—¿Volvemos caminando? —preguntó Melissa, girando la cabeza hacia Mauro, con la lluvia resbalando por su rostro. Mauro la miró en silencio por un segundo. Luego asintió. —Estamos cerca. Vamos. Garras abrió los ojos como platos desde la camioneta. —¿Está bromeando? —murmuró, apretando el volante. Pero no era una broma. Mauro le hizo una señal rápida, indicándole que los siguiera a poca velocidad. Garras obedeció, aunque mascullando maldiciones entre dientes. —Esto es una locura… —dijo para sí—. En plena autopista. Mojado. A paso de tortuga. ¡Qué gran blanco para un francotirador! Desenfundó el arma. Tenía los ojos fijos en cada sombra, cada movimiento, cada vehículo que pasaba. Iba alerta como un león en la sabana. Mauro, en cambio, parecía ajeno al peligro. Caminaba despacio, a paso

