Capítulo V

1454 Palabras
CAPÍTULO V—¿Y qué piensa de esa última comedia de la coronación de Milán? ¿Y la nueva comedia de los pueblos de Génova y Lucca, que acuden a presentar sus respetos a Bonaparte? ¡El señor Bonaparte sentado en un trono felicitando a las naciones! ¡Adorable! ¿No es de locos? Se diría que todos han perdido la cabeza. El príncipe Andréi sonrió con ironía mirando fijamente a Ana Pávlovna. —«Dieu me la donne, gare à qui la touche!»15 Dicen que ha sido muy bello que pronunciase estas palabras —añadió; y las repitió en italiano—: Dio mi l’ha dato. Guai a chi la tocchi. —Espero —continuó Ana Pávlovna— que haya sido la gota que colme el vaso. Los reyes ya no soportan a este hombre que todo lo amenaza. —¿Los reyes? No hablo de Rusia. —dijo cortésmente el vizconde—. ¡Los reyes, señora! ¿Qué hicieron por Luis XVI, por la reina, por la señora Isabel? Nada —prosiguió animándose—. Créame, sufren el castigo por su traición a la causa de los Borbones. ¿Los reyes? Envían embajadas a cumplimentar al usurpador. Y con un suspiro desdeñoso cambió de postura. El príncipe Hipólito, que observaba al vizconde con sus anteojos, se volvió hacia la princesa y le pidió una aguja para dibujarle sobre la mesa el escudo de los Condé, y le explicó el escudo como si ella hubiese preguntado. —Bâton de gueules, engrêlé de gueules d’azur; maison Condé16 —dijo. La princesa escuchaba con una sonrisa. —Si Bonaparte continúa un año más en el trono de Francia las cosas llegarán demasiado lejos —prosiguió el vizconde con el aire de quien no escucha a los demás y sigue solamente sus propias ideas en un asunto que conoce mejor que nadie—. Con los complots, la violencia, el exilio, las ejecuciones, la sociedad, la buena sociedad francesa, quedará destruida para siempre, y entonces… Alzó los hombros y abrió los brazos. Pierre quiso decir algo, pues la conversación le interesaba, pero Ana Pávlovna se lo impidió. —El zar Alejandro —dijo con la tristeza que siempre imprimía a sus palabras cuando hablaba de la familia del zar— ha declarado que dejará que los franceses elijan su forma de gobierno. No dudo que la nación sin el usurpador acudirá al rey legítimo —añadió tratando de ser amable con el emigrado realista. —Lo dudo —dijo el príncipe Andréi—. Monsieur le vicomte17 cree con razón que las cosas han ido demasiado lejos. Creo que será difícil regresar al pasado. —Por lo que he oído casi toda la nobleza se ha puesto del lado de Napoleón —Pierre se ruborizó al intervenir. —Eso dicen los bonapartistas —replicó el vizconde sin mirar a Pierre. —Ahora cuesta conocer la opinión social de Francia. —Bonaparte lo dijo —rebatió el príncipe Andréi con una sonrisa. Sin duda el vizconde no le gustaba y, aunque no lo mirase, sus palabras se dirigían a él.— «Les he señalado el camino de la gloria —repitió las palabras de Napoleón—. No lo han querido; les he abierto mis antecámaras y se han precipitado en masa…» No sé en qué momento ha tenido derecho de decirlo. —Ninguno —repuso el vizconde. —Tras el asesinato del duque, hasta los menos imparciales dejaron de verlo como a un héroe. Si ha sido un héroe para algunos —continuó—, a partir del asesinato del duque hay un mártir más en el cielo y un héroe menos en la tierra. Ana Pávlovna y los demás aún no habían tenido tiempo de apreciar con una sonrisa las palabras del vizconde cuando Pierre intervino. Ana Pávlovna, aunque previese que el joven diría algo inconveniente, no pudo evitarlo. —La ejecución del duque de Enghien era una necesidad de Estado —dijo Pierre—; yo veo grandeza de ánimo en que Napoleón no haya temido de cargar él solo con la responsabilidad. —Dieu! Mon Dieu!18—murmuró aterrorizada Ana Pávlovna. —¿Cómo, monsieur Pierre,19 considera grandeza de alma el asesinato? —sonrió la princesa acercándose la labor. —¡Ah! ¡Oh! — exclamaron varios. —Capital!20 —dijo en inglés el príncipe Hipólito golpeándose la rodilla con la palma de la mano. El vizconde se encogió de hombros. Pierre miraba triunfalmente a los oyentes por encima de sus lentes. —Digo eso porque los Borbones han huido de la revolución dejando al pueblo entregado a la anarquía —prosiguió con desesperada decisión—; Napoleón fue el único que comprendió la revolución y la derrotó. Por eso, y por el bien común, no podía detenerse ante la vida de nadie. —¿No quiere pasar a esa otra mesa? —preguntó Ana Pávlovna. Pierre no contestó y prosiguió su discurso, cada vez más animado. —Sí, Napoleón es grande porque se situó por encima de la revolución, reprimió sus abusos y tomó su parte buena: la igualdad de los ciudadanos, la libertad de expresión y de prensa. Solamente por eso se hizo con el poder. —Eso sería si lo hubiese devuelto al rey legítimo tras conseguir ese poder sin asesinar a nadie —dijo el vizconde—. Entonces yo lo llamaría gran hombre. —No podía hacerlo. El pueblo le entregó el poder para librarse de los Borbones y porque lo veía como a un gran hombre. La revolución fue una gran empresa —prosiguió Pierre mostrando con aquellas ideas atrevidas y provocadoras su juventud y el deseo de expresar con celeridad cuanto pensaba. —¿La revolución y el regicidio una gran empresa?… Después de esto… ¿No quiere pasar a la otra mesa? —repitió Ana Pávlovna. —Rousseau’s Contrat social!21 —sonrió con calma el vizconde—. No hablo del regicidio, sino de las ideas. —Sí, las de saqueo, matanzas y regicidio —interrumpió la voz irónica. —Claro que fueron excesos. Pero la revolución no es eso solamente. Lo importante son los derechos del hombre, la supresión de los prejuicios, la igualdad de los ciudadanos. Napoleón ha mantenido estas ideas. —Libertad e igualdad —se burló el vizconde decidiéndose a mostrar al joven lo simple de sus palabras— son palabras ampulosas en duda hace tiempo. ¿Quién no ama la libertad y la igualdad? Nuestro Señor las predicaba. ¿Son más felices los hombres tras la revolución? No. Nosotros queríamos libertad y Bonaparte la ha destruido. El príncipe Andréi sonreía a Pierre, al vizconde y a la anfitriona. Ana Pávlovna, pese a sus hábitos sociales, se aterró ante las embestidas de Pierre, pero al ver que esas sacrílegas palabras no enojaban al vizconde, y cuando se convenció de que no se podía cambiar lo dicho, se animó y decidió apoyar al vizconde y atacar a Pierre. —Mais, mon cher monsieur Pierre22 —dijo—, ¿cómo considera grande a quien ha hecho matar al duque, no como tal, sino como persona, sin culpa ni causa? —Yo le preguntaría cómo explica el 18 de Brumario —añadió el vizconde—. ¿No es un engaño? Es un escamoteo que no se parece en nada a la forma de actuar de un gran hombre. —¿Y los prisioneros de África a quienes ejecutó? —protestó la princesa—. ¡Es horrible! —Se encogió de hombros. —Es un plebeyo por más que diga usted —sentenció el príncipe Hipólito. Pierre no sabía a quién responder y sonreía a todos. Sin embargo, su sonrisa no era como la de los demás, sino que hacía desaparecer la expresión seria y huraña de su semblante dando paso a otra infantil y bondadosa, tal vez ingenua, que parecía disculparse. El vizconde, que lo veía por primera vez, supo que aquel jacobino no era tan terrible como sus palabras. Todos callaban. —¿Cómo quieren que conteste a todos a la vez? —preguntó el príncipe Andréi—. Además, creo que se debe distinguir en los actos de un hombre de Estado entre los del hombre privado, los del jefe militar y los del emperador. —Claro —Pierre se alegró del auxilio. —Es innegable —continuó el príncipe Andréi— que, como hombre, Napoleón fue grande en el puente de Arcola o en el hospital de Jaffa, donde dio la mano a los apestados, pero… otros actos difícilmente son justificables. El príncipe Andréi, que había querido paliar las impertinencias de Pierre, se levantó para salir e hizo una seña a su esposa. El príncipe Hipólito se puso entonces en pie y detuvo a todos pidiendo con un gesto que se sentaran: —¡Ah! Hoy me han contado una encantadora anécdota moscovita. Debo deleitarlos con ella. Perdone, vizconde, debo contarla en ruso. De lo contrario, se perderá la chispa de la historia. Y se puso a hablar en ruso con el acento de los franceses que llevan un año en Rusia. Su vivacidad e insistencia pidiendo atención hizo que todos se detuvieran. —En Moscú hay una señora muy tacaña, une dame.23 Tenían que seguirla dos lacayos tras la carroza, ambos altos porque le gustaba así. Tenía además una doncella aún más alta. Dijo… —El príncipe Hipólito calló para pensar; se veía que se topaba con dificultades—. Dijo… «Chica, ponte la librea y sigue a la carroza para hacer visitas.» El príncipe Hipólito rio aquí antes de que sus oyentes tuviesen motivos para imitarlo, lo cual impresionó desfavorablemente al narrador. Aun así, algunos sonrieron, entre otros la señora mayor y Ana Pávlovna. —Salió la dama cuando se levantó un vendaval y la chica perdió el sombrero. Se despeinó… No pudo contenerse más y terminó entre carcajadas: —Y todos lo supieron… Así terminó la anécdota. Aunque nadie comprendía por qué debía contarla en ruso, Ana Pávlovna y los demás apreciaron el tacto del príncipe Hipólito por terminar con las desagradables y poco amables opiniones de Pierre. Tras la anécdota, la charla giró en torno a comentarios breves y dispersos sobre el baile o el espectáculo pasado y futuro, y sobre cuándo y dón0de se verían de nuevo.
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