Capítulo X

1543 Palabras
CAPÍTULO XAl amanecer del día 16 de noviembre, el escuadrón de Denisov, el de Nikolái Rostov, que estaba agregado al destacamento del príncipe Bagration, levantó el campo para ir a la línea de fuego. Tras avanzar un kilómetro, tras otras columnas, recibió la orden de detenerse en la carretera general. Rostov vio desfilar a los cosacos, al primero y segundo escuadrones de húsares, y varios batallones de infantería con artillería; pasaron a caballo los generales Bagration y Dolgorukov con sus ayudantes. Todo el miedo que ante el combate, los esfuerzos para superarlo y sus sueños de cómo se distinguiría en la acción fueron vanos, como en la anterior ocasión. Su escuadrón quedó en la reserva y la jornada fue triste y tediosa. A las nueve de la mañana oyó descargas lejanas de fusiles y «¡hurras!» de los soldados; vio heridos, pocos, que eran evacuados; finalmente, entre una centuria de cosacos, un destacamento de caballería francesa. La acción, poco importante, pero coronada por el éxito, había terminado. Los soldados y oficiales mencionaban una victoria brillante, la conquista de la ciudad de Wischau y la captura de un escuadrón francés. Tras la helada nocturna la mañana estuvo despejada; la luz otoñal coincidía con la noticia de la victoria, confirmada por el relato de quienes habían participado y también por la feliz expresión de los soldados y los oficiales, de los generales y edecanes que pasaban por delante de Rostov. El dolor de Nikolái era más intenso por todo el miedo previo a la batalla que había experimentado y por haber pasado inactivo aquella jornada. —Ven, Rostov. Beberemos para ahogar las penas —le gritó Denisov, sentado al borde del camino con la cantimplora y unos bocadillos. Los oficiales rodearon a Denisov, comiendo y charlando. —Mirad, ahí traen a otro —señaló un oficial a un dragón francés, al que conducían a pie dos cosacos. Uno de ellos llevaba de las riendas un magnífico caballo francés del prisionero. —¡Véndeme el caballo! —gritó Denisov al cosaco. —Con mucho gusto, excelencia. Los oficiales se levantaron y rodearon al cosaco y al dragón, un joven alsaciano que hablaba francés con acento alemán. Parecía ahogado por la emoción; su rostro estaba encarnado y al oír hablar en francés explicó a los oficiales que no lo habrían capturado, que no era culpa suya que lo apresaran, sino del cabo que lo había enviado a buscar unos arreos, aunque él mismo le había dicho que los rusos estaban allí. Añadía siempre: «Pero que no hagan daño a mi caballito», mientras lo acariciaba. Sin duda no comprendía su situación. A veces se excusaba de haber sido apresado; otras, se creía ante sus superiores y se jactaba de su diligencia en el cumplimiento del deber. Llevaba a la retaguardia rusa la atmósfera del ejército francés, tan extraña para las tropas rusas. Los cosacos vendieron el caballo por dos luises. Rostov, que tenía dinero, lo adquirió. —¡Pero que no se haga daño a mi caballo! —dijo el alsaciano a Rostov cuando el animal pasó a manos del húsar. Rostov tranquilizó al dragón con una sonrisa y le entregó dinero—. Allez, allez121 —dijo el cosaco tocando el brazo del prisionero para hacerlo andar. —¡El zar! ¡El zar! —se oyó entre los húsares. Todos corrieron; Rostov vio que se acercaban jinetes con penacho blanco en el sombrero. En un santiamén todos aguardaban en sus puestos. Rostov corrió a su puesto y montó casi sin saber lo que hacía. La pena por no haber participado en la batalla, el malhumor por estar siempre con la misma gente, todo pensamiento sobre él mismo se había desvanecido. Ahora era feliz por la cercanía del zar; solo eso lo recompensaba de la jornada perdida; se sentía como un amante que ha conseguido la cita deseada. En filas, sin volver los ojos, su entusiasmo le hacía sentir la cercanía del zar no por el ruido de cascos, sino porque todo se le hacía más claro, alegre, grande y solemne; era como si llegase el sol alumbrando con su luz serena y espléndida en la cual se sentía ya envuelto. Oiría su voz acariciante, serena, grandiosa y sencilla. Se hizo un silencio, como Rostov presentía que ocurriría, y sonó la voz del zar: —¿Los húsares de Pavlogrado? —preguntó. —¡La reserva, señor! —respondió una voz humana tras la voz sobrehumana que había preguntado antes. El zar se detuvo al llegar a la altura de Rostov. El rostro de Alejandro era aún más hermoso que tres días antes, durante la revista. Brillaba de alegría y juventud inocente que recordaba la fuerza de un muchacho de catorce años, sin dejar de ser el augusto rostro de un emperador. Paseó la mirada por el escuadrón y sus ojos se detuvieron por casualidad en los de Rostov, dos segundos como mucho. ¿Supo el zar cuál era el ánimo del joven húsar? Rostov creyó que sí. En todo caso, los ojos azules y de agradable luz se detuvieron en el rostro de Rostov. Después elevó las cejas, espoleó al caballo con el pie izquierdo y siguió al galope. El zarévich no pudo soslayar el deseo de ver el combate; pese a las advertencias de los cortesanos, a mediodía abandonó la tercera columna y galopó hacia la vanguardia. Antes de acercarse a los húsares, algunos edecanes le habían traído la noticia sobre el éxito de la acción. La batalla, limitada a la captura de un escuadrón francés, se presentó como una gran victoria sobre el enemigo; así, el zar y el ejército creyeron, sobre todo antes de que se disipara el humo de la batalla, que los franceses habían sido derrotados y retrocedían contra su voluntad. Minutos después del paso del zar avanzó a la unidad de húsares de Pavlogrado. Rostov vio de nuevo al zar en Wischau, una pequeña ciudad alemana. En la plaza, donde poco antes de llegar el monarca tuvo lugar un tiroteo intenso, yacían varios muertos y heridos que no habían podido ser aún retirados. El zar, rodeado de su séquito militar y civil, montaba un alazán distinto del que montaba durante la revista militar. Ligeramente inclinado, llevando con gracia el monóculo de oro a sus ojos, miraba a un soldado caído de bruces, sin chacó y con la cabeza ensangrentada. El soldado estaba tan sucio y repugnante que a Rostov le ofendió que estuviese tan cerca del zar. Vio que los hombros de este temblaban como si tiritase y su pie izquierdo espoleó al caballo, que estaba bien adiestrado y no se movía. Un edecán se apeó, se acercó al herido y lo colocó en una camilla sosteniéndolo por debajo de los brazos. El soldado gimió. —Despacio, despacio… ¿No puede hacerlo más suavemente? —preguntó el zar, que parecía sufrir más que el soldado; luego se alejó. Rostov notó que los ojos del Emperador estaban húmedos y le oyó decir a Chartorizhky mientras se alejaba: —Quelle terrible chose que la guerre!122 Las fuerzas de vanguardia estaban desplegadas delante de Wischau, a la vista de las avanzadas enemigas, que habían cedido terreno a cualquier escaramuza durante todo el día. Les hicieron llegar el agradecimiento del zar, prometieron medallas y los soldados recibieron doble ración de vodka. Las fogatas del vivac brillaron más que las de la noche anterior y las canciones de los soldados sonaron más alegres. Esa noche Denisov festejaba su ascenso a comandante. Rostov, ya bastante bebido al final del festín, propuso un brindis a la salud del zar; pero «no de Su Majestad el emperador, como se dice en los banquetes oficiales —dijo—, sino a la salud del soberano bueno, encantador y grande. Bebamos a su salud y por la victoria sobre los franceses». —Si ya hemos peleado antes —continuó—, si no hemos cedido como en Schöngraben, ¿qué pasará ahora que él va al frente? ¡Todos moriremos por él! ¿Verdad, señores? Tal vez no me exprese bien, he bebido, pero así lo siento, y vosotros también. ¡A la salud de Alejandro Primero! ¡Hurra! —¡Hurra! —repitieron con entusiasmo los oficiales. El viejo Kirsten, jefe del escuadrón, gritó con igual entusiasmo y sinceridad que aquel joven oficial de veinte años. Cuando los oficiales hubieron bebido y roto los vasos, Kirsten llenó otros y se acercó a las fogatas de los soldados con otro vaso, con una postura majestuosa, la mano en alto, se detuvo ante una fogata, con sus largos bigotes grises y la camisa abierta, que dejaba ver su pecho blanco a la luz del fuego. —¡Chicos! ¡A la salud de Su Majestad el emperador! ¡Por la victoria sobre el enemigo! ¡Hurra! —gritó el viejo húsar con su voz de barítono, no tan joven, pero vibrante pese a los años. Los húsares lo rodearon y respondieron con gran ruido. Esa noche, cuando todos se hubieron separado, Denisov golpeó con la mano la espalda de su favorito, Rostov. —En campaña no hay de quién enamorarse y tú te enamoras del zar —dijo. —No bromees con eso, Denisov —exclamó Rostov—. Es un sentimiento tan sublime, tan hermoso, tan… —Te creo, amigo. También yo lo siento y lo apruebo… —¡No, no comprendes! Rostov se levantó y fue de una fogata a otra, soñando con morir, no para salvar la vida del zar, pues no osaba soñarlo, sino para morir ante sus ojos. Estaba enamorado del zar, de la gloria de las armas rusas y de la esperanza en un triunfo. No era el único que lo experimentaba los días previos a la batalla de Austerlitz. Las nueve décimas partes del ejército ruso estaban como él, aunque con no tanto entusiasmo. Estaban enamoradas de su zar y de la gloria de las armas rusas.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR