá me regaló en mi primera presentación. La acaricio como si fuera su mano. Cierro los ojos. —Estoy intentando ser fuerte y dar lo mejors de mi, papá. No sé si es suficiente… pero estoy intentando. Una brisa me acaricia la mejilla y no sé por qué… pero por un segundo, creo que es su forma de decirme que me escucha. Que sigue aquí, en algún rincón invisible de este patio, viéndome bailar. Sonrío, apenas. Reúno fuerzas y camino hacia dentro. Mi madre y mi hermana me esperan para cenar, debo sonreírles y fingir que todo va bien. Aunque mi madre no lo crea del todo. Ella sabe la carga que llevo sobre mis hombros, lo mucho que todo esto me preocupa. Mañana será otro día. Otro intento. Otro día en que debo buscar trabajo. Otra batalla entre mi pasión y la deuda que me persigue. Nueve años desde que papá murió, siete años desde que me hago cargo de esa deuda. Pero esta noche, por un instante, fui solo yo. Yo… y el recuerdo de él. —Te vas a resfriar, el clima es frío, debes tener cuidado, Kyra —me regaña mi madre. —Estoy bien, mamá, solo fue un momento. —Ve a lavarte las manos y te serviré la cena, llama a Camille también —asiento y me dirijo a la cocina. Lavo mis manos y luego voy a la habitación que comparto con Camille. —Cami, es hora de cenar —la llamo. —¡Voy! —grita, cierra sus libros y sale de la habitación. Nos dirigimos al comedor, donde mamá ya tiene todo listo para comenzar a cenar. Nos sentamos y cenamos en silencio, al menos así esperaba que fuera. —¿Lograste conseguir el empleo? —pregunta y niego. A veces es muy difícil encontrar un trabajo de medio tiempo, uno que me permita estudiar y trabajar. Las noches que bailo en el club me pagan bien, pero no es suficiente. He perdido años en la universidad y ahora que tengo una beca no quiero perderla. —Lili dijo que me llamaría, ha encontrado algo sobre un empleo de niñera en el que pagan muy bien y quiere que yo lo tome —le informo. —¿Niñera de nuevo? ¿Y tus estudios? —cuestiona. —Veré los horarios para así poder aceptarlo, sabes que no quiero dejar los estudios. —Y no debes hacerlo, quiero que te gradúes, que por lo menos sientas que has logrado algo bueno, Kyra —dice con una sonrisa triste— si tan solo dejaras que te ayudara un poco. —No, mamá, y no vamos a hablar de eso de nuevo, tú necesitas descansar, debes estar con Cami y yo me encargo de lo demás —digo con firmeza. Ella asiente y se queda en silencio. Evitábamos hablar sobre eso cuando Camille estaba presente; no quería preocuparla con las deudas y todo eso. Quería que ella viviera su vida tranquila, aunque sé que lo notaba. Para mí era una niña, pero ella estaba creciendo tan rápido. Quise ayudar a mi madre con los platos, pero me lo impidió, así que no quise discutir. Por suerte, este día podría dormir un poco más, no tenía que ir al club. Mamá cree que trabajo ahí de mesera o algo así. Mi miedo es que se enteren de lo que hago, el lugar no tiene una buena reputación, pero es el único trabajo en el que he durado. … —Kyra —me llama Cami, está envuelta en sus sábanas, creí que ya estaba dormida. —Dime —le pido girándome en mi cama para poder verla, aunque la oscuridad me impide ver su rostro por completo. —Yo… quisiera ayudarte con todo. ¿Hay alguna forma en que pueda hacerlo? —pregunta y siento una presión en el pecho. —No, y aunque la hubiera no te lo permitiría. Tú debes concentrarte en tus estudios, da lo mejor de ti. —Lo hago, pero también quiero ayudar. —No, Cami, aún eres muy pequeña para trabajar, solo debes estudiar y ayudar en casa a mamá; en eso me ayudas mucho. —¿Crees que todo sería diferente si papá estuviera aquí? —su pregunta hace que se me llenen los ojos de lágrimas, recordar a papá dolía siempre. —No lo sé, supongo que sí. Papá siempre daba lo mejor de él, quizás él ya hubiera resuelto todo esto, a mí me ha llevado años. —Te quiero, Kyra —dice dando un bostezo— no sé por qué papá nos dejó. —No fue algo que él decidiera, la vida fue injusta, nos lo quitó muy pronto —susurré— descansa, Camille, te quiero. Ya no la escuché hablar más, ella se quedó dormida. Cada vez que hablaba así, me demostraba que siempre estaba atenta a todo. No quiero que se preocupe por nada, no le pondré mis cargas a mi hermana. Esa deuda es mía, es por mi culpa. … Me levanté muy temprano a tomar un baño, luego levanté a Camille para llevarla a sus clases. Me causaba gracia verla quejarse cuando la despertaba. Mamá preparó el desayuno, comimos juntos y luego llevé a Camille. Después de dejarla en su colegio, debía regresar a casa. A veces me pasaba por una que otra cafetería en busca de empleo, pero ya había visitado casi todas las cafeterías de la ciudad y seguía sin encontrar nada. Necesitaba ese dinero extra para las medicinas de mamá. Mi móvil vibró en el bolsillo del pantalón. Lo saqué y vi el nombre de Lili. —Hola, Lili —la saludé. —Kyra, te conseguí la entrevista para niñera, debes ir a las 10:00. Estoy segura de que te irá muy bien —dice con emoción. —No lo sé. Sabes que debo terminar la universidad y los horarios… —Los horarios no me los dijeron, pero ve, no pierdes nada —me anima. —Bien, envíame la dirección, iré por mis cosas a casa —le digo. —Te la enviaré, arréglate lo más que puedas, aunque tú eres hermosa —me informa. —Buscaré la mejor ropa que tenga, muchas gracias, Lili. —Suerte y no te olvides de llamarme —dice antes de cortar la llamada. Caminé a casa lo más rápido que pude. Al llegar me dirigí a la habitación, saqué toda mi ropa buscando algo que me sirviera. Encontré un vestido que uso siempre para las entrevistas, me gusta mucho, es decente y es el mejor que tengo. Me arreglé un poco el cabello, el vestido me lucía perfecto, bueno, casi. Parecía que había bajado un poco de peso. Tomé mi bolso con todo lo que necesitaba. Lili me envió la dirección, me puse mis zapatillas negras y estaba lista. —Mamá, regreso por la tarde —le informé. Ella estaba en la cocina. —¿A dónde vas? —preguntó. —A la entrevista. Lili me la consiguió. —Hija… —Regreso más tarde, mamá —me despedí antes de que pudiera decir algo más. No quería discutir ni darle espacio para insistir en trabajar. No permitiré que su salud se deteriore más. Camille la necesita. Yo también. Salí de casa y tomé el autobús. Durante el trayecto, observé por la ventana con el corazón inquieto. Mi móvil vibró en mi bolsillo y al revisarlo vi un mensaje de Alicia. *Alicia* Te presentas a las 21:00. No llegues tarde. Suspiré. No quería pensar en eso ahora. Necesitaba concentrarme en esta entrevista. Tal vez esta era la oportunidad que estaba esperando. Tal vez… Media hora después, el autobús me dejó frente al edificio. Me quedé unos segundos contemplando la fachada. Era imponente, de cristal y acero, con líneas elegantes que hablaban de poder, prestigio y dinero. “Groupe Leroy”, leí grabado en letras doradas. Imponente. Frío. Perfecto. Tragué saliva. Respira, Kyra. Entré al vestíbulo. Todo relucía: los pisos de mármol, las lámparas colgantes, el silencio profesional. Me acerqué al mostrador de recepción, donde una joven rubia, de expresión altiva, me observó apenas sin ocultar su desdén. —Buenos días —saludé, tratando de sonar segura. —Buenos días. ¿En qué puedo ayudarte? —Tengo una entrevista con el señor Leroy —respondí. Ella arqueó una ceja con escepticismo. —¿La niñera? —inquirió. Asentí con un leve movimiento de cabeza. —Bien, sube al sexto piso. Ahí se encuentra la oficina del señor Leroy. Su asistente te estará esperando. —Muchas gracias —respondí antes de alejarme. Me dirigí al ascensor. Mis dedos temblaban levemente mientras presionaba el botón. Sexto piso. El ascensor subió sin detenerse. Cuando las puertas se abrieron, respiré hondo. Todo en ese nivel olía a éxito: muebles minimalistas, arte moderno, silencio contenido. —¿Kyra Laurent? —me llamó una mujer de mediana edad, con una sonrisa amable. —Sí —respondí, agradecida de no encontrar más rostros fríos. —El señor Leroy la atenderá en un minuto. Tome asiento, por favor. —Gracias —dije, y me senté. Mis manos estaban húmedas, mis pensamientos iban y venían. ¿Y si no consigo el trabajo? No encajo con este mundo, pero solo debo intentar conseguir el trabajo, al menos debo hacer el esfuerzo. Ya estoy aquí. Pasaron solo unos minutos, pero para mí fue una eternidad. La puerta de la oficina se abrió y un hombre salió sin siquiera mirarme. Luego, la asistente entró brevemente, y al instante regresó. —Puede pasar, señorita Laurent —me indicó. Me puse de pie como si el cuerpo no me respondiera del todo. Caminé hacia la puerta de madera y la abrí lentamente. —Buenos días, señor Leroy. Soy Kyra Laurent —dije con un hilo de voz, intentando mantener la compostura. Él no levantó la vista de los documentos que revisaba. Mi pulso se aceleró. Sentía que el aire era demasiado denso. Finalmente, tras unos segundos, cuando por fin levanta la mirada, siento que el tiempo se detiene. Sus ojos son de un gris helado, como el cielo justo antes de una tormenta. No sé si me va a contratar o a destruir. Lleva un traje oscuro perfectamente ajustado, el cabello peinado con precisión y una mandíbula firme que revela su carácter. Tiene la postura de un hombre que no necesita alzar la voz para imponer respeto; está acostumbrado a dar órdenes… y ser obedecido. Al menos eso es lo que demuestra. Si me sigue mirando de esa manera, dudo poder responder siquiera a una sola de sus preguntas. Mi camino me ha traído hasta aquí. Y aunque aún no sé si debo agradecerlo o temerlo, espero que haya una razón. Siempre he creído que nada es casualidad. Que el destino, por más cruel o impredecible que sea, sabe cuál es el camino correcto. Por una vez en mi vida, solo pido que me lleve al indicado… y no a otro abismo.
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