Capítulo VII

1331 Palabras
CAPÍTULO VIIDos granadas enemigas habían sobrevolado el puente, que era presa del caos. El príncipe Nesvítski estaba de pie en la mitad del puente, contra el pretil. A ratos se volvía sonriente al cosaco que estaba detrás tirando de los dos caballos por la brida. Cuando el príncipe Nesvítski quería avanzar, los soldados y los carros empujaban su corpachón contra el pretil; pero no dejaba de sonreír. —¡Ey, amigo! —dijo el cosaco a un soldado que conducía un furgón metiendo las ruedas y el tiro entre los soldados de infantería—. ¡Cómo eres! ¿No puedes esperar? ¿No ves que el general quiere pasar? Pero el conductor del furgón hizo caso omiso al título de «general» y gritó a los soldados que no le permitían pasar: —¡Eh, paisanos! ¡Poneos a la izquierda! Pero los paisanos avanzaban hombro con hombro como una masa compacta en una confusión de bayonetas enredadas unas con otras. El príncipe Nesvítski miró desde el pretil las pequeñas, rápidas y tumultuosas aguas del Enns, que rodeaban los pilotes y regresaban adelantándose entre ellas. Pero al mirar hacia el puente veía soldados, parecidos entre sí, gorras, quepis, petates, bayonetas, fusiles y, bajo los quepis, rostros de mejillas hundidas y pómulos anchos con el agotamiento y la despreocupación pintados en ellos, y pies que caminaban sobre el lodo pegajoso acumulado sobre los tablones del puente. A veces destacaba un oficial con capa, de cara distinta a la de los otros, como una salpicadura de espuma. Las olas de la infantería se llevaban en ocasiones por el puente, como una astilla que gira en las aguas, a un húsar a pie, a un ordenanza o a un lugareño; a veces el carruaje de la compañía o de un oficial, abarrotado y tapado con pieles, cruzaba el puente rodeado de agua como un tronco rodeado por el río. —Es como si se hubiese roto un dique —dijo el cosaco parándose—. ¿Quedáis muchos? —Un millón menos uno —se burló un soldado con el capote roto. Detrás venía otro soldado ya viejo. —Si el enemigo se pone a disparar sobre el puente —se giró con aire sombrío a un compañero— no tendrás ni ganas de rascarte. También este soldado viejo pasó. Otro venía detrás, en una carreta. —¿Dónde has puesto las calzas? —preguntaba un asistente que iba tras la carreta y buscaba en las bolsas traseras. También ellos pasaron. Le seguían unos soldados alegres, a todas luces ebrios. —¡Qué golpe le dio en la boca con la culata! —se regocijaba un soldado con el capote muy subido agitando una mano. —Parece que sabe lo rico que es el jamón —rio el otro. Pasaron corriendo y Nesvítski no pudo saber a quién habían golpeado ni qué era eso del jamón. —¡Qué prisa llevan! Han disparado balas de fogueo y creéis que os van a matar a todos —reprochaba un suboficial a sus hombres. —Cuando la granada pasó silbando, abuelo, casi me muero —decía un joven soldado con su bocaza conteniendo apenas la risa—. Me asusté de vedad —parecía presumir de su propio miedo. También él pasó. Detrás iba otro carro diferente de los demás. Era alemán; lo tiraban dos caballos y parecía transportar una casa entera. Detrás iba una vaca de ubres enormes. Dentro del carro, guiado por un alemán, sentadas sobre una colcha, iban una mujer con un niño de pecho, una anciana y una robusta muchacha alemana de cara colorada. Aquellos lugareños habían conseguido un permiso especial para pasar con las tropas. Los ojos de los soldados no se apartaban de las mujeres; mientras el carro avanzaba lentamente hacían comentarios sobre ellas. En todos los rostros se dibujaba una sonrisa libertina por los pensamientos que provocaba la mujer. —¡Mira! El boche también se marcha. —¡Véndeme a la madre! —recalcó la última palabra un soldado al alemán lleno de ira y miedo, que caminaba a zancadas con los ojos en el suelo. —¡Diablos! ¡Va bien vestida! —Deberías alojarte en su casa, Fedótov. —Ya he visto muchas, amigo. —¿A dónde van? —preguntó un oficial de infantería, que mordisqueaba una manzana sin quitar ojo a la muchacha. El alemán cerró los ojos para dar a entender que no comprendía. —¿La quieres? ¡Toma! —dijo el oficial tendiendo la manzana a la joven. Ella sonrió y la recogió. Nesvítski tampoco apartó los ojos de las mujeres mientras pasaban, como los demás; luego vinieron más soldados, con idénticas conversaciones, y poco después todo se paró. Como sucede a menudo, los caballos de un carro de compañía se habían puesto tozudos a la salida del puente y hubo que aguardar. —¿Por qué se paran ahora? ¡Nadie lo ha ordenado! —gritaban los soldados—. ¿Por qué empujas? ¿No puedes esperar? Ya verás cuando quemen el puente. ¡Estáis aplastando a un oficial! —gritaban mirándose unos a otros y empujando todos hacia la salida. Nesvítski se había girado para mirar el Enns cuando oyó algo nuevo, un ruido de algo voluminoso que se acercaba deprisa… y cayó al agua con un chapoteo. —¡Mira adonde apuntan! —dijo un soldado volviéndose hacia el ruido. —¡Nos animan para que pasemos antes! —se inquietó otro. La multitud se puso en marcha. Nesvítski supo que era un disparo de cañón. —¡Eh, cosaco! ¡El caballo! —gritó—. ¡Vosotros, fuera, paso! Llegó con esfuerzo hasta su caballo y avanzó entre los soldados gritando. Estos se apretaban para dejarle paso, pero de nuevo lo empujaban; sintió dolor en una pierna; los más cercanos no eran los culpables, pues a ellos los apretujaban con más fuerza quienes venían detrás. —¡Nesvítski! ¡Nesvítski! ¡Oye, cara fea! —gritaron a sus espaldas. Nesvítski se giró y vio a quince pasos entre la infantería a Vaska Denisov, el rostro encendido, el pelo revuelto, la gorra sobre la nuca y el dormán al hombro. —¡Haz que esos demonios dejen pasar! —gritaba Denisov, colérico; sus ojos negros como el carbón brillaban; agitaba con su mano el sable envainado. —¡Eh, Vaska! ¿Qué ocurre? —respondió con alegría Nesvítski. —El escuadrón no puede pasar —vociferó Vaska Denisov mostrando sus blancos dientes y espoleando a su potro n***o, Beduino, que agitaba las orejas y golpeaba con los cascos los tablones del puente, piafando y salpicando de espuma a quienes lo rodeaban, dispuesto a saltar el pretil si su dueño lo hubiese permitido. —¿Qué es esto? ¡Parecen borregos! ¡Largo! ¡Paso! ¡Quieto ahí, maldito carro! ¡Voy a liarme a sablazos con todos! —gritaba Denisov, que desenvainó el sable y se puso a blandirlo sobre los soldados. Asustados, estos se apiñaron aún más y Denisov pudo unirse a Nesvítski. —¿No estás borracho hoy? —preguntó Nesvítski, ya cerca de Denisov. —No te dan tiempo ni para beber —repuso Vaska Denisov—. El regimiento pasa el día de un lado a otro. Si hay que luchar, adelante; así ni el diablo sabe qué hacemos. —¡Qué elegante vas hoy! —Nesvítski contempló el dormán de Denisov y los arreos de su caballo. Denisov sonrió; sacó un pañuelo perfumado y lo acercó a la nariz de Nesvítski. —¿Qué quieres que haga? Voy a combatir; ya ves que me he rasurado, me he cepillado los dientes y me he perfumado. El soberbio aspecto de Nesvítski, acompañado de su cosaco, y la energía de Denisov, que gritaba y agitaba el sable, causaron efecto y pudieron llegar al pie del puente y detener la infantería. Nesvítski encontró allí al coronel a quien debía dar las órdenes; hecho esto, regresó. Despejado el camino, Denisov se paró al pie del puente. Sujetó al potro que relinchaba, impaciente por acercarse a los suyos, y contempló el escuadrón que iba a su encuentro. El ruido de cascos resonó sobre los tablones del puente, como si algunos caballos galopasen, y el escuadrón se extendió sobre el puente y comenzó a salir con los oficiales abriendo la marcha y los hombres formados en filas de cuatro. Los infantes, obligados a detenerse sobre el lodo de los tablones, miraban a los gallardos, limpios y elegantes húsares, que desfilaban con aire apuesto, con la antipatía, lejanía y burla frecuente cuando se encuentran distintos cuerpos armados. —¡Qué elegantes van esos chicos! —comentaban—. Parecen que pasen revista. —Para poco sirven. Los llevan solo para exhibirlos —decía otro. —¡Eh, no levantéis polvo! —bromeó un húsar cuyo caballo salpicó de barro a un infante. —¡Tendrías que hacer dos marchas con el petate al hombro! ¡Veríamos si presumías tanto! —replicó el soldado limpiándose el barro del rostro con la manga. —¡Fijaos, no es un hombre, es un pájaro! —¡Si montases, Zikin, estarías guapísimo! —bromeó un cabo con un soldado flaco y encorvado bajo el peso del petate. —Ponte un palo entre las piernas y tendrás una montura —terció el húsar.
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