Alina Torres Desde que entré en mi clínica esa mañana, todo parecía en su lugar. La calma de la consulta, el sonido suave de los instrumentos, el murmullo tranquilo de los pacientes esperando. Mi trabajo, al fin y al cabo, siempre ha sido una forma de escapatoria, una manera de sumergirme en algo que no sea el torbellino de pensamientos que constantemente rondan en mi mente. Soy feliz creando sonrisas, dándoles vida, restaurando confianza, y ver el brillo de la felicidad reflejada en los rostros de mis pacientes es todo lo que necesito para sentirme realizada. Pero hoy, mientras me acomodaba en mi oficina con una taza de café en las manos, mis pensamientos se desviaron. Recordé la noche anterior. Ver a Bruce allí, entre la multitud, fue… extraño. Involuntario, incluso. A pesar de que e

