IRIS Estoy sudando. Me duelen todos los músculos que alguna vez supe que podían doler. Incluso los que no sabía que existían. En el momento en el que Jen e Isan aparecieron por la puerta, supe que hoy era el día. Lo vi en sus ojos. Puede que tenga que ver con el hecho de que la conozco como si la hubiera criado en mis entrañas desde que no era más que una masa deforme de células. Hoy era el día. Hoy sabríamos si condenaban a Carlos y, por ende, Penélope seguiría siendo mía. Mía para amar. Mía para criar. Mía para enseñar. Mía para aprender. Pero siempre suya. Tan suya que ni mis pesadillas habían logrado rozarla. Tan madura que daba miedo su inocencia. La mirada del rubio, que no abandonaba su lado, me dijo que él estaba tan nervioso como nosotras, pero confiaba en su trabajo. En

