Al llegar a la plaza, Alicia vio su reloj que adornaba su muñeca izquierda. Este marcaba justo las 5:25, así que tomó su celular para marcarle a Celeste, pero alguien la sujetó de los hombros. Se sobresaltó, pero al voltear, vio que era Celeste. —¡Mamá, me asustaste! Dijo Alicia, tocándose el pecho por el susto que le había provocado. Celeste se rio. —Lo siento, hija, fue una pequeña bromita, discúlpame. —Pues sí te salió. Comenzó a reír Alicia. Celeste la abrazó. —Esa sonrisa tuya es hermosa. —¡Mamá! No digas esas cosas, me da pena. —Es solo la verdad... Bueno, vamos a ver ese vestido, ¿a qué horas es tu fiesta? —A las 7:00 de la noche. —Pues, démonos prisa, que ya es un poco tarde. Celeste tomó de la mano a Alicia; ambas entraron a la plaza y, después de recorrer algunas tien

