Añorada y bella libertad

1341 Palabras
―Dalith―susurró Lucas, mientras se aproximaban a tomar las mitades del ciervo, ―quiero decirte algo, en realidad, no sé lo que tu padre haya hecho para que de la noche a la mañana volvieras a la vida, pero quiero que sepas que él no ha dejado de quererte, él te ama y lo miré en sus ojos la vez de aquel dragón, cuando corriste para meterte debajo del pecho de aquella bestia infernal y salvarnos la vida, pude ver el sufrimiento nuevamente en sus ojos, pude ver ese sentir de perderlo todo ante sus ojos nuevamente ―suspiró. ―A dónde quieres llegar con eso, Lucas ―comentó mientras miraba los ojos de aquel ciervo. ―Quiero llegar al punto que él te ama y eres lo más importante para él, sin ti, tú padre se echaría a morir ―respondió Lucas. ―Quizá… Aunque ―lo pensó por unos minutos, ―mi padre es un hombre codicioso, que busca todo lo que está o no, a su alcance para complacer los deseos de su corazón ―miró Lucas una pizca de odio en aquellas palabras. ― ¿Lo odias? ―No lo sé… No sé qué es lo que siento realmente ―suspiró Dalith. ―Debes de saber lo que sientes, meditar contigo misma en la oscuridad mientras miras las estrellas, quizá ellas tengan la respuesta o te ayuden a encontrarla ―sonrió Lucas con cierto brillo en sus ojos. ―Debemos de regresar a dónde mi padre está, debe de estar molesto ya que llevamos mucho tiempo lejos de dónde lo dejamos ―dijo Dalith apartando su mirada de Lucas. Caminaron en silencio por aquel lugar hasta dónde se encontraba Maraduck, iban en silencio, pero aquel silencio, no era del todo incómodo, Dalith consideraba a Lucas como su confidente, su amigo. Llegaron hasta donde estaba Maraduck, tenía la tela con la que cubría a Dalith puesta en su rostro, tapando los reflejos de la claridad, se encontraba dormido, pero con la espada sujeta entre sus manos, por si alguien pensaba atacarlo mientras dormía. ―Padre, hemos regresado ―habló Dalith. Su padre se descubrió el rostro y miró a su hija con la presa que habían cazado partida en dos, no le presto mucha importancia y siguió tomando su siesta. Lucas encendió una fogata y empezó a cortar en trozos largos la carne para ponerlos sobre una larga roca plana que utilizaría para cocinar aquella carne, Dalith, miraba a su padre mientras pensaba > No creía odiarlo solamente por eso, sabía que muy en el fondo había otra razón, pero no sabía con exactitud de que se trataba, quizá se debía a que jamás supo las verdaderas razones de la muerte de su madre. En cambio, Lurcath vagaba por los pueblos vecinos buscando humanos de los cuales alimentarse, tener sexo y saciar su sed. ― ¡Ah, mi libertad! Mi añorada y bella libertad ―habló Lurcath mientras hacía que una mujer se corriera en él. ―Debemos de encontrar al que está acabando con la vida de nuestras personas de una manera tan macabra como esta ―escuchó que alguien se aproximaba. Tapó la boca de la mujer con su mano mientras se ocultaba en la oscuridad de aquella vieja casa, miró pasar a un grupo de personas, con antorchas y rastrillos de metal en mano, con su otra mano sujetaba con fuerza el cuello de la mujer, dejándola sin paso a que respirara, minutos después la mujer se desmayó, su cuerpo se volvió flácido, la vistió, la llevó hasta un poco de paja seca que se encontraba en aquella casa y la dejó ahí. > susurró al oído de aquella mujer saliendo de aquel lugar. A la mañana siguiente la mujer había despertado, no recordaba nada, no recordaba cómo, ni porqué había llegado a aquel lugar, salió de ahí casi corriendo regresando al pueblo, todos la miraban extrañada, al ver lo pálida y asustadiza que se miraba. ― ¡Katherine, ¿eres tú querida?! ―pronunció una voz vieja y cansada. ―Si, abuela, soy yo, no tienes de que preocuparte ―respondió. ― ¿Dónde has estado? Estaba preocupada por ti, con eso de que hay un loco fuera matando a las personas creí que algo malo te había sucedido ―expresó con cierta tristeza en su voz. Katherine caminó hasta donde se encontraba su abuela, una anciana de unos setenta y nueve años, su cabello era blanco, sus ojos; grises, se habían cubierto de una delgada tela blanca que no la dejaba ver del todo, Katherine tomó sus manos y las colocó en su rostro, para que su abuela tocara su rostro y estuviera más segura de que se encontraba del todo bien. Abuela Tita, no debes de preocuparte por mí, estoy bien, mil disculpas por dejarte sola toda la noche, por lo que miro él no vino está noche, iré a ducharme y enseguida bajo para darte un baño, prepararte tu desayuno y que salgamos un rato al jardín par que tomes el sol ―sonrió besando la frente de su Tita. Caminó hasta si habitación, cerró la puerta, se quitó toda la ropa, sus piernas le dolían, no sabía por qué, se miró completamente desnuda al espejo, miró moretones entre sus piernas, los dedos marcados de alguien en su cadera, no entendía nada de lo que le había sucedido, no recordaba haber tenido relaciones con alguien y menos a un nivel tan brusco como para provocar esos moretones. Se metió a la ducha dejando que el agua le despejara la mente, talvez así recordaba algo de lo sucedido. Después de no haber recordado nada, prefirió dejarlo así su cabeza le dolía de tanto pensar, además, debía de hacer su rutina de diario que se trataba de alimentar a su Tita, sacarla al jardín a tomar el sol y después llevarla a la casa de ancianos mientras ella iba a trabajar, alquilaban una habitación de la casa en la que habitaban, pero se les hacía extraño que aquella persona llevara tres días sin ir a dormir. ―Abuela, hemos llegado a la casa dónde deberás de quedarte a cómo lo haces a diario, cuando salga del trabajo te vendré a traer para llevarte de nuevo a casa ―se despidió de ella y salió de ahí. Katherine trabajaba medio tiempo en un bar, era la que se encargaba de entregar las bebidas que le pedían, agradecía que la dueña del bar entendiera su situación y no la dejara trabajando hasta altas horas de la noche, además, que con los últimos asesinatos acontecidos ya nadie se trasnochaba, pues temían que ellos fueran los siguientes en la lista de aquel asesino. La noche empezaba a caer, el cielo se tornaba oscuro, los bellos colores del atardecer se miraban a lo lejos, esos colores traían paz a Katherine haciendo que por minutos olvidara lo que le había sucedido, caminó hacia casa con Tita en la silla de rueda que un buen hombre le había hecho, para que la trasladara con mayor facilidad, al llegar a la casa, dos oficiales se encontraban en la puerta tocando de manera desesperada. ― ¿En qué les puedo ayudar? ―preguntó Katherine. ―Me han informado que un hombre vive en esta casa, exactamente el que se encuentra en este retrato ―habló mostrándole la hoja con el dibujo. ―Sí, así es, pero no ha venido a dormir dentro de tres días ¿le ha sucedido algo? ―cuestionó Katherine. ―Lo hemos encontrado muerto esta mañana, al parecer el cuerpo lleva demasiado tiempo, necesitamos que vayan a identificarlo ―respondió mientras se retiraban del lugar. Katherine dejó a su Tita en la casa y salió de ahí le dijo que no tardaría demasiado y así fue, el cuerpo era de la persona a la que le habían alquilado la habitación, su cuerpo estaba destrozado, sin una gota de sangre, pero su rostro estaba en perfectas condiciones.
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