CAPÍTULO IIICorría el mes de noviembre de 1805 cuando el viejo príncipe Nikolái Andréievich Bolkonsky recibió una carta del príncipe Vasili anunciándole que llegaría con su hijo.
Iré a realizar una inspección, y un desvío de cien verstas no me impide acudir a presentar mis respetos a mi querido bienhechor. Anatole viene conmigo para incorporarse al ejército y espero que le permitirá expresarle en persona el profundo respeto que le inspira usted, como le sucede a su padre.
—Bueno, no es preciso presentar a María en sociedad; los pretendientes vienen a buscarla —comentó imprudentemente la princesita cuando supo la noticia.
El príncipe Nikolái Andréievich simplemente torció el gesto.
Dos semanas después, los criados del príncipe Vasili llegaron al atardecer, y al día siguiente él con su hijo.
El viejo príncipe Bolkonsky nunca había tenido en gran estima el carácter del príncipe Vasili; y menos últimamente, cuando había escalado tanto en puestos y honores bajo el reinado de los zares Pablo y Alejandro. Ahora, leyendo la carta entre líneas y por las palabras de la princesita, el príncipe Nikolái Andréievich supo de qué se trataba, y la pobre opinión sobre él se tornó en hostilidad y desprecio. Bufaba cuando hablaba de él. El día que llegó, Nikolái Andréievich se mostró especialmente malhumorado. No podía saberse si ello era por la llegada del príncipe Vasili o porque su estado de ánimo descontento coincidió con su llegada. En todo caso, su humor era pésimo y esa mañana Tijon persuadió al arquitecto de que no presentase su informe al príncipe.
—Oye cómo camina —dijo haciendo escuchar al arquitecto el rumor de los pasos del príncipe—. Pisa con toda la planta, y sabemos lo que eso significa…
Pese a todo, el príncipe salió sobre las nueve como siempre a dar su paseo con su abrigo de terciopelo y cuello de cibelina. Había nevado la tarde anterior. El sendero hacia el invernadero estaba limpio; sobre la nieve se veían las huellas de la escoba, y una pala estaba clavada en un montón de nieve a la orilla del camino. El príncipe cruzó el invernadero, los patios y los servicios, enfadado y silencioso.
—¿Se puede pasar con trineo? —preguntó al administrador, un hombre respetable que se parecía a su amo en el semblante y sus modales.
—La nieve es profunda, excelencia; he dado órdenes de limpiar la avenida.
El príncipe inclinó la cabeza y fue a la escalinata. «¡Gracias a Dios! —pensó el administrador—. La tormenta ha pasado.»
—Era difícil pasar, excelencia— agregó—. Han dicho que viene un ministro a visitarlo…
El príncipe se volvió al administrador y lo miró con enojo.
—¿Qué? ¿Un ministro? ¿Qué ministro? ¿Quién lo ordenó? —dijo con sequedad y estridencia—. No han despejan el camino para mi hija, la princesa, y lo hacen para un ministro… ¡Aquí no hay ministros!
—Excelencia… yo pensaba…
—¡Tú pensabas! —gritó el príncipe hablando cada vez más rápido y farfullando—. ¡Tú pensabas…! ¡Tunantes! ¡Canallas!… Ya te enseñaré yo a pensar.
Alzó el bastón y amenazó a Alpatich, y lo habría golpeado si el administrador no se hubiese apartado instintivamente.
—¡Tú pensabas…! ¡Tunantes! —vociferó nuevamente.
Asustado por su osadía tras haber evitado el golpe, Alpatich fue a la escalinata con la cabeza gacha. El príncipe continuó gritando:
—¡Malandrines…! ¡Que cubran ahora mismo de nieve el camino! —Pero no levantó el bastón, y entró corriendo en la casa.
A la hora de comer, sabedora del malhumor del príncipe, la princesa María y mademoiselle Bourienne lo esperaban de pie. Mademoiselle Bourienne mostraba un rostro radiante que decía: «No sé nada; soy la de siempre». La princesa María estaba pálida, amedrentada y cabizbaja. Lo peor para la princesa María era saber que en tales situaciones debía comportarse como mademoiselle Bourienne, pero no podía. «Si finjo no darme cuenta —se decía—, creerá que me da igual lo que piensa; si estoy triste o disgustada, dirá, que tengo aspecto fúnebre, como otras veces.»
El príncipe miró el semblante temeroso de su hija y bufó.
—¡Im… o tonta! —gruñó.
«Y la otra no ha venido… —pensó al ver que la princesita no estaba en el comedor—. Ya le habrán ido con el cuento.»
—¿Y la princesa? ¿Se esconde?… —preguntó.
—No se encuentra bien —repuso mademoiselle Bourienne con una sonrisa—. No vendrá hoy… Es natural, en su estado.
—¡Hum! ¡Hum!… —masculló el príncipe mientras se sentaba.
El plato no debió parecerle lo bastante limpio; señaló una mancha y lo tiró. Tijon lo atrapó en el aire y se lo dio al camarero.
No es que la princesita estuviese enferma; tenía tanto miedo al príncipe que, al saber su mal humor, había decidido quedarse en sus aposentos.
«Temo por el niño —dijo a mademoiselle Bourienne—. Dios sabe qué puede pasar si me asusto.»
La princesa vivía en Lisia Gori en un constante estado de miedo y antipatía hacia el viejo príncipe, aunque apenas se percataba de esto último, pues su temor la dominaba y ni siquiera podía percibirla. También el príncipe sentía antipatía, pero dominada por el desdén.
La princesa se había encariñado con mademoiselle Bourienne. Pasaba días enteros con ella, le rogaba que durmiese en sus aposentos y a menudo le hablaba de su suegro para criticarlo.
—Viene gente, príncipe. —Mademoiselle Bourienne desplegó con sus manitas sonrosadas la servilleta blanca—. Su excelencia el príncipe Kuraguin con su hijo, tengo entendido —dijo a modo de pregunta.
—Hum… Esa excelencia es un crío… Yo mismo lo llevé al ministerio —repuso el príncipe enojado—. ¿Y para qué trae al hijo? No entiendo. Tal vez lo sepan la princesa Elizaveta Karlovna y la princesa María… No sé para qué trae al hijo. No lo necesito para nada —y guió mirando a su hija, que se ruborizó—. ¿No te encuentras bien? ¿Te da miedo el ministro, como lo llamaba ese idiota de Alpatich?
—No, mon père.
Aunque mademoiselle Bourienne no había acertado con el tema de conversación, continuó charlando sobre el invernadero, sobre la belleza de una nueva flor recién abierta, con lo que el príncipe se relajó un poco después de la sopa.
Terminada la comida subió a ver a su nuera. La princesita estaba sentada ante una mesilla y charlaba con la doncella Masha. Palideció al ver a su suegro.
Estaba muy cambiada. Más fea ahora y con las mejillas fofas, el labio superior estaba más levantado y los ojos hundidos.
—Sí, siento como una pesadez… —repuso a la pregunta del príncipe sobre su salud.
—¿No necesitas nada?
—No… merci, mon père.
—Está bien.
Salió y fue a la antesala. Allí estaba Alpatich con la cabeza gacha.
—¿Habéis echado nieve al camino?
—Sí, excelencia. Perdóneme, por Dios; ha sido una idiotez…
El príncipe lo interrumpió y se puso a caminar con su risa forzada.
—Está bien, vale.
Le tendió la mano a Alpatich para que la besase, y entró en su despacho.
El príncipe Vasili llegó casi de noche. Los cocheros y los criados salieron a su encuentro en la avenida y condujeron entre un gran griterío los trineos a la puerta, por el camino intencionadamente cubierto de nieve.
El príncipe Vasili y su hijo Anatole tenían varias habitaciones reservadas.
Anatole, en mangas de camisa, las manos en las caderas, se había sentado frente a una mesa y miraba distraídamente con sus bellos ojos un ángulo del mueble. Para él la vida era para una francachela continua que alguien, sin saber el porqué, le ponía en las manos. Así veía el viaje a la casa de aquel viejo gruñón y de su fea y rica heredera. Según sus ideas, aquello podría ser una divertida aventura. «¿Por qué no casarme con ella si nada en oro? El dinero nunca viene mal», pensaba Anatole.
Se rasuró y perfumó con el primor habitual en él, irguió su noble cabeza con su innato aire conquistador y bondadoso, y fue a la habitación de su padre. Dos ayudas de cámara lo estaban vistiendo. El príncipe Vasili miraba animadamente a su alrededor, y cuando su hijo entró lo saludó alegre, como diciendo: «Así es como debes presentarte».
—Bromas aparte, padre. ¿Tan fea es? —preguntó Anatole en francés, como retomando una conversación del viaje.
—¡No digas bobadas! Tú trata de ser respetuoso y sensato con el viejo príncipe.
—Si me suelta una fresca, me voy —replicó Anatole—. Odio a esos vejestorios.
—Recuerda que de esto depende todo para ti.
Mientras, las mujeres sabían de la llegada del príncipe Vasili con su hijo Anatole y comentaban toda clase de detalles sobre ambos. La princesa María, sola en su cuarto, trataba de dominar sus emociones.
«¿Por qué me escribirían? ¿Por qué me habló de eso Lisa? ¡Si es imposible! —se decía, mirándose en el espejo— ¿Cómo voy a presentarme ahora en el salón? Aunque me gustase, no podría portarme con naturalidad.» Solo la idea de cómo la miraría su padre la empavorecía.
La princesita y mademoiselle Bourienne ya habían recibido informes de todo tipo a través de Masha: que el hijo del «ministro» era apuesto, joven y tenía las cejas negras. Que el padre apenas pudo arrastrar los pies por la escalera y que Anatole, rápido como una liebre, había subido los peldaños tres en tres. Con estas noticias, la princesita y mademoiselle Bourienne, cuyas voces animadas se oían desde el pasillo, entraron en la habitación de la princesa María.
—Han llegado, María —dijo la princesita dejándose caer sobre una butaca—. ¿Lo sabes?
No llevaba la blusa sencilla de la mañana; lucía uno de sus mejores vestidos. Su cabello estaba bien peinado y su rostro animado no podía borrar, pese a ello, el cambio de sus facciones. Con aquel vestido que solía llevar en las fiestas de San Petersburgo se veía más su deterioro. Mademoiselle Bourienne había hecho algunos discretos arreglos en uno de sus trajes que daban mayor seducción a su bello rostro.
—Bueno, ¿se va a quedar como está, querida princesa? —dijo—. Van a venir a anunciar que estos caballeros están en el salón; ¡habrá que bajar y no se ha arreglado ni una pizca!
La princesita se levantó, llamó a la doncella y se puso a escoger alegremente un vestido para su cuñada. La princesa María sentía herido su amor propio por turbarse así debido a la llegada del pretendiente, y más aún porque la princesita y mademoiselle Bourienne supusiesen que solo podía ser así. Decirles que se avergonzaba de sí misma y de ellas era traicionar sus emociones; por otra parte, negarse a cambiar el vestido habría sido motivo de chanzas. Se ruborizó, se apagaron sus ojos, se le cubrió de manchas el cutis, y con su habitual y poco agradable expresión de víctima se puso en manos de mademoiselle Bourienne y de su cuñada, decididas ambas a embellecerla. Era tan fea que ninguna de las dos pensaba en que pudiese competir con ellas; sin embargo, la vistieron con la certeza ingenua y firme de que un bonito vestido puede hacer hermosear una cara.
—No, ma bonne amie,110 este vestido no te favorece —decía Lisa mirando de lejos y de soslayo a la princesa—. No, que te traigan el granate. De verdad te lo digo. Tal vez se decida la suerte de tu vida. Este es muy claro… No está bien.
El vestido no estaba mal, sino la figura de la princesa, empezando por la cara. No lo veían así mademoiselle Bourienne y Lisa; creían que poniendo una cinta azul en el cabello, recogido hacia arriba, bajando el chal azul sobre el vestido marrón, etcétera, todo mejoraría. Olvidaban que no se podía modificar aquel rostro temeroso ni todo el aspecto, que pese a todos los retoques seguiría siendo una muchacha lastimera y fea. Tras dos o tres pruebas, a las que la princesa se sometió sin protestar, cuando estuvo peinada con el cabello recogido hacia arriba, lo cual la afeaba aún más, cuando estuvo con su vestido oscuro y el chal azul, la princesa Lisa dio dos vueltas en torno a ella. Ajustó entonces con sus manos la falda, alisó el chal y, con la cabeza inclinada a un lado y a otro, la contempló.
—No, imposible —dijo resueltamente dando unas palmadas —. No, decididamente, María, eso no te va. Me gustas más en tu vestido gris de diario. No, ni hablar, hazlo por mí —Se volvió a la doncella: —Katia, trae el vestido gris de la princesa. Mademoiselle Bourienne, ver cómo arreglo esto —dijo con una sonrisa de anticipada complacencia estética.
Cuando Katia trajo el vestido, la princesa María, inmóvil ante el espejo, sintió que sus ojos se cuajaban de lágrimas y que la boca le temblaba con un sollozo contenido.
—Veamos, chère princesse, un esfuercito más —dijo mademoiselle Bourienne.
Lisa tomó el vestido de manos de la doncella y se acercó a la princesa María.
—Ahora dejaremos todo sencillo y agradable.
Su voz, la de mademoiselle Bourienne y la de Katia, que se reía de algo, eran como el alegre piar de las aves.
—Non, laissez-moi111 —dijo la princesa.
Su voz era tan grave y conmovedora que el parloteo cesó. Vieron en sus ojos grandes, bellos y profundos, una expresión suplicante que les hizo comprender lo inútil e incluso cruel de insistir.
—Al menos cambia de peinado —dijo Lisa—. Se lo dije —volviéndose con tono de reproche a mademoiselle Bourienne—. María tiene una figura a la que no va en absoluto este tipo de peinado. Pero en absoluto. Cámbiatelo, por favor.
—Non, laissez-moi, laissez-moi, tout ça m’est parfaitement égal112 —su voz apenas dominaba sus lágrimas.
Así arreglada, la princesa María estaba más fea que nunca, y la princesita y mademoiselle Bourienne tuvieron que reconocerlo. Pero era tarde. Ella las miraba con aquella expresión que conocían, meditabunda, que no inspiraba temor —ella jamás lo inspiraba—, pero sabían que cuando esa expresión asomaba a su semblante las decisiones tomadas eran irrevocables, aunque apenas hablase de ellas.
—Vous changerez, N’est-ce pas?113 —preguntó Lisa.
La princesa María no contestó y Lisa salió.
La princesa se quedó a solas. No atendió a Lisa, no cambió de peinado y ni se miró en el espejo. Con los brazos caídos, cabizbaja, se sumió en sus pensamientos. Se imaginaba a su esposo como un hombre fuerte y atractivo, que de improviso la llevaba a su mundo, a un universo distinto y dichoso. Después se veía con su primer hijo junto al pecho, un niño como el que había visto la víspera en casa de la hija de su nodriza. El marido miraba con ternura a la madre y al hijo. Pensó entonces: «Es imposible; soy demasiado fea».
Detrás de la puerta sonó la voz de la doncella:
—El té está servido y el príncipe va a salir.
Volvió en sí, espantada por sus pensamientos. Antes de bajar fue al oratorio y se recogió unos instantes con las manos unidas y los ojos fijos en una imagen negra del Salvador alumbrada por un candil. Una duda punzante le acongojaba el alma. ¿Conocería la alegría del amor terrenal por un hombre? Al pensar en el matrimonio, soñaba con la felicidad familiar, los hijos; pero su principal, más intenso e íntimo sueño era el amor terrenal. Ese sentimiento crecía cuanto más trataba de ocultarlo a los demás o a sí misma. «Dios mío, ¿cómo sacarme del corazón estos pensamientos diabólicos? ¿Cómo apartar las tentaciones y cumplir serenamente tu voluntad?» Apenas lo hubo preguntado le pareció que Dios respondía en el fondo de su propio corazón: «No desees nada para ti, no busques nada, no te inquietes, ni envidies. El futuro de los hombres y tu destino te deben quedar velados, pero vive siempre preparada para todo. Si Dios quiere probarte con los deberes maritales, debes cumplir su voluntad». Con este pensamiento consolador —y también con la esperanza de su sueño terrenal prohibido— suspiró, se santiguó y salió sin pensar en el vestido, el peinado, en cómo se presentaría o qué diría. ¡Qué importaba comparado con los designios de Dios, sin cuya voluntad no cae ni una hoja de los árboles!