A las ocho de la noche exactas, cuando Melissa apenas terminaba de secarse el cabello después de la ducha, su celular vibró sobre la mesa. Vio el nombre de Mauro y, aunque llevaba el ánimo un poco torcido todo el día, contestó. —Mel… —la voz de Mauro sonó cansada, rasposa, pero cálida—. ¿Ya cenaste? Ella frunció el ceño. Había estado tan fastidiada que ni siquiera le pidió a la señora Clara que preparara algo, así que respondió, cortante: —¡Todavía no! Mauro soltó una risa suave, como si le estuviera perdonando el humor sin cuestionarlo. —Perfecto entonces. Acabo de salir del trabajo. Voy por ti en un rato… abrígate bien, muñequita. Hoy cenaremos fuera. A Melissa se le iluminó el rostro sin poder evitarlo. ¿Sería que Mauro estaba planeando alguna sorpresa romántica? Después de todo l

