CAPÍTULO VEsa noche los oficiales del escuadrón discutían animadamente en la habitación de Denisov.
—Pues yo le digo, Rostov, que debe presentar sus excusas al coronel —dijo un capitán segundo de caballería a un Rostov encendido y nervioso.
Este capitán segundo era Kirsten, un hombre alto, canoso, de bigote grande y facciones marcadas en un rostro arrugado. Degradado en dos ocasiones por asuntos de honor, había recobrado las charreteras siempre.
—¡No permitiré que nadie me diga que miento! —gritó Rostov—. Me ha llamado mentiroso y yo le dije que él era el mentiroso. Así quedarán las cosas. Puedo ponerme de servicio todos los días, arrestarme, pero nadie me obligará a disculparme porque si, como jefe de regimiento, él cree indigno darme satisfacción, entonces…
—A ver, amigo, espere… escuche —lo cortó el capitán con voz grave mientras se acariciaba los largos bigotes—. Dice al coronel delante de otros oficiales que un oficial ha robado…
—¿Es culpa mía que estuviesen los demás delante? Tal vez no fue lo mejor hablar delante de otros oficiales, pero yo no soy diplomático. Entré en los húsares creyendo que aquí no importarían las sutilezas; y él me dice que miento… Me debe una satisfacción…
—Todo eso está muy bien. Nadie lo considera un cobarde, pero no se trata de eso. Pregúntele a Denisov si conviene que un cadete pida satisfacción al jefe del regimiento.
Sombrío, Denisov se mordisqueaba los bigotes, pendiente de la conversación. Sin duda no quería intervenir. A la pregunta del capitán segundo, negó con la cabeza.
—Usted habló de esa bajeza al jefe del regimiento delante de otros oficiales —continuó el capitán segundo—, y Bogdanich —el coronel— lo llamó al orden.
—No me llamó al orden. Me dijo que mentía.
—Sí, y usted le dijo tonterías y debe disculparse.
—¡Ni hablar! — gritó Rostov.
—No esperaba eso de usted —repuso el capitán, serio—. No quiere disculparse, amigo, pero es culpable ante él, ante todo el regimiento, ante nosotros. Si lo hubiese pensado o hubiese pedido consejo antes de actuar… Pero no, dijo cuanto quiso delante de un grupo de oficiales. ¿Qué debe hacer ahora el coronel? ¿Hacer un consejo de guerra a un oficial y deshonrar a todo el regimiento? ¿Hay que cubrir de fango a un grupo por un sinvergüenza? ¿Eso quiere? Nosotros no pensamos así. Bogdanich hizo bien diciéndole que mentía. Es desagradable pero ¿qué le vamos a hacer? Usted se metió en el lío. Ahora que todos quieren echar tierra, usted se niega a disculparse y quiere contarlo todo por orgullo. A usted le ofende que lo castiguen con servicios complementarios, pero ¿qué le impide disculparse ante un oficial viejo y honrado? En todo caso, Bogdanich es un viejo húsar y un coronel valiente; usted se ofende, pero no le importa deshonrar al regimiento —la voz del capitán segundo empezaba a temblar—. Usted acaba de llegar al regimiento; hoy está aquí, mañana será ayudante en otro sitio. Le dará igual que digan: «Entre los oficiales del regimiento de Pavlogrado hay ladrones». Pero a nosotros sí nos importa. ¿A que sí, Denisov? No nos da igual.
Denisov seguía callado e inmóvil; a ratos sus brillantes ojos negros se clavaban en Rostov.
—Usted solo ve su orgullo y no quiere disculparse —siguió el capitán; —pero nosotros, los antiguos, los que hemos crecido (y si Dios quiere seguramente moriremos en el regimiento) consideramos que el honor del regimiento es sagrado y Bogdanich lo sabe. ¡Vaya si es sagrado! Lo que usted hace no está bien. Quizá no le guste oírlo, pero yo siempre digo la verdad. No está bien.
El capitán segundo se levantó y dio la espalda a Rostov.
—¡Tiene razón, qué diablos! —gritó Denisov levantándose—. Venga, Rostov…
Rostov, a veces rojo y a veces pálido, miraba a uno y otro oficial.
—No, señores, no… No crean que… Lo comprendo bien y no deben creer que… Yo… para mí… siempre defenderé el honor del regimiento. Lo demostraré con hechos, y también el honor de la bandera… La verdad es que soy culpable… —los ojos se le cuajaron de lágrimas—. ¡Soy culpable se mire como se mire…! ¿Qué más quieren?
—¡Así se habla, conde! —gritó el capitán segundo, y palmeó la espalda de Rostov con su ancha mano.
—¡Ya te decía yo que es un gran chico! —gritó Denisov.
—Sí, eso está mejor, conde —lo llamó Kirsten por su título como recompensa por su confesión—. Vaya y discúlpese… Excelencia.
—Señores, haré todo lo necesario; nadie oirá nada de mí —rogó Rostov—. Pero no puedo disculparme. ¡Se lo juro que no puedo! No puedo disculparme como un niño.
Denisov rio.
—Peor para usted. Bogdanich tiene buena memoria y pagará su testarudez —dijo Kirsten.
—Le aseguro que no es testarudez. No puedo explicarle lo que siento, no puedo…
—Eso es asunto suyo —dijo el capitán—. ¿Y dónde se ha metido ese bribón? —preguntó a Denisov.
—Dice que está enfermo. Su baja estará mañana en la orden —repuso Denisov.
—Se trata de una enfermedad, no puede haber otra explicación —dijo el capitán.
—Enfermo o no, que no me lo encuentre o lo mato —añadió Denisov, colérico.
Zherkov entró en la habitación.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntaron los oficiales.
—En marcha, señores. ¡Mack se ha rendido con todo el ejército!
—¡Mientes!
—Lo he visto con mis propios ojos.
—¿Qué dices? ¿Has visto a Mack en persona? ¿Con brazos y piernas?
—¡En marcha! La noticia merece un trago. ¿Y cómo estás aquí?
—Me han hecho regresar al regimiento por culpa de ese demonio de Mack. Un general austríaco se quejó de mí. Lo había felicitado por la llegada de Mack… ¿Qué te pasa, Rostov? Pareces recién salido del baño.
—Amigo, no sabes qué bronca tenemos desde ayer.
El ayudante del coronel entró a corroborar la noticia traída por Zherkov. Acababa de llegar la orden de ponerse en marcha al día siguiente.
—¡En marcha, señores!
—¡Gracias a Dios! Llevábamos demasiado tiempo aquí.