CAPÍTULO XV—Mon cher Boris —dijo la princesa Ana Mijáilovna cuando el coche de la condesa Rostova que los llevaba cruzó la calle cubierta de paja y entró en el gran patio del conde Cyril Vladímirovich Bezúkhov—, mon cher Boris —repitió la madre sacando la mano del abrigo desgastado y poniéndola con gesto tímido y cariñoso sobre el brazo del hijo—, sé cariñoso y atento. El conde Cyril Vladímirovich es tu padrino y tu porvenir depende de él. No lo olvides, mon cher, sé tan amable como tú sabes…
—Si supiese que iba a sacar algo más que una humillación… —replicó el hijo fríamente—. Pero he prometido hacerlo y lo haré por ti.
Había un carruaje frente a la escalinata, pero el portero examinó de pies a cabeza a madre e hijo, que entraron directamente y sin hacerse anunciar en el vestíbulo de vidrieras, entre dos filas de estatuas colocadas en sus nichos. Al ver el vetusto abrigo de Ana Mijáilovna preguntó a quién deseaban ver, si a las condesas o al conde. Al responderle ellos que al conde, informó que su excelencia había empeorado y no recibía a nadie.
—Ya podemos irnos —dijo Boris en francés.
—Mon cher —le rogó la madre tocando nuevamente la mano de su hijo, como si así pudiese calmarlo o animarlo.
Boris calló y miró a su madre con gesto interrogativo antes de quitarse el abrigo.
—Amigo —Ana se volvió al portero y siguió con voz dulce—, sé que el conde Cyril Vladímirovich está muy grave… por eso he venido… Soy pariente suya y no molestaré, amigo… Pero he de ver al príncipe Vasili Serguéievich, que vive aquí. Anúnciame, por favor.
El portero tiró con mal humor de la campanilla y se apartó.
—La princesa Drubetskaya para el príncipe Vasili Serguéievich —gritó al criado vestido de frac, medias y zapatos de hebilla, que acudió al rellano superior y miraba desde lo alto de la escalera.
La madre arregló lo mejor que pudo los pliegues de su vestido de seda teñida, se miró en el gran espejo de Venecia colgado en la pared y avanzó con decisión por la alfombra de la escalera con sus zapatos ajados.
—Mon cher, me has prometido… —dijo a su hijo tocándolo en el brazo.
Boris la seguía dócilmente, cabizbajo.
Entraron en la sala, una de cuyas puertas conducía a los aposentos del príncipe Vasili.
Madre e hijo habían llegado al centro de la estancia e iban a preguntar el camino al viejo criado que se había levantado al verlos entrar, cuando giró el picaporte de bronce de una de las puertas. Salió entonces el príncipe Vasili, vestido con una chaqueta de terciopelo y una sola condecoración. Lo acompañaba un señor de cabello n***o y buen aspecto. Era Lorrain, el célebre médico de San Petersburgo.
—Entonces es seguro —preguntó el príncipe.
—Prince, «errare humanum est», mais…37 —el médico pronunció con acento francés el latín.
—C’est bien, c’est bien…38
Al ver a Ana Mijáilovna y su hijo, el príncipe Vasili, despidió al médico con un saludo; en silencio pero con gesto interrogatorio, fue hacia ellos. Boris notó que en los ojos de su madre se dibujaba un hondo dolor y sonrió levemente.
—En qué circunstancias tan tristes nos vemos, príncipe… Dígame, ¿cómo se encuentra nuestro querido enfermo? —preguntó Ana Mijáilovna como si no fuese consciente de la mirada fría y ofensiva que le dedicaban.
El príncipe Vasili la miró con aire atónito, y se volvió hacia Boris, que lo saludó educadamente.
Luego se volvió de nuevo hacia Ana Mijáilovna sin responder al saludo, y contestó a su pregunta con moviendo la cabeza y los labios queriendo decir:
«No hay esperanza».
—¿Es posible? —exclamó Ana Mijáilovna—. ¡Oh, es terrible! Asusta pensar… —y añadió señalando a Boris—: Es mi hijo. Quería agradecerle personalmente…
Boris saludó correctamente de nuevo.
—Crea, príncipe, que el corazón de una madre jamás olvidará lo que hizo por nosotros.
—Me alegra haber podido complacerla, querida Ana Mijáilovna —dijo el príncipe Vasili ajustando la chorrera y dándose más importancia ante su protegida en Moscú que en la velada de Annette Scherer en San Petersburgo—. Trate de servir fielmente y de ser digno de la carrera de las armas —conminó a Boris—. Me alegro… ¿Está de permiso? —preguntó con indiferencia.
—Aguardo órdenes para dirigirme a mi nuevo destino, excelencia —repuso Boris sin mostrar disgusto por la rudeza del príncipe ni deseos de trabar conversación, pero con tanta tranquilidad y respeto que el príncipe lo miró fijamente.
—¿Vive con su madre?
—Vivo en casa de la condesa Rostova —contestó Boris. Y añadió—: Excelencia.
—Es el Iliá Rostov que se casó con Natalia Shinshina —aclaró Ana Mijáilovna.
—Lo sé, lo sé —dijo el príncipe Vasili en tono monótono—. ¡Jamás he podido entender cómo Natalia decidió casarse con ese oso relamido! Una persona del todo estúpida y ridícula. Y jugador, según dicen.
—Pero un buen hombre, mi príncipe —Ana Mijáilovna sonrió con ternura, como dando a entender que el conde Rostov merecía esa opinión, pero que ella pedía indulgencia para el pobre viejo—. ¿Qué dicen los médicos?
—preguntó tras un breve silencio expresando nuevamente un hondo dolor con su rostro lacrimoso.
—Hay poca esperanza —dijo el príncipe.
—¡Y yo que habría querido dar las gracias de nuevo a mi tío por todo el bien que nos ha hecho a Boris y a mí! Es su ahijado —añadió como si creyese que la noticia alegraría al príncipe.
Este reflexionó unos segundos y frunció el ceño. Ana Mijáilovna comprendió que lo consideraba un rival para el testamento del conde y se apresuró a calmarlo.
—Si no fuese por mi sincero afecto y devoción por el tío… —marcó estas últimas palabras—; conozco su carácter noble y su rectitud, pero las condesas se quedan solas con él… son tan jóvenes… —inclinó la cabeza y dijo a media voz—: ¿Ha cumplido sus últimos deberes, príncipe? ¡Cuánto valen esos últimos momentos! Eso no le hará daño; debe estar preparado si se encuentra tan mal. Las mujeres, príncipe —sonrió con dulzura—, sabemos cómo abordar esas cosas. Es preciso que lo vea, por mucho que me apene, pero ya estoy hecha a sufrir.
El príncipe comprendió, como en la velada de Annette Scherer, que sería difícil librarse de Ana Mijáilovna.
—¿No agotará al enfermo esa, querida Ana Mijáilovna? Esperemos hasta la tarde, el médico anuncia una crisis.
—Pero príncipe…, no se puede aguardar llegados a cierto punto. Piense, se trata de la salud de su alma… ¡Ah! Es terrible, los deberes de un cristiano…
La puerta de una de las habitaciones interiores se abrió y apareció una de las princesas, sobrinas del conde. Tenía aspecto sombrío y gélido; su cuerpo, del cuello a la cintura, asombraba por su largura en comparación con las piernas.
El príncipe Vasili se giró a ella.
—¿Cómo sigue?
—Igual. Y qué quiere con ese ruido… —dijo la princesa mirando a Ana Mijáilovna como a una desconocida.
—¡Ah, querida, no la reconozco! —exclamó con una feliz sonrisa Ana Mijáilovna acercándose a pasitos a la sobrina del conde—. Acabo de llegar y estoy para ayudarla a cuidar de «mi tío»… Imagino cuánto ha sufrido —añadió levantando sus ojos compasivos.
La princesa no dijo nada ni sonrió y se retiró de inmediato. Ana Mijáilovna se quitó los guantes con gesto vencedor y se sentó en un sillón e invitó al príncipe Vasili a sentarse junto a ella.
—Boris —sonrió a su hijo—, yo pasaré a ver al conde, mi tío; tú, mon ami, ve con Pierre y no te olvides de la invitación de los Rostov. Lo invitan a comer. Supongo que no irá —dijo al príncipe.
—Al contrario —repuso el príncipe, malhumorado a todas luces—. Me alegrará mucho que me libre de este joven. No hace nada aquí y el conde no ha preguntado ni una vez por él.
Se encogió de hombros. Un criado acompañó a Boris al vestíbulo y lo condujo por otra escalera a la habitación de Pierre Cyrilovich.